Este año se cumplen 50 años desde que una comisión oficial llegó por primera vez a Buritaca-200, más conocida como Teyuna–Ciudad Perdida, uno de los complejos arqueológicos más representativos del esplendor de la cultura tairona. Aquel grupo estaba liderado por los arqueólogos Luisa Fernanda Herrera y Gilberto Cadavid, junto al arquitecto y escritor Bernardo Valderrama y los guías Franky Rey y ‘el Negro’ Rodríguez. Junto a ellos iba también Lucía Rojas de Perdomo, arqueóloga que no pudo terminar la travesía por ampollas, pero que formó parte del equipo pionero.
La guaquería había saqueado el lugar y hasta se propuso repartir objetos de valor entre ‘partes interesadas’, pero esa alianza nunca prosperó. Hoy Ciudad Perdida es uno de los cinco parques arqueológicos administrados por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), adscrito al Ministerio de las Culturas, los Artes y los Saberes, y atrae a miles de turistas cada año. Pero, mientras Ciudad Perdida ha revelado mucho sobre la organización regional jerárquica en la Sierra Nevada de Santa Marta, el reciente descubrimiento de Betoma ha abierto un nuevo capítulo aún más ambicioso para la arqueología colombiana.
Betoma, una conurbación indígena de 18 km²
Desde 2019, el arqueólogo Daniel Rodríguez Osorio ha liderado un proyecto de documentación en la vertiente occidental, en la cuenca alta de la quebrada La Aguja, donde se ha identificado el mayor hallazgo arqueológico del siglo XXI en Colombia: Betoma. Se trata de una vasta y compleja red de poblados indígenas que, hasta ahora, cubre más de 18 kilómetros cuadrados de territorio tairona.
A diferencia de Ciudad Perdida, Betoma no es un centro monumentalizado en un solo núcleo, sino una conurbación interconectada. En palabras de Rodríguez, “Betoma no es una ciudad monumental concentrada en un solo núcleo, sino una conurbación: una extensa red de poblados interconectados, sin un centro primario aparente”. Esta configuración desafía las concepciones tradicionales sobre el urbanismo prehispánico en la región y exige replantear los modelos de poblamiento antiguos.
Aunque hablar de “descubrimiento” puede ser impreciso —pues las terrazas siempre fueron visibles para quienes han vivido allí—, solo ahora se han documentado con rigor científico. Fue un campesino local, Elver Enrique ‘Kike’ Osorio, quien orientó al equipo en las terrazas de la zona. Como él recuerda: “yo crecí caminando por esas murallas, así que sabía del altísimo potencial arqueológico de la vereda”.
Retomando antiguos indicios arqueológicos
La arqueóloga Luisa Fernanda Herrera, uno de los nombres clave detrás del reconocimiento arqueológico en los años setenta, señaló la parte baja de la quebrada La Aguja como un sector con relevancia potencial, aunque ese hallazgo no se desarrolló en su momento debido al enfoque institucional en Ciudad Perdida. Según documentos de esa época, se detectaron infraestructuras considerables que sugerían un alto nivel de planificación.
Décadas más tarde, el trabajo de Rodríguez permitió retomar y ampliar esas observaciones iniciales, especialmente en los sectores altos, donde se documentó una ocupación de enorme densidad. Allí se encontraron miles de terrazas que sugerían una población numerosa y una compleja organización espacial, posicionando a Betoma como un área arqueológica de enorme interés para entender el poblamiento prehispánico de la Sierra.
De 1.272 a 8.334 estructuras detectadas con tecnología Lidar
El proceso de documentación comenzó con recorridos pedestres no intrusivos en la cuenca alta de la quebrada La Aguja, donde se registraron inicialmente 1.272 terrazas. A estas se sumaron 678 más en la cuenca alta del río Frío, cifras que ya resultaban impresionantes.
El gran salto llegó en 2024 con el uso de la tecnología Lidar (Light Detection and Ranging), montada en drones para mapear en 3D estructuras ocultas bajo la vegetación. Gracias a este escaneo, el equipo documentó 8.334 estructuras líticas, revelando que muchos asentamientos completos habían sido pasados por alto. Como se ha observado, “lo que no se ve, tiende a desaparecer del relato”.
Un modelo de organización territorial sorprendente
Los estudios arqueológicos han mostrado que las terrazas de Betoma no se organizan alrededor de un centro monumental único, como ocurre con Ciudad Perdida. Más bien, se distribuyen de manera homogénea, enlazadas por una densa red de caminos que conectan poblados, terrazas y senderos en un territorio que se fue transformando durante siglos.
Este patrón sugiere un ordenamiento territorial distinto, menos jerárquico y más integrado, característico de un modelo de conurbación indígena que arroja nuevas hipótesis sobre la forma en que las sociedades taironas se estructuraron y relacionaron con su entorno.
Un megasitio con relevancia en escala continental
El interés de Betoma no se limita a Colombia. Para investigadores como Steve Kosiba, profesor de la Universidad de Texas en San Antonio, el sitio ofrece claves fundamentales para repensar el urbanismo antiguo en los trópicos. En palabras suyas: “Estamos frente a un tipo de megasitio poco comprendido: extensos sistemas de asentamientos conectados entre sí por caminos compartidos, pero sin un rey, cacique o jefe central”. Esta evidencia plantea importantes preguntas sobre sostenibilidad ambiental y organización social.
Comparado con otros grandes sitios prehispánicos de América —como Machu Picchu, Copán o incluso Teotihuacan y Tikal—, Betoma no es menor; es distinto y igualmente significativo. No se trata de una ciudad densa, sino de un paisaje urbano extendido que evolucionó durante siglos.
Trabajo colectivo, saber ancestral y futuro del sitio
El estudio de Betoma no habría sido posible sin el respaldo de instituciones tanto colombianas como internacionales, incluyendo la Wenner-Gren Foundation, Universidad de Texas, Dumbarton Oaks, Universidad Nacional de Colombia, Banco de la República y la Universidad del Norte, entre otros.
Pero también ha sido esencial el aporte de las comunidades campesinas indígenas y locales, que conocen el territorio desde generaciones y han acogido la investigación con generosidad. Como expone Daniel Rodríguez en referencia a estas comunidades, “serán ellas quienes forjen el futuro de Betoma”, pensando en cómo articular un turismo sostenible con la economía agropecuaria local.
La experiencia de Ciudad Perdida obliga a pensar con atención el futuro de Betoma. Más allá de su excepcional valor científico, Betoma representa una oportunidad histórica para construir formas responsables de relacionarnos con los sitios arqueológicos, integrando investigación, sostenibilidad y respeto por las formas de vida tradicionales.












