Ibiza tiene por delante al menos dos años críticos antes de dejar de vivir al límite en el suministro de agua potable. Ese es el plazo que marca la ampliación de la desaladora de Santa Eulària, cuya licitación acaba de aprobar el Govern balear a través de Abaqua, y que permitirá aumentar de forma significativa la capacidad de producción de agua desalada en la isla.
Hasta que esa obra esté terminada, el sistema seguirá funcionando sin margen de seguridad real. Tal y como ocurrió este verano, una avería relevante en cualquiera de las desaladoras durante la temporada alta pondría en riesgo el suministro, ya que la producción trabaja al máximo y el único colchón disponible es el que ofrecen los depósitos. Hay agua almacenada para unas horas. Quizá algunos días.
La ampliación que permitirá respirar al sistema
La actuación permitirá que la desaladora de Santa Eulària pase de 16.000 a 22.000 metros cúbicos diarios, casi un 40% más, mediante la incorporación de un cuarto bastidor de ósmosis inversa.
No se trata de una mejora local: las tres desaladoras de la isla están interconectadas, por lo que el nuevo caudal podrá redistribuirse en función de las necesidades del conjunto del sistema.
Este punto es clave porque la desaladora de Ibiza no puede ampliarse, lo que convierte a Santa Eulària en el único pilar estructural capaz de absorber el crecimiento de la demanda, mientras no se disponga de la cuarta desaladora para lo que falta muchos años, quizá una década.
La planta de Sant Antoni, por su parte, será reforzada con una desaladora móvil, una solución de apoyo pensada para emergencias y picos de consumo, pero insuficiente para resolver el problema de fondo. Aportará 1.000 metros cúbicos adicionales al día.
Producción disparada y acuíferos agotados
El proyecto llega tras años de incremento sostenido del consumo de agua desalada, provocado por el deterioro acelerado de los acuíferos, tanto en cantidad como en calidad. Según los datos de Abaqua, Ibiza ha pasado de consumir unos 5 hectómetros cúbicos anuales en 2009 a casi 13 en 2024, y todo apunta a que en 2025 se superarán los 14 hectómetros cúbicos.
Esta evolución ha llevado a que las instalaciones funcionen cada vez durante más meses al límite de su capacidad, reduciendo al mínimo la capacidad de reacción ante averías, episodios de sequía o picos de demanda asociados a la temporada turística.
La cuarta desaladora, solo una promesa
Mientras tanto, la cuarta desaladora de Ibiza sigue sin pasar del papel. No tiene ubicación definida, ni proyecto técnico, ni calendario. A día de hoy, no es más que un compromiso político, sin impacto real sobre la capacidad de producción de la isla.
Por eso, la ampliación de Santa Eulària se ha convertido en la pieza central para evitar que el sistema colapse en los próximos años.
Una obra compleja, casi 10 millones y sin margen para errores
El proyecto incluye la remodelación de la captación de agua de mar, nuevas conducciones, filtros y equipos de alta presión, un nuevo tren de ósmosis inversa, mejoras en la impulsión y distribución del agua tratada, así como la adecuación de la instalación eléctrica, de control y del sistema de vertido de salmuera.
Todo se ha diseñado con criterios de mínimo impacto ambiental y, sobre todo, con un objetivo prioritario: mantener la planta operativa durante las obras, conscientes de que Ibiza no puede permitirse paradas prolongadas.
El presupuesto base de licitación asciende a 9,99 millones de euros, IVA incluido. A ello se suma un contrato de asistencia técnica para la dirección de obra y la coordinación de seguridad y salud por 314.600 euros, con un plazo total de 25 meses. El plazo de ejecución de las obras será de 23 meses, una vez adjudicadas y autorizadas por el Consell de Govern.
Dos veranos más al filo
Hasta que la ampliación sea una realidad, Ibiza seguirá dependiendo de un sistema tensionado al máximo, en el que cualquier fallo relevante en una desaladora durante los meses de mayor demanda podría tener consecuencias inmediatas.
La ampliación de Santa Eulària, junto con la desaladora móvil de Sant Antoni y una mayor incorporación de agua desalada por parte de los ayuntamientos, permitirá aliviar la presión sobre los acuíferos y mejorar la capacidad de respuesta ante emergencias.
Pero el mensaje es claro: durante los próximos 24 meses, Ibiza seguirá rezando para que nada falle. Solo entonces, si todo va según lo previsto, la isla podrá empezar a dejar atrás una gestión del agua basada en el límite permanente.
Salvo que las lluvias recarguen los acuíferos, como han propiciado las lluvias torrenciales de las dos últimas danas.













