Cada vez que el calendario coincide en esta combinación de día y número, una gran parte de la población experimenta una mezcla de escepticismo y cautela que suele traducirse en decisiones postergadas o viajes cancelados. Aunque la mayoría de las personas se toma la fecha con humor, el peso de la tradición es lo suficientemente fuerte como para que todavía hoy muchos eviten firmar contratos importantes o tomar riesgos innecesarios.
Este fenómeno es el resultado de una acumulación de mitos religiosos, tragedias históricas y una fuerte influencia de la cultura popular que ha logrado trascender generaciones.
El origen de un temor milenario
La carga negativa del número trece tiene un vínculo directo con la tradición cristiana y la simbología de la Última Cena, donde la presencia de trece comensales terminó con la traición de Judas y el posterior sacrificio de Jesús. Este número llegó a representar la ruptura de la armonía del doce, una cifra que en la antigüedad se consideraba perfecta por su presencia en los meses del año, los signos del zodíaco y los propios apóstoles.
Al sumar este factor al viernes, día en que la Iglesia sitúa históricamente la crucifixión, se terminó por consolidar un binomio que para muchos representa un presagio de desorden o tragedia.
Más allá del ámbito espiritual, la historia también ofrece episodios que alimentaron este mito, como la masiva detención de los caballeros templarios en Francia bajo las órdenes del rey Felipe IV el viernes 13 de octubre de 1307. A pesar de que los historiadores debaten si este evento fue el detonante real de la superstición, el recuerdo de aquella jornada trágica ayudó a cimentar la idea de que este día está marcado por la desgracia.
Con el paso de los siglos, el cine de Hollywood y la famosa saga de terror centrada en esta fecha terminaron de fijar el concepto en el imaginario colectivo, transformando un temor antiguo en un ritual moderno de precaución.
El martes 13 y el legado de la guerra
Curiosamente, en el mundo hispanohablante y en los países mediterráneos, el recelo no recae sobre el viernes sino sobre el martes 13, una diferencia que se explica por la influencia de la mitología romana y la historia bizantina. El martes toma su nombre del dios Marte, la deidad de la guerra, la violencia y el conflicto, lo que históricamente ha generado una percepción de hostilidad vinculada a esa jornada específica de la semana.
A este significado mitológico se le suma el peso de la caída de Constantinopla en 1453, un evento funesto que ocurrió un martes y que quedó grabado en la memoria colectiva como el fin de una era, dando origen al famoso refrán que desaconseja casarse o embarcarse en un día cargado de presagios de destrucción.












