El aeropuerto de Ibiza encadena récords de pasajeros, los hoteles llenan y presumen de números y el turista —dicen las estadísticas— gasta más que nunca. Y, sin embargo, hay restaurantes que cierran servicios porque no encuentran a quien ponga los platos y comerciantes de San Antonio que miran una calle vacía preguntándose dónde se ha metido toda esa gente. Juan Guasch Serra, presidente de la Cámara de Comercio de Ibiza y Formentera, no tiene cifras propias que resuelvan el enigma —«contamos con sensaciones, no con datos empíricos», admite— y de esa contradicción saca su primera conclusión de la temporada 2026: nadie se pone de acuerdo sobre si el comercio de la isla va bien o mal.
Guasch Serra (Ibiza, 1984), empresario vinculado al negocio familiar de alimentación, preside la Cámara desde junio de 2022, cuando relevó a Carlos Marí Mayans para el mandato 2022-2026 que ahora expira. Atiende a La Voz de Ibiza con la temporada ya avanzada, y lo hace sin rodeos a la hora de señalar quién paga la factura de este verano raro: el pequeño comercio, atrapado entre unos costes que no dejan de subir y un turista que apenas gasta fuera del hotel y la fiesta. «Es un sándwich difícil de manejar», avisa.
—Los grandes indicadores salen bien. ¿Por qué a usted no le cuadra el relato?
—Contamos con sensaciones, con declaraciones, con conversaciones; no con datos empíricos. Y como nos fiamos de lo que vemos con nuestros propios ojos, con nuestros negocios o con lo que nos cuentan otros, a veces hay visiones contradictorias. Salen estadísticas que dicen que el gasto del turista aumenta, que los hoteles mejoran su ocupación y sus ratios; luego hablas con un restaurante y te dice que tiene que cerrar algún servicio porque no encuentra gente para llenarlo. El propio hotel que va lleno te cuenta que ha batido el récord de comidas servidas en un bufé, y el aeropuerto, que tiene un récord de viajeros. Cada uno tiene su realidad, y no tiene por qué ser falsa. Pero no hay una línea común.
—¿En algo sí hay consenso?
—Sí, en que los presupuestos están cada vez más ajustados y en que las estancias son más cortas, lo cual genera mayores costes al hotelero. El turista viene muy enfocado a lo suyo: a un presupuesto de pernoctación y fiesta, o a lo mejor ni siquiera de pernoctación. El gasto en oferta complementaria se reduce cada vez más. Y a eso se suman los costes de mantener el negocio abierto: personal, completar plantillas, absentismo, subidas de materias primas, inflación.
—De todos esos costes, ¿cuál pesa hoy más?
—Es una combinación del coste de los insumos, las materias primas y los suministros con el coste inflacionado de la plantilla. Cualquier trabajador tiene más problemas de bolsillo, tiene que afrontar un coste de vida y, como es lógico, reclama mejoras.
El trabajador se subasta
—¿Tan difícil es hoy sostener un equipo?
—Como en Ibiza lo que no falta es trabajo, el trabajador tiene en su mano subastarse: si aquí no me suben, me subirán allá. Así que el empresario que quiere mantener su plantilla busca fórmulas de lo más inverosímiles para fidelizarla: le paga un alojamiento, le da una ayuda para el alquiler o le paga por un puesto un precio muy por encima del mercado, mucho más de lo que costaría ese mismo puesto en la península o en Mallorca.
—¿Y en qué desemboca todo eso?
—Para sostener el margen, el comerciante se ve obligado a subir sus precios de venta, y el turista llega a un punto en que ya no lo soporta y deja de comprar. Menos ingresos, y otra vez volvemos al círculo vicioso.
—¿Cómo se sale de ahí?
—No lo sé. Creo que nadie tiene la llave mágica.
—Cuando llegó a la presidencia dijo que no se podía desligar el comercio del turismo. ¿Sigue siendo cierto si el turista de hoy gasta menos?
—La pregunta es la contraria: ¿qué aliciente tiene la gente cuando viene a Ibiza? ¿Viene a comprar, a pasear o a otra cosa? La oferta complementaria se llama así por algo, porque no es la principal, y muchas veces pasa a ser secundaria también en la mente del propio usuario. Además hay una competencia perfectamente lícita, que es la comida preparada de las grandes superficies y los supermercados. Cada vez se cocina menos, y no solo en los restaurantes: también en casa. Lo que antes podía estar mal visto —comer un plato de supermercado— hoy se hace, aunque no seas turista. Lo mismo con los deliveries. Si estoy en una villa, o me contrato un chef privado si tengo dinero, o pido un delivery, o cargo la cesta en el supermercado. ¿Para qué voy a ir a un restaurante si mi paladar no tiene como aliciente probar la gastronomía local, o una tienda de tejidos, o la artesanía?
—¿Hay algún sector que sí esté haciendo caja?
—Según las estadísticas, a quien le va especialmente bien es a la construcción, tanto por obra pública como por obra privada o reforma. Al final se sigue construyendo, y les va bien porque todo lo que no está limitado en precio, lo que no es una VPO, sube de costes; y no hay tantas empresas grandes capaces de acometer esas construcciones o reformas. No diré que facturan lo que quieren, pero casi.
«Los hijos ya no quieren seguir»
—Más allá de los costes, ¿por qué baja tanta persiana?
—También incide la falta de relevo generacional. Hay infinidad de ejemplos: los hijos no quieren seguir, o no hay con quién, o no están dispuestos a pelear todo lo que pelearon sus padres. Muchos negocios sobreviven porque no tienen un espíritu de rendimiento económico al cien por cien. Es el dueño del restaurante, que además es el cocinero, y su mujer, que es la jefa de sala y la camarera. Trabajan con autosuficiencia y así se mantienen. Si eso mismo fuera un restaurante con un cocinero, una camarera y dos o tres personas contratadas, no sobreviviría. Y no es lo mismo tener el local en propiedad que pagar un alquiler. A veces se sobrevive por legado, por tradición o por lo que sea, con un beneficio mínimo. Pero eso, trasladado a las siguientes generaciones, ya no cuela.
—¿Y por qué cree que los hijos no quieren coger el testigo?
—En una casa se habla de todo, de lo bueno y de lo malo. Cuando alguien llega después de trabajar, se ven las caras, los bufidos, el «vaya día malo que he tenido», el no querer eso para tus hijos, el decirles «estudia otra cosa, que esto no es para ti». Eso pasa. Al final, los mensajes se transmiten, voluntaria e involuntariamente.
—Ante todo esto, ¿qué margen de maniobra tiene la Cámara?
—Estamos trabajando con el Ayuntamiento y con la Conselleria de Comercio, sobre todo para fomentar el comercio local, porque ahí hay un problema competencial claro, que es el comercio online. Por eso hacemos campañas de «conoce tu barrio», «paséate por el barrio», bonos e incluso concursos por compras locales. Y estamos muy a favor, lo hemos declarado así, del proyecto de reforma del mercado nuevo. Creemos que puede ser beneficioso para el comerciante, para el tenderete del mercado, siempre que se respeten ciertas cosas a nivel técnico, porque se habla de soterramientos y de molestias para el vecindario. Nosotros somos Cámara de Comercio, no entramos en aspectos técnicos, arquitectónicos ni de urbanismo, pero también somos ciudadanos y como tales nos preocupa.
—¿Habla solo del Ayuntamiento de Ibiza?
—Sobre todo del de Ibiza, y tiene su explicación, que enlaza con esa discrepancia de realidades. Cualquiera que pasee por Ibiza centro, por Vara de Rey o por el puerto, ve gente. ¿Gastará más o menos? Eso es otra cosa. Pero si hablas con comerciantes de la zona de San Antonio te dicen que no se ve a nadie por la calle. Estarán en las playas, en los beach clubs, en los centros de ocio, pero por la calle no hay actividad. Y tú les dices: si no hay gente, ¿cómo es que el aeropuerto va de récords? ¿Dónde está la gente? No lo sé, pero por la calle no está.
Coches, cruceros y saturación
—Sobre la saturación, ¿qué posición tienen con la limitación de vehículos?
—Sobre la limitación de vehículos no nos hemos pronunciado oficialmente, aunque la vemos bien; siempre dijimos que el problema es cómo se hace. Ponemos el foco en la saturación de vehículos, pero puede haber otros problemas.
—¿Y con los cruceros?
—En su momento sí nos posicionamos a favor de estudiar una limitación a dos cruceros atracados a la vez en el puerto de Ibiza. Luego lo matizamos, porque no es lo mismo dos cruceros de 5.000 personas cada uno que tres de 3.000: tres de 3.000 siguen siendo menos personas que dos de 5.000. Nos parece bien la medida como filosofía —ver cuántos cruceros atracan a la vez—, pero no nos cerramos a un número concreto, porque lo que hay que mirar no es la embarcación en sí, ni el número, sino también si mantiene los motores encendidos vertiendo combustible o usa una energía más limpia. Y la saturación de personas: si llego como crucerista y espero dos horas para coger un taxi hasta la ciudad, no me llevo una buena impresión.
—¿Y coordinar mejor las llegadas para repartir a los cruceristas y que gasten más?
—Muchos se toman la ciudad como un museo, lo cual está bien, porque pasean. Pero aquí, como Cámara de Comercio, no tenemos datos ni una declaración institucional que hacer.
«Sobrevivir», el gran reto
—Desde que llegó a la presidencia, ¿cuál diría que ha sido el gran logro?
—Lograr sobrevivir. Lo he dicho muchas veces y lo repito. La Cámara de Comercio es la única entidad de Ibiza y Formentera que no cobra cuotas a sus socios; de hecho, no tiene asociados. Cualquier empresa o autónomo puede pertenecer a ella o ser ayudado, porque no es un club ni una asociación por la que se pague una cuota, como sí hacen otras patronales privadas o sectoriales. No somos una patronal: somos una institución tutelada por un ente público. Esa cuota cameral se eliminó en tiempos de Zapatero, hace ya muchos años, así que la única forma de ingresar es mediante proyectos o encomiendas de instituciones públicas. Teníamos un grave problema estructural de mantenimiento: costes de personal, alquileres, gastos. Hemos conseguido cerrar con el Consell y con el Govern balear una serie de subvenciones solo para sostener la estructura, al personal y la Cámara con vida.
—¿Y con esa base ya asegurada, qué hacen?
—A partir de ahí sí tenemos capacidad para mantener al equipo trabajando —técnicos de comercio e informáticos, con proyectos de digitalización en marcha— y dar soporte a empresarios, autónomos, emprendedores y mujeres emprendedoras. Hay infinidad de proyectos que se pueden consultar en nuestra web, además de encomiendas que un ayuntamiento o el Consell no pueden asumir por saturación de sus propios medios.
—¿Y los retos que vienen?
—Hacer la Cámara más conocida de puertas afuera. Hasta ahora hemos peleado demasiado de puertas adentro, por pura supervivencia. Desde la Cámara hemos impulsado asociaciones paralelas, como la de afectados por el nuevo reglamento de costas o una pequeña asociación de empresas familiares, con la que buscamos dar continuidad y que los negocios sigan durante generaciones. Es el problema que comentaba antes.
—Su mandato 2022-2026 termina este año. ¿Se presentará a la reelección?
—De momento, sin comentarios hasta que no se presenten oficialmente las candidaturas.











