Formentera se ha convertido en el escenario elegido para demostrar que invertir en biodiversidad puede mejorar no solo el equilibrio ambiental, sino también la sostenibilidad social, económica y turística de un destino insular. Así lo explica Juan Costa, uno de los impulsores del proyecto Living Formentera.
Se trata de una iniciativa que ya ha arrancado con una fase piloto y que aspira a escalar en los próximos años mediante una alianza público-privada. El plan, que surge de la alianza entre Nature & People Foundation, que preside Costa, y Baleària, consiste en plantar 420.000 árboles en la menor de las pitiusas. Y, gracias a ello, aspira a resultados visibles en distintos horizontes temporales, desde los primeros dos o tres años hasta plazos de más de una década.
Juan Costa, exministro de Ciencia y Tecnología con el PP en la etapa final del Gobierno de José María Aznar y una figura destacada del área económica del partido en los años noventa y dos mil. Costa fue secretario de Estado de Economía y de Comercio, diputado por Castellón y posteriormente consejero en el Fondo Monetario Internacional, antes de dar el salto al sector privado, donde ha trabajado en consultoría y reflexión estratégica sobre economía, innovación y cambio climático. Es un veraneante habitual de Formentera, donde tiene una casa en propiedad.
Formentera, elegida como caso piloto internacional
El proyecto nace con una ambición que va más allá del ámbito local, ya que pretende demostrar una tesis aplicable a otros destinos turísticos del Mediterráneo. “Colaboramos con la fundación británica Conservation Collective que estaba interesada en estudiar cómo la biodiversidad puede mejorar los destinos turísticos y la inversión en biodiversidad”, explica Costa, quien detalla que esa reflexión inicial se compartió con Baleària y su presidente para buscar un territorio donde ponerla a prueba.
La elección de Formentera no fue casual, sino el resultado de un análisis comparativo. “Analizamos otras islas del Mediterráneo, más allá de las Islas Baleares, pero pensamos que Formentera era el mejor lugar, por muchas razones, una de ellas obviamente porque es un punto caliente de biodiversidad global”, subraya. Esa singularidad ecológica convierte a la isla en un laboratorio natural para medir impactos reales y comparables.

Por qué Formentera
Los datos satelitales incluidos en la comparativa del proyecto sitúan a Formentera en una posición singular dentro del contexto mediterráneo. La isla presenta una cobertura arbórea del 19,3 %, muy por debajo de la de Ibiza (42,2 %), Mallorca (33,3 %) o Menorca (33,6 %), y una cobertura verde total del 55,5 %, frente a más del 70 % en Mallorca y por encima del 80 % en Menorca.
Esta menor presencia de vegetación se traduce en un efecto térmico anual más reducido, con una capacidad media de enfriamiento de apenas –0,75 grados, frente a los –1,53 grados de Mallorca o los –1,67 de Ibiza.
En el ámbito urbano, la brecha es aún más evidente: Formentera cuenta con solo un 7 % de cobertura verde en zonas urbanas, frente al 20 % de Palma o el 37 % de Ibiza ciudad. A ello se suma una alta presión turística, con más de 4.300 turistas por kilómetro cuadrado, lo que convierte a la isla en uno de los territorios más expuestos a los efectos combinados del calor, la actividad turística y la falta de infraestructura verde, y refuerza su idoneidad como laboratorio para medir el impacto real de la renaturalización en destinos turísticos insulares.
Un proyecto para enfriar la isla y sus núcleos urbanos
Uno de los objetivos estratégicos más claros del proyecto es reducir la temperatura del territorio, un reto especialmente relevante en un contexto de calentamiento global. “El proyecto se plantea unos objetivos estratégicos utilizando la biodiversidad como solución”, resume Costa, antes de concretar el primero de ellos: “Uno es enfriar la isla a un grado centígrado”.
Ese objetivo se apoya en un diagnóstico previo sobre la pérdida de vegetación. “El efecto de enfriamiento de la vegetación en Formentera es más bajo que en el resto de las Baleares, cerca de dos grados más bajo, y eso en parte es por la pérdida de vegetación primaria tan alta que ha tenido Formentera, que está cerca del 50 %”, explica.
La situación es aún más crítica en los núcleos urbanos, donde el plan aspira a un gran impacto. “El segundo objetivo es enfriar las zonas urbanas en al menos dos grados centígrados”, apunta Costa. Y recuerda que mientras que las zonas urbanas en Formentera tienen una cobertura arbórea del 7%, las recomendaciones internacionales se sitúan ese umbral entre el 20 % y el 30 %.
Recuperar suelo, paisaje y agricultura tradicional
El proyecto Living Formentera no se limita a plantar árboles, sino que aborda de forma directa la degradación del suelo y la pérdida del paisaje tradicional. “Un 30 % del suelo de Formentera es tierra que antes era agro, y en muchos casos esta tierra no se ha seguido cultivando”, explica Costa, lo que ha provocado procesos de erosión y aridificación.
Ese abandono tiene consecuencias directas sobre el equilibrio hídrico. “Hace que la calidad del suelo se deteriore y que aumente el estrés hídrico, porque el suelo no tiene capacidad para retener agua y humedad”, explica.
Frente a esta situación, el proyecto plantea recuperar el paisaje mosaico y reforzar cultivos tradicionales. “El olivo y el algarrobo son muy buenos para fortalecer la calidad del suelo”, señala, a lo que se suma la conservación de higueras, un elemento “icónico en la isla” y parte esencial de su patrimonio ecológico y cultural.
Beneficios ambientales… y también turísticos
La mejora ambiental está directamente vinculada al atractivo del destino, según defienden los impulsores del proyecto. Entre los objetivos se incluye “hacer más atractiva la isla”, integrando paisaje, biodiversidad y usos tradicionales.
Costa remarca que “desde el primer momento se verán los resultados del proyecto”, tanto en términos ambientales como en la percepción del territorio. Aunque aclara que los impactos se producirán en distintos plazos. “Hay cosas que son a corto plazo y otras a más largo plazo”, explica, y precisa que “hay objetivos que se pueden ver rápidamente en el plazo de dos o tres años y otros tardarán diez o quince años”.
Del piloto a la gran escala: lo que viene ahora
La iniciativa ya ha comenzado con una fase piloto, con la plantación de 2.500 árboles, que ha permitido testar el modelo antes de su despliegue. “Hemos dedicado recursos del proyecto originario para empezar con la plantación”, señala Costa, quien avanza que ahora el foco está en construir una alianza de empresas interesadas en apoyar la renaturalización de la isla.
El calendario es claro: “Nuestro objetivo es que esa alianza esté constituida dentro de los primeros seis meses de este año”, con la vista puesta en el siguiente paso. “Deberíamos pasar del piloto que se está haciendo a realizar una inversión relevante y tangible en el entorno del otoño, que es cuando hay que aprovechar para las plantaciones”, detalla.
La ambiciosa iniciativa cuenta con el apoyo del Govern Balear y el Consell de Formentera, según se ha informado en la reciente edición de FITUR.
Un modelo exportable más allá de Formentera
El proyecto aspira a convertirse en un referente replicable, no solo en Baleares, sino en otros territorios insulares. “Demostrar que invertir en biodiversidad es la mejor manera de garantizar la sostenibilidad de una isla”, resume Costa, quien insiste en que esa sostenibilidad va “más allá de la sostenibilidad medioambiental” e incluye la protección del destino turístico frente a modelos que en el pasado han tenido un alto coste ecológico.
En ese sentido, el proyecto Living Formentera se plantea como una experiencia piloto con vocación de futuro, capaz de transformar la relación entre turismo, territorio y biodiversidad en el Mediterráneo.













