Tras un largo periodo de dudas, el Circuit de Barcelona-Catalunya ha logrado asegurar su futuro en la élite del automovilismo. El trazado de Montmeló y la Formula One Management (FOM) alcanzaron un acuerdo de renovación que garantiza la estancia del Gran Circo en tierras catalanas hasta el año 2032. Sin embargo, esta victoria llega con un sabor distinto: el circuito renuncia a su tradicional cita anual para estrenar un sistema de rotación.
A partir de 2027, Barcelona compartirá su protagonismo con el histórico trazado belga de Spa-Francorchamps. Bajo este nuevo formato de alternancia, los aficionados locales disfrutarán de la carrera en los años pares (2028, 2030 y 2032), mientras que el resto de temporadas la competición se trasladará a las Ardenas.
Es el fin de una era de constancia absoluta que comenzó en 1991, pero también es la llave que permite a Montmeló sobrevivir en un calendario cada vez más saturado y exigente.
Un escudo frente a la irrupción de nuevas sedes
Con la sombra de la llegada de Madrid en 2026 y la presión de ciudades candidatas con presupuestos multimillonarios, Barcelona ha sabido jugar sus cartas: en lugar de una retirada, los responsables del Circuit optaron por la resiliencia. La inversión de 50 millones de euros ejecutada desde 2022 para modernizar las instalaciones fue la prueba de vida que Liberty Media necesitaba para mantener su confianza en el trazado.
Más allá de los 30 millones de euros de canon por edición, el valor de este acuerdo reside en el impacto emocional y económico. La Generalitat estima que cada visita de la Fórmula 1 inyecta más de 300 millones de euros en la región. Pero, sobre todo, mantiene a Cataluña en el escaparate mundial como un territorio capaz de organizar eventos de máxima complejidad con una afición que, en palabras de Stefano Domenicali, «siempre recibe al deporte con una pasión desbordante».
El inicio de una etapa diferente
La edición de 2025 será un momento de transición cargado de simbolismo. Será la última vez que el circuito acoja la prueba de forma anual y la primera en lucir oficialmente el nombre de Gran Premio de Barcelona-Catalunya. A partir de ese punto, el silencio de los motores cada dos años será el precio a pagar por asegurar una década más de historia.
Para Montmeló, no es un paso atrás, sino una forma inteligente de evolucionar para no desaparecer del mapa del motor.







