Este jueves 15 de enero, el Palacio de la Zarzuela se ha teñido de luto tras el fallecimiento de la Princesa Irene de Grecia y Dinamarca. La hermana menor de la Reina Sofía murió a las 11:40 horas, rodeada del afecto de su familia más cercana, quienes en los últimos días habían despejado sus agendas oficiales para acompañarla en su tramo final.
Con su partida, desaparece una de las figuras más singulares y discretas de la realeza europea, una mujer que, pese a nacer entre coronas, eligió una vida de espiritualidad, música y sencillez.
Cómo fue la reservada vida de Irene de Grecia
Nacida en 1942 en Ciudad del Cabo, Irene llegó al mundo en pleno exilio sudafricano de la familia real griega, huyendo de la ocupación nazi. Aquellos primeros años de incertidumbre forjaron un vínculo inquebrantable con sus hermanos, Constantino y Sofía.
Tras el regreso a Grecia y la proclamación de su padre, Pablo I, Irene creció en el Palacio de Tatoi, desarrollando junto a su hermana mayor una pasión compartida por la arqueología y las humanidades, una complicidad que mantendrían durante más de ocho décadas.
El rechazo al protocolo: la «rebelde» de las mil caras
A diferencia de sus hermanos, que asumieron roles de Estado en Grecia y España, Irene transitó un camino mucho más introspectivo. Aunque en su juventud figuró como una de las princesas más elegantes de Europa y llegó a sonar como candidata para casarse con el actual rey Harald de Noruega, el destino (y su propio deseo de independencia) la alejó del altar.
Irene decidió que no necesitaba un matrimonio real para dar sentido a su existencia, convirtiéndose en una figura «bohemia» dentro de la rigidez cortesana.

Su etapa en la India, donde vivió junto a su madre, la reina Federica, tras la caída de la monarquía helena, transformó su visión del mundo. Allí abrazó el hinduismo, se hizo vegetariana y fundó la ONG Mundo en Armonía.
Fue en esa época cuando se alejó definitivamente de las tiaras y los grandes diseñadores, prefiriendo túnicas coloridas y calzado sencillo comprado en mercadillos, ganándose el cariñoso apodo de «Tía Pecu» (por peculiar) entre sus sobrinos, los hijos de los Reyes Eméritos.
El piano y el refugio en la Zarzuela
La gran pasión que definió su vida fue la música: alumna de la célebre Gina Bachauer, Irene no fue solo una aficionada, sino una concertista de piano profesional que llegó a ser ovacionada en escenarios como el Royal Festival Hall de Londres. Tras la muerte de su madre en 1981, se instaló definitivamente en el Palacio de la Zarzuela.
En Madrid encontró su refugio, viviendo de manera modesta en un apartamento privado dentro del complejo palaciego, donde su piano era el protagonista absoluto.

Fue el apoyo silencioso y la confidente más leal de la Reina Sofía durante las crisis institucionales y familiares en España: juntas compartían desde charlas en griego hasta una misma filosofía de vida basada en la discreción.
En los últimos años, el diagnóstico de Alzheimer puso a prueba esa unión; fue la propia Doña Sofía quien se encargó personalmente de supervisar sus cuidados, intentando preservar la paz de una hermana que empezaba a olvidar sus raíces en Tatoi.
Un legado de desprendimiento
Irene de Grecia, que obtuvo la nacionalidad española en 2018, deja tras de sí un ejemplo de desapego material. Tras recibir una millonaria indemnización por los bienes incautados a su familia en Grecia tras décadas de pleitos, decidió donar gran parte de esa fortuna a causas benéficas.
Su última aparición pública relevante fue hace apenas un año, cuando asistió al funeral de su hermano Constantino en Atenas, cerrando el círculo de una familia que, pese a los vaivenes de la historia, siempre permaneció unida por el afecto.










