TENIS

Carlos Alcaraz desafía al límite físico y firma en Melbourne la noche que cambia su historia

Entre calambres, rampas y casi cinco horas y media de batalla, el murciano supera a Zverev y alcanza por primera vez la final del Open de Australia

Carlos Alcaraz pasa a la final del Grand Open de Australia
Carlos Alcaraz pasa a la final del Grand Open de Australia

Carlos Alcaraz ya está en la final del Open de Australia. Lo ha hecho por primera vez, y lo ha hecho a su manera: empujando los límites del cuerpo, la cabeza y el propio guion del tenis moderno. En la Rod Laver Arena de Melbourne, ante unas 15.000 personas incrédulas, el número uno del mundo remontó, resistió y finalmente doblegó a Alexander Zverev en un duelo de 5 horas y 27 minutos que quedará marcado como uno de los partidos más exigentes y simbólicos de su todavía corta carrera.

El marcador final —6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4) y 7-5— solo cuenta una parte de la historia. La otra, más profunda, se explica desde la fe, el sufrimiento y la capacidad del español para levantarse incluso cuando el cuerpo amenaza con decir basta.

Creer cuando todo tiembla

Nada más cerrar el partido, Alcaraz señaló a la grada con el dedo, todavía jadeante. Jim Courier, micrófono en mano, le lanzó la pregunta inevitable: ¿cómo lo había hecho? La respuesta fue tan simple como reveladora: “Believing. Believing all the time”. Creer. Creer siempre.

Ese credo resume la diferencia entre ambos protagonistas. Alexander Zverev, quijotesco y persistente, volvió a quedarse a las puertas de su gran objetivo. A punto de cumplir 29 años, el alemán chocó una vez más contra ese muro invisible que aparece cuando el premio mayor está al alcance de la mano. Alcaraz, en cambio, jugó como si la presión no existiera, como si la final fuese una consecuencia natural del camino.

El partido más duro de su carrera

El propio Alcaraz lo reconoció después del encuentro: “Diría que este es uno de los partidos más exigentes que he jugado en mi, voy a decir, todavía corta carrera”. Y no exageraba. Tras dos sets de enorme nivel, el físico empezó a traicionarle mediado el tercero. Calambres, rampas y una sensación de agotamiento total convirtieron el partido en una lucha contra sí mismo.

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A partir de ahí, llegó lo crudo. El dolor. Las espinas. El murciano pasó de dominar con autoridad a sobrevivir punto a punto, casi andando, buscando ángulos, acortando intercambios y ganando tiempo. Cada juego era una negociación con el cuerpo.

Zverev, otra vez al borde

Mientras Alcaraz sufría, Zverev olía sangre. El alemán supo aprovechar ese momento para regresar al partido, forzando los desempates del tercer y cuarto set. El público asistía a un giro inesperado, alimentado por la fragilidad física del español y la oportunidad que se abría para su rival.

En el quinto set, Zverev llegó a mandar: 3-1, 4-2, 5-3… incluso sirvió para ganar. Pero entonces llegó esa hora que separa a los valientes de los que dudan. El brazo se agarrotó, la mente se encogió y Alcaraz, aun tocado, desplegó esa inmensidad competitiva que le define. Break para el 5-5 y, después, la sentencia: una derecha en carrera que puso el broche a una noche irrepetible.

Calambres, polémica y supervivencia

El momento más tenso llegó con el 4-4 del tercer set. Alcaraz pidió la asistencia del fisioterapeuta tras sufrir calambres en el aductor derecho. Zverev estalló. “¡Esto es una jodida mierda!”, gritó en inglés, cuestionando la aplicación del reglamento. Las protestas continuaron, pero la atención siguió en la pista.

Desde ese instante, Alcaraz jugó casi sin poder esprintar ni sacar con normalidad. Bebió jugo de pepinillos, tomó barritas energéticas y escuchó una y otra vez las indicaciones de su entrenador: respirar, aguantar, creer. No podía dominar, pero sí resistir. Y eso bastó.

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La épica como territorio propio

Zverev nunca terminó de entender cómo gestionar a un rival herido que, aun así, seguía encontrando soluciones. Cortados, dejadas, ángulos imposibles, invocaciones a la grada… Alcaraz fue recomponiéndose poco a poco. Ganando confianza. Recuperando chispa.

El alemán, mientras tanto, se perdía en protestas, desconfianza y gestos de frustración. Se sabía condenado. Ya le había pasado antes. Contra Nadal, contra los grandes. Y ahora, contra el heredero.

Melbourne ya tiene finalista

Cuando la pelota final se fue larga y el marcador se cerró, la Rod Laver Arena explotó. Carlos Alcaraz ya es finalista del Open de Australia. El domingo, a las 9:30, buscará el título ante Jannik Sinner o Novak Djokovic. Pero pase lo que pase, algo ya ha cambiado.

Melbourne ha sido testigo de la noche en la que Alcaraz demostró que no solo gana con talento, sino también con sufrimiento. Que sabe levantarse cuando el cuerpo flaquea. Que creer, creer siempre, no es una frase hecha, sino una forma de competir.

Y que su historia, en Australia, acaba de empezar.

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