La educación emocional ha pasado en pocos años de ser un concepto casi desconocido a convertirse en una de las principales preocupaciones de muchas familias. En un contexto marcado por el uso intensivo de pantallas, cambios en los modelos familiares y mayores niveles de ansiedad en niños y adolescentes, cada vez más padres buscan herramientas para acompañar mejor a sus hijos.
En la crianza no existen fórmulas mágicas, pero sí herramientas que pueden ayudar a las familias a comprender mejor lo que ocurre emocionalmente en casa.
¿Cómo se gestiona una rabieta en público? ¿Es bueno que los niños vean el cuerpo de un familiar fallecido? ¿Qué ocurre cuando los padres no se separan “por los niños”? Estas son solo algunas de las preguntas que responde una educadora social especializada en infancia y en duelo, llamada Yasmina Delgado.
-¿Qué es una educadora social y cuanto abarca?
-Una educadora social abarca muchísimo. En la carrera de Educación Social trabajamos tanto con menores, inmigrantes, mujeres maltratadas, personas mayores, todos aquellos grupos vulnerables. Se tocan muchos temas, luego tienes que especializarte en algo. El tema de la infancia siempre me ha interesado y, a raíz de ser mamá aún más, porque yo tenía la teoría, pero llevarla a la práctica es mucho más complicado. Por eso creé este proyecto de acompañar a las familias en la educación de sus hijos. Pero antes, fui educadora social en una residencia de personas mayores. En la residencia el tema del duelo estaba muy presente y ahí detecté la falta de educación en cuanto ello, sobre todo el no tener en cuenta a los más jóvenes. Y unos años antes de empezar en la residencia yo sufrí el fallecimiento de mi padre y también vi esa carencia por mi parte de no saber llevar un duelo con herramientas, y a su vez, por parte de mi familia también. Detecté ahí una falta de asesoramiento en el tema del duelo y por eso me metí de lleno.
-Ya entraremos en el tema del duelo, sé que asesoras matrimonios, ¿atiendes a parejas?
– Si hay niños sí, realmente es por el bienestar del del menor. Si hay que trabajar en cuanto a la pareja en relación a los hijos, se trabaja, porque al final el objetivo es el menor. Parejas sin niños no.
-En relación a las familias, ¿Cuáles son las situaciones más frecuentes que necesitan atención?, ¿Cuál es el top tres de las cosas que en general las familias no hacen bien por una falta de educación?
-El tema del duelo seguro, porque cuando nos llega es un tema que no sabemos cómo abordar y desde el primer momento me preguntan; «Ha pasado esto, ¿Cómo le doy la noticia?». Normalmente, no se sabe dar ni un solo paso. Las separaciones en la pareja también es reiterativo, porque hoy en día está en auge. Y luego además las pantallas, que es un tema bastante frecuente porque normalizamos situaciones con ellas, como redes sociales, videojuegos… esto está siendo un gran problema.
-¿Hay leyes básicas no escritas que todas las familias deberían honrar?
– El amor. El amor nunca puede faltar. Hay veces que siento que hay padres que les da miedo ser muy cariñosos y es que no pasa nada si nos pasamos por ahí. Hay veces que veo padres como muy estrictos, que a lo mejor no lo sienten como tal, pero quieren serlo porque piensan que es la vía. La ley es el amor, no puede faltar nunca, la ternura, el abrazo, los besos, un te quiero…
¿Hay sobre-amor?
-Yo creo que no, si es sano, el amor nunca sobra, porque una sobreprotección sí que puede llegar a ser un problema. He visto muchas familias que quieren ser autoritarias, de poner muchos límites, muchas normas y se pasan. Luego que si lo han hecho mal, yo no le doy un abrazo. Tampoco es así.
-¿Qué le dirías a padres que no se aguantan más y que no se separan “por los niños”?
-Tengo muchas familias que están ahí, en el conflicto interno de si doy el paso o no, y empiezo con los niños quienes me cuentan cosas que yo luego se lo digo a los padres y me dicen: «Pero si yo pensaba que no se había enterado de esto». Hay veces que queremos sobreprotegerlos para que no se enteren, pero se enteran de todo. Si no estamos bien, nuestros hijos no van a estar bien. Y además mal entienden lo que es el amor, porque ven el maltrato y ven que están juntos y piensan que el maltrato es amor, además lo normalizan y muchas veces repiten patrones. Entonces, es una forma de darle, de ofrecerle, un aprendizaje erróneo a nuestros hijos.
-¿Qué deben hacer los padres cuando se equivocan?
– Pedir perdón. Muchos padres se sienten como que no tienen que pedir perdón porque son los padres. Yo siempre les digo: estamos en la misma altura, ni unos más ni unos menos. Eso es importante. Al pedirlo le estamos enseñando a que ellos lo pidan también. Lo que no podemos pretender es que nosotros nunca lo pidamos y exigir que nuestros hijos lo pidan. Somos un reflejo para ellos. Es vital reconocer el error. Yo estoy viendo, por ejemplo, en adolescentes que empiezan con las primeras parejas, que se enfadan, pasan unos días a lo mejor sin hablarse y de un día para otro vuelven y hacen como si nada. No, cuando hay un conflicto, hay que pedir perdón, hay que hablarlo, hay que solucionarlo y luego seguimos, pero no podemos hacer como si nada. Y esos patrones que muchas veces se ven en las parejas o en las amistades como consecuencia de cómo nos hemos relacionado con nuestros padres. Entonces sí que es importante ese perdón.
-¿Y por qué crees que no piden perdón los padres, por miedo a que los bajen del pedestal?
-Sí claro, es porque queremos estar por encima. Pero ellos nos enseñan a nosotros también y mucho.
-Yo estoy convencido que de todas formas hay un click cuando eres adolescente y los bajas con una pregunta simple que es ¿Cómo fueron mis abuelos como padres y cómo fueron mis padres como hijos?… ahí entiendes todo, ¿no?
-Sí [sonríe]. Y cada vez pasa antes. Los jóvenes de hoy están muy acelerados. Yo siempre digo que como padres tenemos que hacer el trabajo antes de que los hijos sean adolescentes y en la adolescencia, es dejarles volar a partir de los límites que ya les has enseñado.
-Cuando hace un berrinche un niño pequeño en la calle, ¿Qué hay que hacer?
-El primer punto es conectar. Hay muchas veces que directamente nos vamos a la situación de cómo se tendría que comportar. “No hagas esto, cómo estás haciendo eso así”. Nos vamos a la situación, no nos vamos a la emoción. Lo primero es “te entiendo”, porque ahí conectas con tu hijo. Si hace falta, te agachas a su altura, eso es super importante, pero hablamos de la emoción, no de la situación. Cuando estamos en pleno berrinche, muy pocas veces te van a escuchar. Entonces, lo primero es conectar entendiéndole y hablando de su emoción para bajar pulsaciones y le preguntas: ¿Cómo estás?, ¿Qué emoción sientes?, ¿estás enfadado?
Una vez que está calmado, hablamos de la situación, de cómo lo podría hacer de otra manera, buscamos soluciones entre todos… Pero cuando estamos en pleno berrinche, tenemos que estar presentes, sin juzgar, sin reñir, sin gritar, sin bloquear, entendiéndose la emoción. Es verdad que tenemos que entender que la naturaleza humana nos lleva muchas veces a gritar, a pegar y a morder, ¡pero es que es de la naturaleza misma!
No nos tenemos que asustar, pero debemos ser conscientes de que eso no puede alargarse en el tiempo y que tenemos que ser nosotros, los adultos, quienes les ayudemos a que tengan otras herramientas, a decirle: «Vale, está bien que estés enfadado y yo entiendo que estés enfadado porque te gusta muchísimo ese coche rojo, perfecto, pero tú no le puedes dar un bofetón al niño, vamos a hablar, vamos a buscar una solución».
Hay que darles opciones, herramientas. Yo con los niños trabajo con el emociómetro, que son las ocho emociones y con eso me dicen cómo se sienten y una vez que tenemos esa emoción identificada, utilizamos la ruleta. Y entonces ya decimos qué hacemos. Pues respiramos, abrazamos, escuchamos música, pintamos.
Realmente nuestro trabajo o la educación emocional no es solo que mi hijo diga estoy triste o tengo rabia. La educación emocional va mucho más allá. Es que mi hijo sepa qué emoción siente y sepa gestionarlo, que sepa hacer algo con esa emoción, porque luego también me encuentro con niños, adolescentes, padres y madres con ansiedad.

-¿Y de dónde viene la ansiedad?
-Pues de guardarse mucho las emociones y no gestionarlas. Reconocer la emoción es lo primero pero a veces no sabemos qué hacer con eso. Entonces ya una vez que somos adultos o adolescentes decimos “vale, ya no puedo pegarle un puñetazo a nadie”, ahora ¿qué hago con esta rabia o tristeza? Me la guardo. Y así es como nos llega la ansiedad en muchos casos. Entonces, tenemos que encontrar una herramienta como adultos para gestionarlo, para que no se nos quede dentro, para procesarlo.
-Vale, reconocimiento más resolución.
– Exacto. Y la ruleta es la resolución del emociómetro. Primer paso es la emoción y segundo es la ruleta que vendo con imán para la nevera. Tiene un marquito donde se pone la foto de toda la familia porque está enfocado a toda la familia como unidad. Tenemos que entender que si tu hijo se enfada y tú quieres que tu hijo respire, tú eres el primero que tienes que poner el estado de enfado y ser el primero que va a respirar para que luego tu hijo te copie.

-¿Qué pasa cuando si el padre está enfadado y le dice a toda la familia: «Déjenme tranquilo, no me hablen por un rato»?
-Está bien. Es que tanto los adultos como los niños necesitamos espacio. Lo que pasa es que después de ese momento tenemos que buscar la solución, pedir perdón si lo tenemos que pedir. Hablar, siempre comunicar lo que nos pasa.
-¿Has observado que hay resistencias o estigmas sobre hablar de emociones en la familia?
¿Cómo se puede desmontar?
-Sí, sobre todo en los adultos. Porque muchas veces me encuentro con familias que quieren que sus hijos sean emocionales, que expresen sus emociones, pero muchas veces somos nosotros, los padres los primeros que no hablamos de las nuestras. Yo trabajo siempre en triángulo; necesito trabajar con el niño y su familia (donde entran también los padres, las madres, abuelos, todos), yo y siempre también el centro escolar. Hay que entender que en el centro escolar pasan muchas horas. Aquí viene a lo mejor cincuenta minutos, una vez a la semana o cada dos semanas. Pero el trabajo gordo lo tienen que hacer la familia y el centro escolar. Por eso trabajo en triángulo, siempre. Pero sí, me encuentro con muchos padres emocionalmente muy cerrados… hay un tema generacional también.
-Sí, claro. Hay generaciones perdidas para todo esto que estamos hablando…
-Perdidas no diría, yo confío. Porque hay abuelos – que tienen mucho peso en la educación de sus nietos – con setenta u ochenta años y aún están abiertos al cambio. Yo no doy ninguna generación por perdida. Como educadora social, yo siempre confío en el cambio. Pero sí que es verdad que ahora la generación que somos padres y madres estamos en proceso de mucho cambio y no es nada fácil, porque hay visiones de todo de tipo. También hay una equivocación en cuanto a educación emocional, que muchas veces se piensa educación emocional como una educación sin límites, sin normas, que hagan lo que quieran y no. La educación emocional es el punto intermedio entre educación autoritaria y una educación libre, sin normas y sin límites. Sí que debe haberlos, los niños lo necesitan.
-La educación sin normas y sin límites se siente como desinterés de los padres además.
–Sí. No irnos ni a un extremo ni a otro. La educación emocional es tener en cuenta la opinión o las emociones de tu hijo, pero tú también tienes que ser el adulto y tú poner los límites, y muy importante siempre estar presente.
-¿Los padres usan a los niños negativamente?
-Sí, «Mi hijo tiene un problema porque se porta muy mal, porque no me hace caso, porque le estoy diciendo que haga esto y no lo hace», y ves que el enfoque va totalmente hacia el hijo, pero quizá hay veces que no nos damos cuenta de que el problema somos nosotros, porque a lo mejor o tenemos problemas y estamos hablándole mal a nuestros hijos o no sabemos poner las normas y los límites necesarios, o muchas familias que no pasan casi tiempo con sus hijos y entonces la forma de reclamarle tiempo de sus hijos es con berrinches o llamadas de atención que nosotros no entendemos en ese sentido.
Pero muchas veces la causa somos nosotros, no ellos.
-¿Muchas veces o siempre?
-Casi siempre. Los padres tenemos un gran peso. Pero cada niño tiene su esencia también. Hay niños más fáciles, hay niños más movidos, otros que son muy guerreros, o son muy competitivos… etc. Hay niños que su esencia ya te lleva a perder mucha energía o a estar luchando en el día a día. Pero no es el cien por cien el cómo han sido los padres. La clave es cómo lo acompañes, porque esa esencia va más o va menos. Y tenemos que ir con cuidado, porque las esencias de nuestros hijos todas tienen su parte positiva. Hay muchos padres, por ejemplo, que vienen con niños muy activos, que están derrotados porque están muy cansados y les quieren apaciguar. Bueno, el que sea activo y que tenga ganas de hacer cosas es algo bueno, lo que tenemos que llevarlo al punto de controlarlo.
-Bueno, pero en vez de apaciguar, hay que cansarlo. Hay que llevarlo a la playa y hacerlo correr hasta que se agote, ¿no?
-No, ahí hay una equivocación. Tengo muchos padres que tienen niños activos y tienen esa idea. Cada día estamos haciendo algo para que se canse, pero también le tenemos que enseñar a parar. Esos niños activos también necesitan una tarde de estar en su casa y aburrirse, porque si ellos necesitan cien y yo le estoy dando cien todo el rato, nunca van a bajar. Hay que entender la esencia. Son niños activos, necesitan salir – perfecto – nosotros lo vamos a hacer, pero también le tenemos que ir tirando un poquito para abajo, porque es que si no, cada vez nos piden más. Igual que los niños que son más de estar por casa, nos quedamos dentro pero de vez en cuando hay que salir. Para mí en la educación emocional lo más complicado es la balanza, ni un extremo ni otro. Y también tenemos que ir con mucho cuidado con que no pierdan la esencia, porque al final cuando la pierden es porque les hemos tocado mucho la autoestima. Y hemos borrado todo lo que tienen de ellos, realmente. Entonces, tenemos que ir con mucho cuidado.
-¿Y las relaciones entre hermanos/as?, por ejemplo cuando viene un nuevo hijo…
-Bueno, hay de todo [ríe]. Es un tema recurrente y además también se tiene a veces mucho miedo. Tengo familias que ya viene la mamá embarazada del segundo y se están preparando. Pero vienen mentalizados de leerle un cuento al primogénito cuando están embarazados para prepararle para la llegada, pero de lo que no son conscientes es que empiezan los celos normalmente a partir del año y es ahí es cuando a lo mejor, hemos bajado un poquito ese cuidado. Es como: «Bueno, los primeros meses no ha pasado nada, no está celoso, pues ya está». Y no. Tenemos que ser conscientes de que a partir del año y cuando ese bebé empieza a hacer ya cositas, es cuando empiezan los celos. Y sobre todo, es importante que se entienda que cada uno de los miembros necesita cosas diferentes, porque muchas veces se llega al error de como a uno le he comprado no sé qué, a la otra también. No, se tiene que llegar el momento en el que sienta o entiendan que cada uno tiene una necesidad totalmente diferente.
-¿Hay mejor relación entre hermano-hermana o hermano-hermano o hermana-hermana?¿O es igual, depende de la esencia, de la educación, de la familia o del ambiente?
-Yo creo que depende mucho. pero biológicamente, no. Interfiere la familia, el cómo le acompañas al final. Por ejemplo, en el tema de celos entre hermanos yo siempre recomiendo tiempo a solas con tu hijo o con tu hija. El que tú digas: «Pasamos esta mañana juntos», siempre conectando con la naturaleza. Yo siempre recomiendo playa o montaña. Por suerte, aquí en Ibiza lo tenemos a un paso y ahí no tenemos estímulos. Hay muchos padres que me dicen: «pero si yo tengo toda la tarde con ella porque la llevo a gimnasia y luego va a inglés»… ya… ¿pero ahí dónde conectas? No estás conectando. Entonces, ¿Dónde encontramos la conexión con nuestros hijos? Yéndonos solos, sin la hermana pequeñita o el hermano que nos esté chinchando. La madre se va con uno y el padre se va con otro. Y el sábado siguiente cambian. Ahí es donde volvemos a conectar, porque cuando llega un nuevo bebé que necesita más tiempo, más cuidados y hay veces que lo descuidamos al otro, es cuando los celos llegan. Es que es un proceso. La sensación de no ser visto, ellos notan un cambio, un cambio que no han elegido, porque muchas veces lo pintamos como algo muy guay pero para ellos no es tan guay [ríe]. Que se lo queremos pintar muy bien, pero es difícil.
Mañana continuaremos con la segunda entrega de tres, de la charla con Yasmina Delgado, sobre obesidad infantil, adicción a las pantallas, la comunicación y el ejemplo de los padres.













