La sentencia firme contra el sacerdote Juan Manuel de Souza Iglesias, dictada por el Juzgado de lo Penal Nº 1 de Ibiza, revela una secuencia de abusos sexuales cometidos contra dos menores de edad en el entorno de la parroquia de San Pablo, donde el acusado ejercía como párroco y referente espiritual de la comunidad religiosa “Camino Neocatecumenal”, conocida como “Los Kikos”.
A pesar que el abusador fue condenado por dos casos, en la sentencia que obra en poder de La Voz de Ibiza la jueza también ha comprobado un tercer hecho, aunque ya se encuentra prescripto.
En tanto, en estos últimos años también han tomado estado público testimonios de otras víctimas que no han llegado a ser juzgados por la Justicia.
Abusos en la casa parroquial: dos víctimas, dos historias marcadas
Según los hechos probados en la sentencia 00210/2025 a la que tuvo acceso este medio, el primer caso ocurrió en el verano de 2005, cuando el sacerdote invitó a los padres de un niño de 12 años —miembros activos de la comunidad— a que su hijo pernoctara en la casa parroquial.
Esa noche, De Souza Iglesias le tocó el pene al menor por debajo de su ropa interior mientras se masturbaba frente a él.
Entre los hechos probados, la Justicia determinó que “el acusado, con ánimo libidinoso y aprovechando la situación de superioridad, respeto y confianza que tenía en él, le tocó el pene al menor, por debajo de su ropa interior, al tiempo que el acusado se masturbaba a sí mismo”.
El niño, al día siguiente, se negó a volver a quedarse con el sacerdote y cortó todo vínculo con él. La sentencia reconoce que el menor sufrió daños psicológicos y morales que afectaron su desarrollo personal.

El segundo caso, ocurrido entre 2009 y 2010, involucró a otro menor de 13 o 14 años, hijo de una madre viuda con siete hijos. El joven, que aspiraba a ordenarse sacerdote, fue invitado por De Souza Iglesias a dormir en la casa parroquial dos veces al mes.
Allí, según la sentencia, el sacerdote “con ánimo de satisfacer su apetito sexual y aprovechando la situación de autoridad moral que tenía sobre (el menor), le tocaba el pene a éste y a su vez colocaba la mano del menor en su pene para que le masturbara a él”.
Además, el acusado, “con igual ánimo libidinoso, exhibía al menor fotografías de mujeres desnudas, hechos que se encuentran prescritos”.
Ambos menores fueron indemnizados previamente, por lo que no se plantearon acciones civiles en esta instancia judicial. La jueza consideró probada la conducta abusiva del sacerdote, quien se valió de su posición de autoridad y confianza para cometer los delitos.
Durante el proceso, también se hizo referencia a un tercer menor, hermano de la primera víctima, quien relató hechos similares que habrían ocurrido en 1994, pero que no fueron juzgados por estar prescritos.

Otros testimonios
Otros testimonios recogidos en marzo de 2021 por El País refuerzan el patrón de conducta del sacerdote y revelan que los abusos se extendieron durante años.
Uno de los relatos más contundentes es el de Sergio Lleó, quien denunció públicamente haber sido víctima de De Souza Iglesias en 1996, cuando era monaguillo en la parroquia del Rosario.
“Me puso la mano encima de su pene, luego la quitó y la volvió a poner otras dos veces. Me fui corriendo y no volví más”, relató la víctima. Además, dijo que, tras contar lo sucedido a sus padres, no recibió apoyo.
“Souza era una de las personas con más poder en la diócesis de Ibiza, nadie quería dar el paso”, añadió. En ese momento, el cura oficiaba misa en varias parroquias de la comunidad católica Camino Neocatecumenal, conocida como “Los Kikos”.
Otro testimonio recogido por el mismo medio corresponde a una víctima que tenía 11 años cuando fue abusada en la casa del sacerdote: “Me puso la mano en las piernas, luego en la entrepierna y después por debajo de la ropa interior. Me quedé bloqueado en el momento, que duró un rato y no fue algo accidental, él sabía perfectamente lo que estaba haciendo”.
Un tercer hecho ocurrió en 1990. En este caso, Souza aprovechó su posición de tutor y profesor de religión en el instituto Blanca Dona de Ibiza.
La víctima era catequista y formaba parte de la comunidad de San Pablo. Un día, el sacerdote se ofreció a llevarlo a su casa porque su moto estaba averiada.
“Cuando íbamos por el camino, dejó la palanca de cambios y puso su mano en mi muslo sobando y buscando hacia la parte de los genitales. Esto fue hace 30 años, no sé si me llegó a tocar en los genitales o no porque yo mismo quise pensar que no había pasado. Cogí el volante, le miré con rabia y le hice parar. Salí corriendo del coche y me fui a casa andando”, relató a El País.
En los meses posteriores el hombre asegura que se fue alejando de la comunidad y el sacerdote se vengó bajándole las notas.
Tras 12 años de silencio, decidió contarle el hecho a otro sacerdote, que le insinuó que había malinterpretado la situación. “Mi familia le restó importancia, todo el mundo me dijo que los curas eran así, que me callara, que no pasaba nada”, lamentó.
Además, ha manifestado que, cuando los casos de abuso salieron a la luz, se puso a llorar “porque si me hubieran hecho caso hace años a otros no les habría pasado, a lo mejor lo habrían parado entonces. Siempre lo han estado tapando, tapando y tapando, ha habido hasta pintadas en la iglesia”.
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