PRISIÓN DE IBIZA

“Aquí me siento seguro”: lo que logran dos terapeutas en la cárcel de Ibiza

En la cárcel de Ibiza, el “Círculo de palabra y escucha” que facilitan Carolina Vorburger y Chus Cabello ofrece a los internos un espacio semanal para hablar de sus emociones, poner límites sin violencia y dejar de verse solo como su delito.

La cárcel de Ibiza y las terapeutas Carolina Vorburger y Chus Cabello.

“Es la primera vez que no me siento juzgado”.  “Este es el momento de la semana donde me siento más seguro”. Esas son las frases que más se escuchan en el “Círculo de palabra y escucha” de la prisión de Ibiza, un espacio impulsado por las terapeutas Carolina Vorburger y Chus Cabello para que los internos recuperen la confianza en los vínculos y en sí mismos. En los últimos años, este proyecto, surgido a propuesta de la Fundación Conciencia y ahora en pausa por falta de recursos, se ha convertido en uno de los programas más valorados del centro, según trasladan desde la propia dirección penitenciaria.

Un espacio horizontal sin juicio

El círculo es, en palabras de sus impulsoras, “un espacio horizontal en el que presos y facilitadoras damos lugar a los sentires de cada persona”, donde el objetivo es volver a poner en el centro los vínculos, pero desde el trato amable, respetuoso y sin juicio, para que cada participante pueda sentirse visto y escuchado.

El proyecto nace a petición de la Fundación Conciencia, después de constatar que los internos reclamaban herramientas de autoconocimiento, explican Carolina y Chus a La Voz de Ibiza. La entidad contacta con ellas por su trayectoria acompañando a grupos en espacios como la Akademia de Ibiza o programas de crecimiento grupal con adolescentes, ámbitos en los que ya aplicaban dinámicas de escucha, cuerpo y regulación emocional.

Jóvenes con condenas cortas que llegan por recomendación

En el Círculo de palabra y escucha participan mayoritariamente hombres jóvenes de entre 20 y 40 años, internos en una prisión peculiar, la de Ibiza, donde no se cumplen condenas largas: la mayoría tiene penas inferiores a seis meses o está a la espera de juicio. Muchos de ellos llegan al espacio por recomendación de otros compañeros, subrayan las facilitadoras, hasta el punto de que “son ellos quienes piden entrar”, atraídos por la fama de ser un lugar distinto dentro del centro.

Desde el primer día, Carolina y Chus se esfuerzan en explicar qué es y qué no es el círculo: no se trata de una terapia clínica ni de un programa correccional, sino de un espacio de encuentro seguro, con límites claros y unos principios compartidos, donde se trabaja la responsabilidad personal, el cuidado mutuo y la posibilidad de relacionarse sin recurrir a la violencia o al miedo.

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De la palabra libre al trabajo guiado con emociones

Las sesiones semanales comienzan con un “centramiento”, una especie de aterrizaje al cuerpo para que los internos puedan bajar el nivel de tensión y conectar consigo mismos. A partir de ahí se abre un espacio de palabra libre, donde cada uno comparte cómo está, cómo llega, cómo ha sido su semana. En este tramo afloran temas muy ligados al día a día en la cárcel: la espera de juicio o sentencia, los recursos para evitar traslados, las visitas de hijos, hijas y familiares, o la convivencia en la celda, que algunos llevan mejor y otros “fatal”, en palabras de las facilitadoras.

También aparece con frecuencia la preocupación por “el después”: la salida y el miedo a cómo enfrentarse a la vida en libertad, remarcan. Junto a ello, se introducen momentos para trabajar la gratitud, hacia uno mismo y hacia el propio espacio compartido, que les permite “recapitular cosas positivas” en medio de una rutina marcada por la dureza del encierro. “Cada uno viene con lo que viene”, resume Chus, y hay personas que durante semanas repiten el mismo tema porque todavía no pueden soltarlo.

En una segunda parte de la sesión, más guiada, el trabajo se orienta a las emociones y la regulación emocional. “Somos personas traumatizadas y nos cuesta volver a sentir confianza en el cuerpo”, explican, por lo que el objetivo es ayudar a que la respuesta ante lo que ocurre tenga que ver con el presente y no solo con la carga del pasado. En este tramo se abordan emociones como la culpa, la rabia, la tristeza o el miedo, así como las creencias que condicionan la vida de cada uno, desde la idea de que “no puedo cambiar” hasta el convencimiento de que “fuera no hay lugar para mí”.

De la culpa a la responsabilidad personal

Uno de los puntos más delicados es cómo trabajar los delitos cometidos sin que el grupo quede atrapado en el relato de los hechos. Desde el inicio, el círculo se rige por principios muy claros: asumir el 100 % de responsabilidad de lo que me pasa, lo que digo y lo que hago, pero sin caer en el discurso de la culpa ni en señalar a los demás. “No trabajamos con la culpabilidad ni con el dedo apuntando hacia fuera”, remarcan.

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Cuando aparece el relato de un delito, el foco vuelve al presente de la persona: cómo se siente al nombrarlo ahora, cómo puede verlo desde el momento actual, qué le pasa en el cuerpo cuando habla de ello. El primer paso hacia la responsabilidad personal es volver a mirar al sujeto, no solo al expediente o al hecho punible.

Aprender a poner límites sin violencia

Carolina y Chus destacan que los internos se llevan herramientas muy concretas para el día a día, tanto dentro como fuera de la prisión. Una de ellas es “cambiar el paradigma y el foco”, pasar de reaccionar automáticamente a preguntarse qué están sintiendo, identificar que “hay mucha rabia que ha ido tapando otras emociones” y comprobar que, al ir destapándolas poco a poco, se sienten más tranquilos.

Otra clave es el lenguaje: en el círculo han visto cómo se pueden poner límites sin agresividad ni juicio, con frases del tipo “no te he dado mi consentimiento, no puedo sostener esto, vale para ti pero yo soy otra persona”. Para las facilitadoras, ha sido “un gran aprendizaje ver que los conflictos se pueden tratar desde la comunicación no violenta”, algo que contrasta con las dinámicas habituales de muchos entornos penitenciarios.

Recuperar la confianza en los vínculos

En un contexto donde mostrarse vulnerable puede percibirse como un riesgo, el círculo ha supuesto para muchos internos la posibilidad de volver a confiar en los vínculos. “En la prisión las personas se sienten amenazadas, tienen que mostrarse fuertes, y aquí han podido sentir confianza a través del no juicio”, señalan las impulsoras. Muchas de las personas que han pasado por el grupo arrastran infancias en las que ha sido muy difícil confiar en alguien, de modo que experimentar un espacio donde no tienen que estar a la defensiva todo el tiempo resulta profundamente reparador. Estas vivencias se inscriben en la línea de trabajos comunitarios y de acompañamiento que se dan en diferentes puntos de la isla.

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Lo que más ha sorprendido a Carolina y Chus es el nivel de compromiso de los internos. No solo con asistir al espacio, sino con darse una oportunidad real y confiar en que pueden construir una vida distinta en aquello que depende de ellos. “Éramos un grupo de seres humanos comprometidos con el autoconocimiento y con dejar de ir por el mundo culpando fuera y reaccionando”, resumen.

Un proyecto muy valorado, en pausa por falta de recursos

Pese al impacto que relatan internas y facilitadoras, el Círculo de palabra y escucha en la prisión de Ibiza está actualmente en pausa. Se ha acabado la financiación de la Fundación Conciencia, que ha decidido reorientar el programa hacia acompañamientos individuales, explican. Desde el centro penitenciario, sin embargo, les han trasladado que “quisieran que siguiera” y que ha sido uno de los programas más valorados de los últimos ocho años, apuntan Carolina y Chus. Esta situación reabre el debate sobre cómo se sostienen económicamente los proyectos de cuidado emocional en contextos de privación de libertad, un asunto que también está presente en otras noticias de política social.

Tras años de voluntariado con jóvenes, las dos impulsoras reivindican que este trabajo sea reconocido como parte de su profesión y no solo como militancia. Para dar continuidad a la propuesta, han puesto en marcha la asociación Acción Karuna, Acompañamiento consciente y comunitario, con la que buscan financiación pública o privada que permita reabrir el círculo en la cárcel de Ibiza y ampliar su alcance.

Mientras tanto, los ecos de quienes han pasado por allí siguen resonando en sus palabras: “Es la primera vez que no me siento juzgado” y “este es el momento de la semana donde me siento más seguro” resumen, quizá mejor que cualquier informe, lo que estaba en juego cada martes para ellos. El día que muchos internos señalaban como “el más importante de la semana”.

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