La búsqueda de un «planeta B» ha sumado recientemente un nuevo nombre a su lista de candidatos: HD 137010 b. Este exoplaneta, detectado mediante el análisis de datos de la misión K2 del telescopio Kepler de la NASA, ha captado la atención de la comunidad científica por su composición rocosa, y también por presentar unas proporciones y tiempos que guardan un parecido asombroso con nuestro propio hogar.
Sin embargo, tras las cifras iniciales que invitan al optimismo, los astrónomos han encontrado una realidad climática que dista mucho de ser el paraíso tropical que muchos esperarían encontrar en el cosmos.
Un año casi idéntico al nuestro
Lo que hace que HD 137010 b destaque entre los miles de mundos descubiertos hasta la fecha es su geometría orbital. El planeta es apenas un 6 % más grande que la Tierra y completa su traslación en 355 días. Esta coincidencia temporal lo sitúa teóricamente en la zona de habitabilidad de su sistema, esa región donde, en principio, el calor de la estrella permitiría la presencia de agua en estado líquido.
Según los modelos estadísticos del equipo internacional responsable del hallazgo, existe un 50 % de probabilidades de que el planeta se ubique en esta franja privilegiada. No obstante, el tamaño y la órbita son solo dos piezas de un rompecabezas mucho más complejo.
El factor estelar: una trampa de frío
La clave de la habitabilidad no reside solo en el planeta, sino en la naturaleza de su «sol». Aunque la estrella HD 137010 se asemeja a la nuestra, es notablemente más fría y tenue. Al emitir menos energía, la distancia que en nuestro sistema solar garantiza temperaturas agradables, en este sistema resulta insuficiente.
Las proyecciones térmicas sugieren que HD 137010 b podría ser un mundo extremadamente hostil, con temperaturas superficiales que rondan los 70 grados bajo cero, niveles similares a los que encontramos en Marte. Por este motivo, algunos investigadores prefieren definirlo como una «superbola de nieve»: un mundo de dimensiones terrestres, pero atrapado bajo una densa capa de hielo perenne que haría inaccesible cualquier reserva de agua.
La necesidad de nuevas confirmaciones
A pesar del entusiasmo, la prudencia impera en los observatorios: el descubrimiento se apoya, por ahora, en la detección de un único tránsito (el paso del planeta frente a su estrella). En la práctica científica habitual, se exigen al menos tres avistamientos de este tipo para validar la existencia de un exoplaneta con total certeza.
Más allá de si HD 137010 b acaba siendo un desierto helado o un mundo con potencial biológico, su hallazgo es un recordatorio de la precisión necesaria para que la vida florezca. Este caso subraya que tener el tamaño de la Tierra y un calendario similar no basta; la sintonía con la estrella y la atmósfera son factores críticos que siguen haciendo de nuestro planeta un lugar excepcionalmente raro en el universo.












