Lo que comenzó como una serie de rumores y fotografías incómodas ha terminado en un arresto histórico que conduce a la corona británica hacia uno de los momentos más oscuros. Andrés Mountbatten-Windsor, hermano del rey Carlos III, ha sido detenido este jueves en la finca de Sandringham, coincidiendo con su 66º cumpleaños: este hecho marca el punto de no retorno en una relación que unió los palacios británicos con las redes de abuso del fallecido magnate Jeffrey Epstein.
La detención no responde solo a las acusaciones de abuso que lo han perseguido durante años, sino a un presunto delito de conducta inapropiada en cargo público. Según nuevas filtraciones de correos electrónicos, Andrés habría facilitado información económica confidencial al pederasta estadounidense durante su etapa como enviado especial para Comercio Internacional (2001-2011), un negocio que afectó en intereses estratégicos en territorios como Hong Kong y Singapur.
Los datos sobre la relación entre Andrew y Epstein
A pesar de que el expríncipe aseguró en su momento que había cortado vínculos con Epstein en 2010, los archivos publicados por el Departamento de Justicia de EE. UU. cuentan una historia distinta: salieron a la luz intercambios de mensajes que revelan una complicidad muy distinta a la que confesó el hermano de Carlos III: en uno de ellos, Epstein le ofrece una «amiga» rusa de 26 años para cenar, a lo que Andrés responde con un entusiasmo que desmiente cualquier distanciamiento.
Estos documentos, que suman miles de menciones al entonces duque de York, exponen una amistad que sobrevivió incluso a la condena de Epstein en 2008.
El testimonio póstumo de Virginia Giuffre

La detención ocurre meses después de la trágica noticia del suicidio de Virginia Giuffre en abril de 2025. Giuffre, la principal denunciante del caso, dejó un legado de lucha plasmado en sus memorias póstumas, Nobody’s Girl: en su diario, relató cómo fue obligada a mantener encuentros sexuales con el príncipe en Londres en 1999, bajo la mediación de Ghislaine Maxwell.
Aunque Andrés cerró un acuerdo económico multimillonario con ella en 2022 para evitar un juicio, nunca admitió su culpabilidad. Sin embargo, el rastro de evidencias ha seguido creciendo con la difusión de nuevas declaraciones de mujeres que aseguran haber sido enviadas al Royal Lodge para complacer al príncipe, años después de que la culpabilidad de Epstein ya fuera probada.
El escándalo no solo ha cercado a Andrés ya que su exesposa, Sarah Ferguson, también ha quedado bajo sospecha tras la revelación de correos donde llamaba «leyenda» a Epstein y le agradecía su generosidad económica. El impacto desmoronó su economía personal y su labor benéfica: en los últimos meses, Ferguson ha visto cómo se liquidaban sus empresas y se cerraba su organización, Sarah’s Trust.
La acción de la corona británica ante el escándalo

La Casa Real británica ha intentado durante décadas proteger la imagen de la institución, pero las grietas se convirtieron más difíciles de ocultar. En una reciente entrevista concedida a EL PAÍS, el historiador y biógrafo Andrew Lownie fue contundente al respecto: la familia real no puede alegar ignorancia.
«Claro que se les avisó. Los servicios de inteligencia advirtieron a la familia real de las relaciones (de Andrés) con todo tipo de gente… Pero todas esas advertencias fueron ignoradas», afirmó Lownie en su conversación con el diario español.
Esta falta de acción en el pasado contrasta con la dureza actual de Carlos III, quien en octubre de 2025 inició el proceso definitivo para despojar a su hermano de todos sus títulos, honores y hasta de su residencia en Windsor.
¿Qué sigue para el expríncipe?
Andrés se encuentra ahora en un centro de detención, a la espera de ser interrogado, se enfrenta a una investigación que no solo abarca los abusos sexuales, sino una posible trama de espionaje y filtración de secretos de Estado que involucra a altos funcionarios chinos.
Tras una vida de privilegios, el hombre que alguna vez fue el hijo predilecto de Isabel II enfrenta ahora el juicio más severo: el de la justicia ordinaria y el de una opinión pública que ya no acepta el silencio por respuesta.











