Ibiza es conocida mundialmente por su exclusividad, pero tras el brillo de las joyas y los yates, se despliega un complejo aparato de seguridad diseñado para proteger a las personas más influyentes del planeta. Según relata el experto en seguridad Aitor Ferrer, la labor de un escolta en la isla puede variar desde ser un mero «mayordomo» de dos metros hasta ejecutar operativos dignos de una película de espionaje.
El estatus frente a la seguridad verdadera
En una entrevista con La Factoría Podcast, Ferrer cuenta que uno de los mayores desafíos para los profesionales del sector es distinguir entre la necesidad real y el deseo de ostentación. Muchos clientes, a menudo jóvenes que han ganado dinero rápido en la industria musical, utilizan a los escoltas para exhibir estatus. En estos casos, el cliente busca «un tío de 2 metros» para que el mundo vea su poder, convirtiendo la seguridad en un «teatro».
Sin embargo, en un entorno donde las mafias locales e internacionales están pendientes de relojes de alta gama, la falta de disciplina del cliente puede ser fatal. «Hay demasiada rata aquí dentro; o nos vamos o me das ese reloj y que desaparezca», destaca Ferrer que es una advertencia común cuando los delincuentes empiezan a marcar a un objetivo. Si el cliente ignora estas recomendaciones por una actitud chulesca, la responsabilidad del escolta se diluye, ya que el pacto previo de protección se rompe.
El caso del billonario: 15 días de contrainteligencia
Ferrer describe un operativo extremo realizado para una persona «muy influyente» que se encontraba en una situación de peligro real y persecución. Durante 15 días, el nivel de protección alcanzó cuotas extraordinarias en Ibiza para garantizar que el cliente no fuera localizado:
Durante la entrevista cuenta que se alquilaron cinco casas de lujo simultáneamente, con un coste de 250.000 euros semanales cada una. El cliente nunca pasaba más de tres horas en la misma vivienda y los servicios de comida se preparaban en todas ellas para ocultar su ubicación real.
Sumado a esto, recuerda que ante la sospecha de vigilancia aérea mediante drones, los 25 miembros del equipo de seguridad y el propio cliente vestían exactamente igual, de negro, para confundir a cualquier observador. Incluso se realizaban «salidas falsas» de las fincas para engañar a posibles perseguidores.
Una de las condiciones más estrictas fue que ningún miembro de la seguridad pudiera entender o hablar el idioma del cliente. Toda comunicación se realizaba a través de un intérprete para evitar filtraciones de información sobre sus movimientos o negocios.
Un servicio que se paga con gratitud y propinas
La logística para proteger a un billonario incluye la limpieza de micrófonos y dispositivos GPS en vehículos y viviendas, así como el control exhaustivo del personal de servicio. Este nivel de rigor profesional no solo se refleja en tarifas elevadas, sino también en el sistema de propinas, que es una norma no escrita en este mundo.
Cuando un cliente con un perfil de alto riesgo se siente realmente a salvo, la gratitud económica puede ser inmensa. Según el experto, no es inusual que las propinas lleguen a duplicar o triplicar el coste del servicio original. En este nivel de la pirámide social, el dinero es una herramienta para valorar un trabajo bien hecho, especialmente cuando lo que está en juego es la propia vida y no solo el espectáculo de la apariencia.













