La llegada de Super Mario Galaxy a la gran pantalla aterrizaba con el listón altísimo. Su predecesora no solo fue un fenómeno de taquilla, sino una pieza de culto instantáneo para la Generación Z, gracias a su estética vibrante y constantes guiños a la cultura pop.
Sin embargo, esta secuela parece haber cambiado la frescura y la capacidad de sorpresa por una fórmula basada en la acumulación de estímulos que, aunque potentes, se sienten algo vacíos.
La trama nos presenta a la Princesa Rosalinda y sus «destellos», cuya paz se ve truncada por el secuestro a manos de un colosal androide comandado por Bowser Junior; partir de ahí, la maquinaria de rescate se activa con el equipo habitual: Peach, Mario y Luigi, a quienes se une el esperado Yoshi para aportar el contrapunto cómico.
Un viaje visual sin brújula narrativa
Lo que sigue es un despliegue de escenarios galácticos que, si bien son visualmente espectaculares, carecen de una lógica narrativa sólida. La película se convierte en un «totum revolutum» de viajes espaciales que parecen diseñados únicamente para rellenar metraje, dejando la sensación de una aventura algo perdida en su propia inmensidad.
A pesar de esto, hay momentos donde la animación brilla con luz propia. Destaca especialmente una secuencia en un casino espacial con arquitectura que desafía la gravedad; una escena de combate que bebe directamente de la estética de Kill Bill y que supone uno de los puntos álgidos de la cinta. No obstante, la espectacularidad visual no logra tapar las carencias de un guion que se siente menos cohesionado que el anterior.
Creatividad bajo el control de la marca
Resulta llamativo el papel de Aaron Horvath en la dirección: conocido por la irreverencia y el humor surrealista de Teen Titans Go!, aquí parece verse encorsetado por el estricto control creativo de Nintendo. La sensación es la de un producto prefabricado donde el objetivo principal es maximizar la identificación con el videojuego y potenciar el merchandising, sacrificando por el camino el desarrollo de los personajes.
Incluso los protagonistas, Mario y Luigi, quedan desdibujados en una sucesión de escenas de acción y bromas rápidas de personajes secundarios que entran y salen de plano sin aportar peso real al relato.
Bowser: El auténtico MVP de la galaxia
Si hay algo que salva la función y aporta ese toque de «chispa» necesario, es nuevamente el personaje de Bowser. Con un humor más afilado que el resto del elenco, el villano vuelve a coronarse como el gran «robaescenas» del filme, ofreciendo los momentos más memorables dentro de una propuesta que, por lo demás, resulta demasiado edulcorada.
En definitiva, Super Mario Galaxy es un festín para los ojos que cumplirá con las expectativas de los fans del juego, pero que se queda un paso atrás como pieza cinematográfica, perdiendo ese espíritu gamberro que hizo grande a la primera entrega.












