El sector del alquiler náutico de Ibiza ha dado por perdido el verano antes de que termine. La patronal cifra la caída de la actividad en una horquilla de entre el 20 % y el 30 % respecto a un ejercicio que ya venía tocado. Pero la fotografía, según los operadores consultados por este diario, no es uniforme: el retroceso se concentra en el segmento de tarifas más bajas, mientras las embarcaciones de gama alta resisten. Y las causas, coinciden las empresas, van más allá de una mala racha puntual.
El presidente de la Asociación de Náutica de Ibiza y Formentera, integrada en Pimeef, Ramón van der Hooft, viene describiendo desde comienzos de julio una temporada «muy negativa». En sus recientes intervenciones ha situado el descenso de la actividad en esa franja del 20 % al 30 %, que se sumaría —según él mismo recordó— a la caída del 15 % ya registrada el pasado verano. La actividad, advierte, ha quedado muy por debajo de las previsiones iniciales, hasta el punto de que algunas empresas podrían cerrar el verano sin llegar a cubrir sus costes. La crisis no es nueva, pero se agudiza.
En su relato, el arranque de temporada estuvo marcado por el mal tiempo de abril y mayo. A partir de ahí, el sector confiaba en captar un turismo «prestado» de alto poder adquisitivo al calor de la inestabilidad internacional —el conflicto en Oriente Próximo, entre otros factores—, un desvío de visitantes hacia Baleares que finalmente no se produjo. Tampoco la baza del turismo de lujo ha terminado de salvar los números, lastrada este año por la celebración del Mundial de fútbol.
A ese contexto se suma un cambio en los hábitos del visitante. En declaraciones a Onda Cero, Van der Hooft apunta a una estancia media que ronda actualmente los 3,8 días y que concentra la demanda en el fin de semana, con puertos «prácticamente vacíos» durante buena parte del resto de la semana. El turista, además, llega con el presupuesto ya comprometido en transporte, alojamiento y ocio nocturno, de modo que la oferta náutica queda relegada a la última de las prioridades.
Sobre esa demanda debilitada pesan, por último, unos costes al alza. El presidente de la asociación insiste en un problema que el sector arrastra desde hace años: la falta de amarres, que encarece el mantenimiento de las embarcaciones, a la que se añade una escasez de personal que obliga a ofrecer contratos estables para poder cubrir las plantillas. El balance definitivo, sostiene, habrá que hacerlo al terminar el verano.
No todos caen por igual
El diagnóstico de fondo lo comparten las empresas, pero el detalle lo matiza. Dos compañías de alquiler náutico de la isla, que prefieren no ser identificadas, aportan a este diario una lectura menos uniforme de la temporada.
Un segundo operador coincide «en todo» con la valoración de la patronal, aunque su propia situación es mejor de lo que sugiere el titular: mantiene un nivel de reservas por encima del año pasado y equiparable al de 2024. La advertencia es que ni 2024 ni el verano anterior fueron buenos años para el chárter. «Los números serán malos», resume. Agosto sumará más salidas, admite, pero «el daño ya está hecho»: con un mayo, junio y julio tan flojos, considera imposible salvar el conjunto de la temporada aunque el mes central se llene, algo que da por dudoso. Las medidas para el próximo verano, añade, tendrán que analizarse en invierno, con todos los datos sobre la mesa.
Otra empresa consultada introduce el matiz más revelador. Su temporada, explica, se mantiene «similar a la del año pasado, que fue bastante bueno»: ni sube ni baja. Recuerda, además, que en los ejercicios en que otras firmas denunciaban descensos porcentuales, su negocio crecía en esa misma proporción. La percepción, reconoce, es que la mayoría del sector se queja de ir a peor. Su explicación apunta directamente al bolsillo del cliente: la isla ha alcanzado unos precios «bastante altos» y el público de presupuesto medio y bajo, sostiene, ya no puede permitírsela.
Ahí está, para este empresario, la clave de la caída. Las firmas que más acusan el bajón son las que operan con barcos de ticket más económico. «El público que se permitía un barco de unos 800 euros ya no viene», resume. En un mercado que este operador divide en franjas que arrancan en los 600-1.200 euros por jornada y escalan hasta más de 10.000, es precisamente el tramo inferior el que se está quedando sin clientela, mientras la gama alta encuentra acomodo.
El resultado es un sector que se resiente de forma desigual y que apunta a factores de fondo —amarres, costes crecientes y un nivel de precios que expulsa al visitante de menor poder adquisitivo— más allá de la coyuntura de un verano concreto. La foto completa, en cualquier caso, tendrá que esperar al balance de otoño.










