El actor alemán Udo Kier, una de las presencias más magnéticas y reconocibles del cine de culto europeo y norteamericano, ha fallecido a los 81 años. La noticia, confirmada por su pareja, Delbert McBride, y adelantada por Variety, pone fin a una carrera tan extensa como heterogénea: más de dos centenares de títulos, decenas de colaboraciones con autores fundamentales y una biografía digna de las películas que protagonizó.
A lo largo de su vida, Kier fue amigo íntimo de Andy Warhol, David Hockney o Keith Haring, artistas con los que compartió una visión irreverente, provocadora y profundamente ligada al mundo creativo de los setenta y ochenta. En el cine, su figura quedó asociada para siempre a directores como Paul Morrissey, Dario Argento, Gus Van Sant, Lars von Trier y, sobre todo, Rainer Werner Fassbinder, quien lo convirtió en uno de sus actores fetiche.
Un actor de culto que encontró su primer gran protagonista a los 76 años
Aunque su trayectoria estuvo repleta de papeles secundarios memorables, en 2021 Kier logró su primer papel protagonista de la mano de Todd Stephens en la película Swan Song. Allí interpretó a un excéntrico peluquero que abandona una residencia de ancianos para devolver el brillo a su antigua clienta recién fallecida. Su interpretación, profundamente humana y extravagante, situó al actor en el centro de los focos a una edad en la que otros ya habían abandonado los rodajes.
Un origen marcado por la guerra y una infancia de privaciones
Kier nació en Colonia, hijo de madre soltera y únicos supervivientes de un bombardeo aliado que destruyó la sala de maternidad donde acababa de venir al mundo. Aquella infancia dejó una huella imborrable. Él mismo recordaba que fue vegetariano “porque mi madre solo podía darme sopas, sopas y sopas”.
A los 17 años se marchó a Inglaterra, no con la idea de ser actor, sino con un plan completamente distinto: “No porque quisiera ser actor. Lo que quería era trabajar en una compañía tipo Bayer y viajar por el mundo”. Pero su destino cambió radicalmente cuando empezó a ser observado por agentes y fotógrafos en un momento en que “los periódicos hablaban de la nueva ola del cine”. El interés que despertaba su aspecto y su aura misteriosa terminaron por convencerle.
En aquellos primeros años también conoció a un adolescente Fassbinder. El encuentro fue tan casual como legendario: en un bar de camioneros, cuando el futuro cineasta tenía apenas 15 años. Aquella amistad se transformó con el tiempo en una fructífera relación artística que situó a Kier dentro de algunos de los proyectos más transgresores del Nuevo Cine Alemán.
Memorias de un actor que recordaba sensaciones más que guiones
Kier admitía que rara vez recordaba los guiones de sus películas; lo que permanecía en su memoria eran los instantes previos a aceptar un papel. Sobre su participación en Mi Idaho privado, de Gus Van Sant, contaba: “Pensé que los directores deben de sentirse muy solos en los festivales y por eso ofrecen papeles”.
De Alexander Payne guardó un recuerdo muy distinto: la comida compartida. “La torre de atún con aguacate” fue lo que se le quedó grabado de Una vida a lo grande. Y de John Carpenter, una imagen cotidiana: “la leche que estaba poniendo en su café” cuando le ofreció aparecer en Cigarette Burns.
Su relación con Lars von Trier también empezó en un festival, pero esta vez fue Kier quien decidió acercarse después de ver El elemento del crimen. Aquel encuentro marcó el comienzo de más de tres décadas de colaboración y amistad. Von Trier incluso llegó a invitarle a ser padrino de su hija mayor.
Un último papel en Cannes 2025
Este mismo año, Kier volvió a aparecer en pantalla con El agente secreto, del brasileño Kleber Mendonça Filho. La cinta, que otorgó a Wagner Moura el premio a mejor actor en el Festival de Cannes de 2025, volvió a demostrar la vigencia del talento de Kier, capaz de aportar una presencia hipnótica incluso en apariciones breves.
Con su muerte, el cine pierde a un intérprete inimitable, dueño de una mirada capaz de oscilar entre lo inquietante, lo poético y lo grotesco. Udo Kier fue un actor que no necesitó grandes titulares para hacerse inmenso: bastaba con su presencia. Su figura queda ligada a medio siglo de cine europeo y americano, a la contracultura y a algunos de los creadores más radicales de la historia reciente.
Su obra sigue viva en cada uno de esos más de 200 títulos, testimonio de una carrera que nunca dejó de reinventarse y que, como él mismo decía, se guiaba menos por los guiones que por los momentos decisivos que le ofrecía la vida.












