Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a situar a la RAE en el centro del debate público con un artículo publicado este lunes en El Mundo en el que lanza una de las críticas más severas que se recuerdan desde dentro de la institución. El novelista y académico denuncia lo que considera una deriva preocupante de la Real Academia Española, a la que acusa de haber renunciado a ejercer con firmeza su papel normativo y cultural, cediendo terreno ante el uso mediático, político y digital del idioma.
Pérez-Reverte, que ocupa el sillón T desde 2003, sostiene que la RAE ya no actúa con la “claridad, coherencia y autoridad” que evocaba su histórico lema, Limpia, fija y da esplendor. A su juicio, la institución ha optado por una posición cómoda y temerosa, en la que el prestigio intelectual queda relegado frente al ruido de tertulias, redes sociales y discursos oportunistas.
La crítica a una RAE menos normativa
En su reflexión, el escritor explica que el verbo limpiar, en el origen del lema académico, implicaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios. Sin embargo, considera que esa función se ha diluido. Según afirma, la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas, lo que genera tensiones internas que rara vez trascienden a la opinión pública.
Pérez-Reverte distingue dos visiones enfrentadas dentro de la RAE. Por un lado, un sector académico que defiende que la institución debe limitarse a registrar el uso real de la lengua. Por otro, un grupo donde abundan escritores y creadores que sostienen que registrar no equivale a limpiar. En este sentido, critica que la Academia acepte hoy construcciones que antes habría considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión externa.
La consecuencia, según el autor, es una pérdida progresiva de autoridad. “Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre”, escribe, alertando del cambio de jerarquías en la construcción del idioma.
El miedo a parecer elitista
Uno de los ejes centrales de la denuncia de Pérez-Reverte es lo que define como un “miedo general” instalado en la institución. A su juicio, la RAE evita pronunciarse con claridad para no ser acusada de elitista, conservadora o excluyente en un contexto cultural hipersensible. Como ejemplo, menciona que la Academia ha esquivado la propuesta de algunos académicos de realizar una declaración pública anual sobre el estado de la lengua española, no para imponer normas policiales, sino para ofrecer un balance claro y argumentado.
Esa renuncia a posicionarse con firmeza, sostiene, no es neutral. Implica, a su criterio, dejar un vacío que otros actores (medios de comunicación, redes sociales o discursos políticos) ocupan sin el rigor ni la responsabilidad que exige una lengua con siglos de tradición literaria y cultural.
“Una institución que no fija, duda”
Al analizar el segundo verbo del lema, fijar, Pérez-Reverte aclara que nunca se trató de congelar la lengua, sino de establecer consensos estables. En su opinión, la RAE se muestra hoy incómoda con esa idea, como evidencian las sucesivas reformas ortográficas. Para el académico, una institución que no fija acaba dudando, y una que duda deja de ser referencia.
El escritor lamenta que la Academia externalice parte de su función fijadora, dejándola en manos de medios de comunicación y redes sociales, que actúan como árbitros improvisados del idioma. Esa cesión, añade, no orienta hacia el buen uso, sino que lo desprecia, al situar en el mismo plano el rigor filológico y la repetición acrítica de errores.
El esplendor perdido de la lengua
En cuanto al tercer pilar del lema, dar esplendor, Pérez-Reverte recuerda que no se limita a pulir la ortografía o la gramática ni a elaborar un diccionario eficaz. Implica, sobre todo, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Desde su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a la idea de la lengua como patrimonio cultural compartido. A su juicio, esa ambición se ha ido diluyendo con el paso del tiempo.
El novelista considera que la sumisión de la RAE a las redes sociales deteriora su imagen y rebaja el criterio académico. “El rigor es negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez”, escribe, subrayando la gravedad de ese desplazamiento de autoridad.
Lenguaje inclusivo y silencio institucional
Otro de los puntos que aborda es la relación de la Academia con el debate político, especialmente en torno al llamado lenguaje inclusivo. Pérez-Reverte reconoce que la resistencia académica ha sido en ocasiones honorable, pero la considera insuficiente. A su entender, la RAE suele situarse entre el silencio administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie.
Esa prudencia, advierte, es interpretada como debilidad e incluso como cobardía. En un contexto de injerencia política, ignorancia y oportunismo lingüístico, la falta de una posición firme y argumentada mina la autoridad histórica de la institución.
La invisibilidad de las voces académicas
El escritor también alerta sobre la invisibilidad intelectual de muchos académicos actuales. Aunque reconoce la presencia de figuras brillantes entre los lingüistas y escritores, lamenta que sus voces públicas suenen aisladas y que la institución, como conjunto, no proyecte una voz sólida y prestigiosa en el debate cultural.
Para Pérez-Reverte, el problema de fondo es un desplazamiento silencioso de la principal fuente de autoridad de la RAE. Al otorgar más peso normativo a lo que se repite en medios mal escritos, tertulias descuidadas o redes sociales, la Academia relega la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que han trabajado la lengua con rigor.
Una advertencia sobre el futuro de la RAE
El diagnóstico final del académico es contundente. Mientras la RAE no tenga la valentía de señalar el error en lugar de certificarlo, y de sostener la autoridad superior de quienes mejor escribieron y escriben en español, corre el riesgo de convertirse en una institución útil pero traidora a sí misma. Una institución que llega tarde, cuando el daño ya está hecho.
En su conclusión, Pérez-Reverte lanza una advertencia que trasciende a la propia RAE: «una lengua que renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza acaba por renunciar también a su grandeza». Una reflexión que reabre el debate sobre el papel que debe desempeñar la Real Academia Española en un tiempo dominado por la inmediatez, la presión social y la confusión entre uso y norma.









