La migración que llega a Baleares está cambiando de rostro. Aunque la ruta hacia Ibiza y Formentera se ha asociado durante años a salidas desde Argelia con población mayoritariamente argelina, en 2025 se consolida un fenómeno que ya no puede considerarse marginal: la aparición creciente de personas procedentes del Cuerno de África, especialmente Somalia, en un corredor que combina desplazamiento forzoso, itinerarios largos y un riesgo extremo en el tramo marítimo.
La Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) ha detectado un incremento del 27% en el tránsito de migrantes por la ruta entre Somalia y Baleares, identificada a finales del año pasado. La ONG lo atribuye a un mecanismo que se repite en el Mediterráneo: cuando se cierra una ruta, se abren otras, a menudo más largas y, por tanto, más peligrosas. Un fenómeno que también describe el reciente el informe anual Monitoreo del derecho a la vida, de la ONG Caminando Fronteras.
El “efecto desplazamiento”
El dato de CEAR llega en un contexto en el que, según su balance anual sobre migración y asilo, han descendido las llegadas marítimas a costas españolas, en gran parte por los acuerdos de control y externalización de fronteras con terceros países como Marruecos, Mauritania y Senegal. Ese descenso, señala la organización, se ha notado especialmente en Canarias, con un 60% menos de llegadas respecto al año anterior.
Pero el movimiento no desaparece: se reconfigura. Y Baleares aparece como uno de los destinos donde se reordenan las rutas cuando se endurecen otras puertas de entrada.
No solo migración: trayectorias de refugio y guerra
El crecimiento del tránsito desde Somalia no es solo un cambio cuantitativo. También implica un cambio cualitativo: se trata de perfiles vinculados a contextos de conflicto y crisis humanitaria, con una carga de desplazamiento forzoso superior.
CEAR advierte de que las crisis globales de desplazamiento persisten y cita el empeoramiento de escenarios como Sudán, el Sahel o Gaza, además de otros focos de conflicto. En el caso sudanés, recuerda que la crisis humanitaria se agrava lejos del foco mediático y que más de 13 millones de personas sudanesas permanecían desplazadas forzosamente a mediados de 2025, según ACNUR.
El auge de somalíes en la ruta hacia Baleares encaja con esa fotografía: no es solo una migración por oportunidad, sino una huida sostenida de contextos en colapso, donde la protección internacional debería ser un punto central.
Ese trasfondo aparece de forma descarnada en testimonios recogidos por organizaciones de derechos humanos. En el informe de Caminando Fronteras un solicitante de asilo somalí resume la lógica de estas trayectorias: violencia previa, extorsión, encierros y, finalmente, el mar. “Llegamos a Libia y aquello era el infierno… Nos encerraron… querían dinero… alguna gente se murió ahí… Cogimos una barca… el tiempo era terrible y pensé que iba a morir… Alhamdoulillah llegamos a España… pero me cuesta mucho dormir…”.
El testimonio introduce un elemento clave para entender lo que ocurre en Baleares: quienes llegan por esta vía no solo llegan exhaustos físicamente; llegan con secuelas psicológicas profundas y, en muchos casos, con motivos claros para pedir protección.
Ese giro de nacionalidades convive con un escenario que Caminando Fronteras describe como especialmente grave en el tramo balear: en 2025, la organización documenta 1.037 víctimas vinculadas a la ruta argelina hacia Baleares, agrupadas en 121 tragedias marítimas, y subraya un dato clave para entender el nivel de riesgo: 47 embarcaciones desaparecieron con todas las personas a bordo, sin que exista una reconstrucción pública completa de lo ocurrido ni una trazabilidad clara para las familias.
En ese contexto, la irrupción de personas somalíes cobra un sentido distinto: no llegan solo desde un punto de salida, sino desde una trayectoria marcada por violencia previa y huida.
Desde el Cuerno de África
La ruta que desemboca en Baleares ya no responde a un patrón “clásico” y homogéneo. Aunque la nacionalidad argelina sigue siendo mayoritaria, la organización advierte de un aumento vertiginoso de personas del Cuerno de África, especialmente Somalia, y también de Sudán y Sudán del Sur, al punto de identificar embarcaciones compuestas íntegramente por somalíes. Este cambio convierte a Argelia no solo en un punto de salida, sino cada vez más en país de tránsito para migrantes del África oriental —y también, en ocasiones, del Sahel— que acaban intentándolo por el corredor balear.
Esa transformación tiene una dimensión humana que el informe retrata con crudeza en el testimonio de M.B., de Mali, que busca a su hermano menor, desaparecido tras salir desde Argelia. “Tiene 16 años, es mi hermano… ese día tenía que cruzar con él pero no pude porque hubo una redada… me deportaron al desierto… él montó en la barca… desde entonces sigo buscando… la barca está desaparecida”, relata. El caso ilustra un elemento clave del giro de nacionalidades: muchas de estas personas llegan a Argelia tras haber sido expulsadas, perseguidas o desplazadas por etapas previas del viaje, y toman decisiones bajo presión que aumentan la exposición al riesgo y a la desaparición sin rastro.
Caminando Fronteras subraya además que la ruta hacia Baleares incorpora perfiles que antes eran residuales en este corredor: además de la presencia argelina, detecta también sirios y palestinos, y alerta de que el tramo balear está recibiendo cada vez más personas procedentes de distintos puntos del continente africano. Esa diversificación se refleja también en los menores: el informe identifica un aumento de infancia migrante en el Mediterráneo occidental y menciona como procedencias mayoritarias Argelia, Mali, Guinea y Somalia, una combinación que refuerza la idea de que Baleares ya no es solo un destino de una nacionalidad, sino el final de trayectorias migratorias más largas, más mixtas y, con frecuencia, ligadas a desplazamientos forzosos.
El impacto en Baleares: un reto de acogida que no es el mismo
La emergencia de personas somalíes —y de otras procedencias ajenas al patrón histórico de esta ruta— plantea un reto distinto para el sistema de acogida y atención: necesidades sanitarias más complejas, barreras lingüísticas, evaluación de protección internacional y acompañamiento psicosocial. No es lo mismo gestionar un flujo relativamente homogéneo que un corredor donde irrumpen perfiles de refugio con experiencias de guerra, persecución o violencia extrema.
CEAR, además, sitúa este contexto en un año marcado por un clima político más duro. La organización lamenta que 2025 haya sido el año en el que las políticas antimigratorias “impulsaron los discursos de odio”, advirtiendo de su impacto en la convivencia y citando episodios de señalamiento y delitos de odio alimentados por desinformación.
Asilo: menos solicitudes, más rechazos
Otro de los puntos que CEAR destaca es la evolución del sistema de asilo. Según la ONG, la tasa de reconocimiento en España sigue siendo baja: solo un 11% de las solicitudes resueltas hasta el 30 de noviembre obtuvieron una respuesta favorable, empeorando respecto al año anterior. Y las resoluciones desfavorables han vuelto a crecer hasta el 44%.
Además, CEAR apunta a un descenso global en el número de solicitudes: a falta de un mes para terminar el año, se situaban en 134.401, un 14% menos que en el mismo periodo de 2024.
Este escenario es especialmente relevante para perfiles como los que emergen en la ruta Somalia–Baleares: personas que llegan con necesidad potencial de protección, pero en un sistema que endurece el acceso, retrasa procesos o devuelve respuestas negativas con frecuencia.
Una ruta que ya no puede explicarse con una sola nacionalidad
El incremento del 27% detectado por CEAR y los testimonios de personas somalíes apuntan a una conclusión: Baleares ya no es solo la frontera de una nacionalidad, sino el destino final de trayectorias migratorias mucho más complejas, donde el componente de refugio y desplazamiento forzoso gana peso.
Y eso obliga a repensar el debate público: no solo desde la seguridad o el control, sino desde la protección, el asilo y el impacto humano de rutas que cambian precisamente porque otras se cierran.













