El viernes 17 de julio de 2026 la comisaría de Ibiza vivirá, si no lo ha vivido ya, un momento histórico. El hasta entonces comisario, Manuel Hernández Núñez (Mijares, Ávila, 1961), entrega la placa y las dos armas reglamentarias y la acreditación y pasa a ser un ex policía, un nuevo jubilado, en su caso a la fuerza por la obligación de abandonar el cuerpo al cumplir 65 años. Una pérdida para el sistema que tanta experiencia se desaproveche por una normativa estúpida, como tantas otras.
Nos recibe algunas horas antes en su todavía despacho, del que todavía no ha recogido todas sus pertenencias. Normal cuando ha sido su segundo hogar durante los últimos ocho años y medio.
Hernández Núñez es hijo del Valle del Tiétar, la comarca que llaman «la Andalucía de Ávila». Se estrenó como policía en 1980 y se hizo inspector en un distrito de Barcelona en 1982, en plena transición: heroína, atracos con rehenes a bancos, una comisaría inmunda, en la que había que ir con cuidado para evitar que los cascotes que se desprendía a diario de la fachada le cayera sobre la cabeza. Una época dura.
Fueron seis años hasta que se hizo profesor de la Escuela Nacional de Policía en Ávila, donde enseñó Ética y Sociología a varias generaciones de agentes, y en 2013 participó en la elaboración del Código Ético de la Policía Nacional.
Como no solo de pan vive el hombre, no solo le dio tiempo de formar agentes en Ávila, su tierra. Allí conoció curiosamente a su mujer y la razón por la que arribó a Ibiza hace algo más de 10 años. Se instaló en la isla en febrero de 2016, primero como jefe de la Brigada de Policía Judicial y en diciembre de 2017 tomó posesión como comisario jefe de la Policía Nacional de Ibiza, cargo que ocupa desde entonces. Fue el cuarto comisario de Ibiza en ocho años y ha terminado siendo, con diferencia, el más estable: ocho años y medio al frente, una permanencia que reivindica como beneficiosa para la comisaría.
No se retira del todo. Compatibilizará la pensión con actividades de formación y seguirá dando clase allí donde quieran contar con él, en el ámbito de los derechos humanos y la ética policial. Mantendrá el vínculo con la Escuela Nacional de Policía —ahora imparte un máster en Derechos Humanos e Igualdad— como profesor de una asignatura.

La Escuela de Policía: un legado
— Repasando su trayectoria, vemos de alguna manera a uno de los padres de la actual policía, ya que su formación está detrás de cada policía que ha salido de la Academia desde 1988, tanto si fue alumno directo suyo como si solo recibió contenido elaborado por usted.
— Dejé un legado en el cuerpo, en forma de temario. Estuve 26 años en la escuela. Cuando empecé salían 500 policías al año. Pero luego han llegado a salir casi 6.000 policías en un año. Estaba todo por hacer y para elaborar el currículum y los manuales hemos contado con la colaboración de la Universidad de Salamanca.
Estos materiales han servido para formar a toda la generación de policías que tenemos desde la ley de 1986.
Piense que estábamos en transición. Los manuales que existían los había escrito, a veces, un sacerdote o alguien que veía la institución desde fuera. Tenga en cuenta que los dos primeros códigos éticos policiales del mundo se elaboraron en 1979: el de Naciones Unidas, para funcionarios encargados de hacer cumplir la ley —así se llama el primero—, y el del Consejo de Europa, la Declaración sobre la Policía. A partir de ahí ya hay una base normativa internacional. En España, el primero se elaboró en septiembre de 1981, pocos meses después del golpe de Estado frustrado. La carta de naturaleza llegó con la Ley Orgánica 2/1986, por la que se rigen los cuerpos de seguridad. Su artículo 5, el de los principios básicos de actuación, es el código ético aplicable a todas las instituciones policiales del país; luego cada una tiene su normativa. Después elaboramos un código ético para la Policía Nacional, en 2013, en cuya redacción participé directamente.
En 1988 ya teníamos material: los principios básicos de actuación y una introducción a los derechos humanos. La Declaración Universal es básica, pero también las anteriores, como la Declaración francesa o la de Independencia americana, donde los derechos se reconocen aún de forma muy individualizada; y a partir de 1948, ya a escala universal, con todos los textos que se han ido desarrollando. Ahí tienes un corpus serio.
Cuando yo ingresé, todo eso se estaba construyendo y no había especialistas dentro de la policía, así que se hablaba más por intuición, un poco como la cartilla de la Guardia Civil, que es de mediados del siglo XIX. En esa cartilla se le indica al agente cómo debe comportarse, presentarse y tratar a los compañeros, a los superiores y a los ciudadanos. ¿A usted no le han leído nunca la cartilla de pequeño? Porque leerle a alguien la cartilla es, simbólicamente, recordarle lo que debe hacer y, sobre todo, lo que no; tiene que ver con eso, aunque eran cosas muy decimonónicas.
— Faltaba esa mirada desde la filosofía y la historia para formar a un policía moderno y democrático.
— Exacto.
— Defíname qué es la ética para un policía o qué es un policía ético.
— Un policía íntegro y comprometido, que trabaja en equipo y que tiene claro que presta un servicio público idéntico para cualquier ciudadano, sin ningún tipo de discriminación. Su función es resolver problemas y conseguir que cualquier persona, en una sociedad multicultural y multiétnica, lo considere su policía. Ese es un criterio ético fundamental. Luego tenemos el código ético y los principios básicos de actuación de la ley orgánica, que nos sirven para tomar decisiones y orientar nuestra conducta.
El estado del cuerpo
— Con la libertad que da la jubilación: del uno al diez, ¿cómo está el cuerpo en el cumplimiento de esos principios? Hay casos escandalosos, como el inspector de Madrid de los veinte millones de euros o el caso de Palma.
— En líneas generales, creo que hemos mejorado muchísimo. Acabo de recibir en comisaría a muchos policías nuevos y alumnos en prácticas, casi cien personas este mes. La consideración del policía como profesional se afianza cada vez más, y en esa profesionalidad el aspecto ético es fundamental, junto al técnico y el jurídico. Todo ello da tranquilidad y confianza al funcionario, que sabe que la base de su legitimidad, la confianza con que lo miran los ciudadanos, viene de aplicar bien esos criterios y los protocolos. Tengo la perspectiva de casi 46 años, y la mejora es impresionante: comparando la policía en la que ingresé con la que voy a dejar, no le diría un diez, le diría que estamos por encima del diez. Salvando, claro, situaciones particulares, ovejas negras, que las hay en todos los sitios.
— La profesión, en cierto modo, invita a que las haya, todo el día rodeado de delincuentes y corruptelas.
— Todo el mundo ha visto cine y leído novelas, y sabe que esas conductas inadecuadas o corruptas existen. Hay que tener la precaución de no dejarse embaucar ni llevar a situaciones sin vuelta atrás. Por eso los procedimientos son cada vez más cuidadosos. Importan la formación y la dignificación de la profesión, hoy mucho más reconocida socialmente, y la gente lo valora. Eso nos hace más transparentes y más capaces de rendir cuentas. Y quienes ocupamos o hemos ocupado cargos de responsabilidad debemos dar más ejemplo, porque eso fluye hacia abajo y hacia los nuevos ingresos. No lo digo como un deseo, sino como una realidad: el 98 o el 99 % de los profesionales que conozco son gente completamente íntegra.
La jubilación
— 46 años de policía y adiós muy buenas. ¿Cómo se siente? Debe de ser tremenda la emoción…
— Lo vivo con una pequeña contradicción. Cumplo 65 años y me voy por obligación legal: no tenemos opción. Me hubiera gustado poder elegir, porque me encuentro bien de salud y probablemente me habría quedado una temporada. Pero no me dan a elegir, me tengo que ir. Lo bueno es que me marcho con la tranquilidad de haber hecho un buen trabajo, muy a gusto y con un equipo tremendamente profesional. Ahora tendré más tiempo, pero no dejaré de hacer cosas, porque soy bastante activo.
— Oírle me reconforta porque la verdad es que me da pena la gente que tiene tantas ganas de jubilarse, que prefiere dejar de trabajar un par de años antes aun perdiendo un 10 o un 15 % del importe de la pensión…
— Entiendo que quien trabaja en la obra quiera jubilarse, porque es un trabajo físico. Yo he tenido etapas muy distintas: años de investigación en la policía judicial de Barcelona, después de profesor, luego actividades internacionales —como asesor, organizando conferencias, incluso elaborando códigos éticos en otros países—, siempre en torno a la ética policial. Y estos últimos diez años en Ibiza, en primera línea. Como comisario haces sobre todo gestión y relaciones institucionales, pero también diriges la comisaría. Hay tantos retos interesantes que me fastidia un poco perdérmelos, aunque ya los he disfrutado.
— ¿Le ha pasado factura tanta responsabilidad? A veces la procesión va por dentro…
— Me encuentro bien de salud. Puede que la tensión suba sin darte cuenta, pero aparentemente estoy bien y no me ha pasado demasiada factura psicológica ni de estrés.
— La cara es el espejo del alma, y se le ve bien. Se cuida, hace deporte, y he leído que también practica yoga.
— Sí, cosas que ayudan a mantener el equilibrio.
Barcelona, los inicios
— ¿Qué recuerda de su primer día como policía en Barcelona?
— Una institución que no tiene nada que ver con la actual. Lo primero que recuerdo son los medios: la comisaría donde me destinaron estaba en un edificio que literalmente se caía. Aquel edificio reflejaba cómo se percibía entonces a la policía.
— La época de los grises…
— Nosotros no íbamos uniformados. Los grises, entonces ya marrones, eran de la Policía Nacional, la antigua Policía Armada. Yo ingresé en el Cuerpo Superior de Policía, que era civil y de paisano. En 1986, con la ley orgánica, se unificaron la Policía Nacional y el Cuerpo Superior de Policía en el Cuerpo Nacional de Policía. En mi trabajo en Ávila, además de Sociología y Ética, incorporábamos algo de historia, porque ayuda a comprenderlo todo mejor.
— ¿Y qué recuerda de la sociedad de entonces?
— La sociedad de 1982 fue tremendamente receptiva. De 1982 a 1988 me sentí muy bien tratado, muy querido y apoyado en Barcelona, allá donde íbamos. Trabajábamos de paisano, en investigaciones de todo tipo. La sociedad nos trató muy bien; me sentí perfectamente integrado en la sociedad catalana. Nunca tuve el menor problema con que se hablara otro idioma. Hubo quien se lo tomó como algo negativo, pero yo vine encantado de Barcelona; el trabajo era muy interesante.
— ¿La delincuencia era mayor entonces?
— La transición tenía unos índices delincuenciales seguramente más altos que los de ahora. No sé cómo está Barcelona ahora, en Ibiza hemos conseguido mantener o reducir las tasas de infracciones penales. Mantenemos niveles bastante buenos. En aquella época había que acoplar las normas y a las personas, y estaban la heroína y el chabolismo. Había muchos atracos a bancos con rehenes. Tuve que intervenir bastantes veces.
— ¿Participó en el famoso atraco al Banco Central?
— El del Banco Central no me pilló en mi distrito, pero sí otros atracos importantes en mi zona, con rehenes y tiroteos. Fue una época complicada.
Lo que enseña el oficio
— ¿Qué ha aprendido del ser humano tras 46 años de policía?
— Que somos capaces de lo mejor y de lo peor. Me he encontrado con situaciones durísimas, con gente a la que le han pasado cosas terribles, y también con una capacidad de solidaridad y empatía impresionante. En mi primera etapa vi muchos suicidios. Muchos de chicos jóvenes, algunos homicidios. Te das cuenta de lo compleja que es la vida y de lo afortunados que somos quienes nos criamos en entornos con cariño y una estructura familiar más o menos organizada —la que sea—.
— ¿Recuerda algún caso especialmente dramático?
— De aquella época de Barcelona hubo muchos, porque detuvimos a bastante gente que cometía atracos a mano armada en establecimientos y bancos. Había quien atracaba por la droga y quien era atracador profesional.
Me marcó mucho un caso de venta de drogas: conseguimos entrar en una masía de la zona de Martorell donde se vendía droga y detuvimos a los vendedores. Mientras evacuábamos a los detenidos, seguía llegando gente a comprar. Como éramos pocos (policías), íbamos hablando con ellos y los convencimos para que fueran al pueblo más cercano, a dos kilómetros, a declarar ante el ayuntamiento y la policía local que compraban allí a diario. Lo que querían era que les ayudáramos a salir de aquello. La gente se engancha, pero sigue buscando una salida. Eran chicos jóvenes, de la edad de los compradores. Aquella mañana desfilaron con nosotros veinte personas a declarar que compraban allí heroína todos los días. Eso es demoledor para una causa: con toda esa información al juzgado. Y pedían que les ayudáramos a entrar en un centro de desintoxicación. Me impactó mucho y todavía me impacta. Lo cuento en clase, porque tendemos a estereotipar. Hay que acercarse a la gente y ofrecerle alternativas.
La delincuencia en Ibiza
— Vamos con una pregunta de manual: ¿cómo ha cambiado la delincuencia en Ibiza desde que llegó?
— En estos ocho años, no demasiado. Las infracciones penales se mantienen en niveles bastante aceptables. Hay que contar también con la percepción de seguridad de los ciudadanos, que va por barrios y momentos: si a alguien le ocurre algo, enseguida cunde la sensación de que estamos muy mal, y si pasan dos años sin incidentes, la gente se tranquiliza. Es el llamado miedo difuso, subjetivo. Hemos bajado bastante los robos con fuerza, con trabajo de investigación y prevención, y también los robos con violencia. El de relojes de alta gama se sigue produciendo, aunque con muy buenos resultados, incluso en operaciones conjuntas con la policía italiana y Europol. Hemos tenido bajadas espectaculares respecto a hace cuatro o cinco años, al menos en el término de Ibiza, que es la demarcación de la Policía Nacional.
— ¿Y la droga?
— Tramitamos cada vez más detenciones y denuncias por venta de droga; el menudeo está ahí. Pero también hemos hecho operaciones importantes estos dos últimos años a nivel de Baleares, con la Guardia Civil y Vigilancia Aduanera, con muy buenos resultados: mucha droga incautada y grupos organizados desarticulados que operaban aquí, incluso con gente de la isla. Los robos con fuerza en cajas de caudales de hoteles, que sonaban mucho cuando llegué, se han controlado bastante, con investigación que ha llevado a prisión a los autores. En cuanto a los grupos organizados, se detiene a fugitivos por órdenes internacionales y europeas; ahora mismo, por ejemplo, hay un norteamericano detenido con una orden internacional. En Ibiza hay gente de todo, y casi todos los años tenemos cuatro o cinco detenciones importantes de personas muy conocidas en el ámbito delincuencial. Pero eso no significa que haya más inseguridad en la calle.
— ¿Cómo ha cambiado la criminalidad?
— Ha cambiado mucho, pero más por vía telemática que en la calle. Las estafas —de alquiler, de viajes, de compras por internet— son de lo que más ha crecido. Llevamos también un par de años con descenso de hurtos. Insistimos siempre en que la gente denuncie: si denuncian, tenemos el dato para saber dónde, cuándo y cómo actúa el delincuente; si no, no lo tenemos. Que bajen las denuncias es también señal de que hay menos casos, y han bajado los hurtos. En la calle da la sensación de que hay menos delitos del día a día, pero en internet hay que tomar muchas precauciones. A través de Participación Ciudadana y de los grupos especializados lanzamos recomendaciones cada cierto tiempo. Ahora tenemos en marcha el plan Comercio Seguro y el plan Turismo Seguro, con recomendaciones a hoteles y turistas. No es generar alarma: es como en el aeropuerto, cuando recuerdan que no dejes tus pertenencias abandonadas. Significa estar pendiente de tus cosas.
— ¿Es Ibiza un sitio ideal para esconderse?
— Una gran ciudad lo pone aún más fácil. Ibiza es una isla pequeña, con una presión demográfica importante y muchísimo construido. Se pueden dar las circunstancias, pero hay sitios mejores. Yo me escondería en otro lado. Vivir en Ibiza es muy atractivo.
— ¿No hay riesgo de que se instalen en la isla grupos del crimen organizado?
— Creo que no, precisamente por las características de la isla. Para eso estamos: con investigación y prevención, cuando detectamos el asentamiento de un grupo —y cada vez trabajamos más a nivel internacional—, nos llega la información y actuamos. Cualquier grupo que pretenda instalarse aquí acabará detectado.
— ¿Es una leyenda urbana el blanqueo de capitales o una realidad?
— Hemos hecho algún trabajo y algunas detenciones, pero son investigaciones de gran complejidad que requieren sobre todo a los organismos centrales. Nosotros detectamos determinadas situaciones, pero ellos tienen más especialistas y mejores medios para hacer el seguimiento.
El debate de las drogas
— Por su formación y su profesión, ¿se ha planteado si hay que legalizar las drogas?
— En los años noventa, en clase, debatíamos de todo. En aquella época se hablaba también, por ejemplo, de la homosexualidad en los cuerpos de seguridad, algo que hoy es normalidad. La legalización de la droga como tal nunca la planteé, pero sí el debate sobre determinados tipos, como la marihuana. Por lo que estamos viendo, las drogas deben estar prohibidas. Cada vez lo tengo más claro. Hay drogas reguladas, como el alcohol, que siguen siendo catastróficas. La droga va muy asociada a la personalidad: afecta más a unas personas que a otras, hay quien es mucho más sensible. Cosas que históricamente se veían como normales —hasta Conan Doyle, con Sherlock Holmes, hablaba de la morfina con cierta naturalidad en determinadas clases sociales— hoy están estigmatizadas por sus consecuencias. Es un asunto tremendamente complejo. Por otra parte, la prohibición es precisamente lo que permite que los cárteles manejen tantísimo dinero, sin impuestos ni regulación, hasta controlar gobiernos y países fallidos.
— ¿No está a favor de la legalización?
— No. En su momento podíamos haber debatido, cuando conocíamos menos, pero mi punto de vista ha evolucionado. Asumía el debate para informarnos, sin estar a favor ni en contra; ahora ni siquiera veo el debate. Igual que hicimos con la pena de muerte, que trabajábamos mucho en clase: hoy es una conquista consolidada en Europa, donde la vida vale más que en otras sociedades en las que la pena de muerte existe y la vida no vale nada. Si sirviera de algo, algo habríamos aprendido. Con la droga, que esté penalizada hace que mucha gente se lo piense y no entre; y cuanta menos gente entra en contacto, menos posibilidades de caer en la dependencia, que agrava la vida de cualquiera.
— En un documental sobre «el Sapo» —un delincuente que dice haber movido mucho hachís desde Ibiza y que fue autor de un famoso robo a un banco en Yecla—, afirmaba que España es el peor país para delinquir. Decía que en un coche camuflado puede haber dos licenciados en cualquier disciplina que además son policías, muy bien formados y muy bien dotados tecnológicamente.
— Es un piropo. Lo importante no es criminalizar, sino hacer nuestro trabajo: a uno se le detiene por hurtos, a otro por venta de droga, cada caso con su procedimiento e investigación. Ahí radica lo profesional.
La comisaría que deja
— ¿Qué comisaría le deja a su sucesor?
— La comisaría que yo me encontré ya era un espacio agradable y abierto. Igual que antes le contaba lo duro que era trabajar hace 46 años en un edificio opaco, oscuro, que se caía a trozos y reflejaba una actitud, aquí ocurre lo contrario: el edificio nos lo ha puesto muy fácil para que la relación sea amable y el trato al ciudadano sea prioritario, orientado a resolver e informar. Y si queremos dar buen trato al ciudadano, hay que empezar por darlo internamente, a todo el equipo, desde el primer inspector jefe hasta el último policía que llegó hace quince días. Mi puerta ha estado siempre abierta. Dejo una comisaría transparente, consciente de que tenemos que explicar lo que hacemos y rendir cuentas, sin subterfugios, aunque hay cosas que es mejor no contar.
— ¿Qué margen de decisión tiene un comisario?
— En un sitio como Ibiza, bastante. El personal viene destinado y las plazas se obtienen por concurso, así que no puedes mover a nadie de su plaza, pero sí ajustar los perfiles al puesto.
— Como un entrenador de fútbol…
— Tenemos una comisaría muy bien compensada entre las distintas brigadas. El puesto fronterizo —aeropuerto y puerto— también está bien cubierto. Hay destinos muy operativos y otros de gestión pura, como la documentación de españoles y extranjeros, y personal que hace de todo, como los de Extranjería, que lo mismo atienden una patera y tramitan el procedimiento administrativo que investigan un caso de trata de seres humanos. Está bien dimensionada. La recepción de nuevos profesionales de este año ha sido histórica por número. Y mi equipo, con el que llevo unos cinco años, son los jefes de brigada, los mandos intermedios: inspectores jefes e inspectores, la columna vertebral de la comisaría, gente afincada en Ibiza que conoce muy bien el terreno.
— ¿Cuánta gente hay aquí?
— El dato no se puede dar. Pero es un buen dato, y estamos muy satisfechos.
Balance: errores y orgullos
— Como en la vida hay de todo, ¿cuál ha sido su principal error?
— Seguro que muchos. Quizá no haber dedicado más tiempo a organizar actividades más lúdicas con mi equipo, más allá del trabajo. Es de lo que más echo de menos ahora que me voy. En cuanto a decisiones internas, seguro que hay, pero ahora no me viene ninguna especialmente.
— ¿Alguna espina clavada, algún caso sin resolver?
— Ahora mismo no me surge ninguna. Los asuntos más importantes se han resuelto en su mayoría. No me queda sensación de fracaso: cuando has desplegado todo lo posible y no llegas a buen término, es que era imposible, no que hubiera que haberlo hecho de otra manera. Si tuviera una espina clavada, me saldría a la primera.
— ¿Y de qué se siente especialmente satisfecho?
— De varias cosas, operativas y de gestión. En lo operativo, de un éxito impresionante y muy difícil: detener a los autores de los incendios de los juzgados y del edificio de Jacinto Aquenza, un edificio en construcción donde murió una mujer (en Es Viver). Una misma investigación resolvió los dos incendios, porque estaban detrás las mismas personas, y hubo condenas. También de la investigación de una muerte el mismo día que tomé posesión: al principio la forense pensaba en una caída, una muerte natural, y demostramos que había sido un asesinato; se condenó a 22 años al autor y se detuvo a cuatro implicados. Y del robo del Rolex el día de Navidad en Vara de Rey, que se resolvió. Aparte, la cantidad de droga incautada, miles de kilos de hachís, y toda la gestión con las pateras.
— ¿Y desde la gestión?
— Estoy muy orgulloso de haber abierto la comisaría a la sociedad. Han pasado por aquí estudiantes universitarios —de Criminología, de idiomas— haciendo prácticas de 300 o 500 horas durante tres o cuatro años, con varias tutorías; nos ayudaron a desarrollar el servicio SATE. Ahora llevamos año y medio o dos sin poder hacerlo. Muy contento también con las viviendas para policías en Sa Penya, que entraron a vivir en el barrio cuando este empezaba a mejorar y ayudaron a consolidar esa mejora; queda mucho por hacer, pero el barrio se va abriendo y es muy distinto al de hace cuatro años y medio, cuando empezamos. Cuando se puso en marcha, la legislatura pasada, fue impresionante sacar adelante algo que parecía imposible. Y estoy muy orgulloso de la exposición de los 200 años de Ibiza y la Policía Nacional, que hicimos en el Club Diario de Ibiza y tenemos aquí permanente, para que la visiten grupos organizados a través de Participación Ciudadana. El trabajo en los institutos, con charlas sobre delitos de odio y sobre el uso de las redes sociales, tiene cada vez más demanda: los centros nos piden que vayamos, porque damos un punto de vista crítico y de seguridad, avisando de los problemas de un uso poco supervisado de las redes. Y la violencia de género, que es un drama: tenemos un sistema que funciona muy bien, damos el cien por cien de respuesta. Tengo gente muy especializada en la UFAM.
Novela negra y modelo policial
— Vamos llegando al final. Le gusta la novela negra y recomienda El Mal de Corcira, de Lorenzo Silva, ambientada en Ibiza. ¿La Ibiza criminal real se parece a la de la ficción o se queda corta?
— En esa novela se investiga un asesinato que se produce en Formentera, pero gran parte de la trama transcurre en Ibiza, y se habla de la comisaría de Ibiza, justo el año previo a la pandemia, cuando yo ya estaba aquí. De asesinatos, aquí hay pocos. La novela negra ha trasladado muchos estereotipos de la policía, unos más positivos que otros, pero siempre nos mete en el mundo de la investigación, del misterio y del suspense, que es mucho de lo que tiene esta profesión: hacer hipótesis, pero con datos, y rechazarlas si no se cumplen. Lo que pasa es que, como con la selección de fútbol o la medicina, todo el mundo cree saber de seguridad más que los propios profesionales. Cuando leen estas cosas, ven que es más complicado de lo que pensaban. Los asesinatos son rarísimos. Yo estaba en la policía judicial cuando llegué, así que me tocaban. Por desgracia, hay más muertes relacionadas con el consumo de drogas, el balconing, sobredosis o suicidios que homicidios. El último asesinato que recuerdo fue el de un italiano hace unos meses, en la frontera con la demarcación de la Guardia Civil, en Sant Josep; correspondía a la Guardia Civil, pero estuvimos allí desde el primer momento. Es el último que recuerdo en Ibiza, aquí no es habitual.
— Tengo la sensación de que hoy en día es imposible que no se esclarezca un asesinato con tanta cámara en la calle y la información que dan los móviles…
— Tenemos cada vez más medios para investigar, y eso es positivo. Hoy hay que ser muy listo para que no te pillen, porque el rastro es muy notorio.
— La última. Ahora que ya es un ciudadano libre: no entiendo por qué no hay un solo cuerpo policial, en lugar de Policía Nacional, Guardia Civil y, además, policías autonómicas.
— Esto da para muchas horas. Tenemos un modelo policial basado en nuestra historia y en nuestras leyes. Ocurre igual en Italia, Francia o Portugal. En Estados Unidos hay miles de cuerpos, uno por condado, y su coordinación no es ni de lejos la que tenemos nosotros, porque no hay una jerarquización que obligue. Nuestra ley orgánica sí establece una jerarquización y un reparto de competencias que, si se respetan, permiten que todo funcione bien; ahí la coordinación y la economía salen bien paradas. Lo importante es que quienes estamos al mando sepamos aplicar esa normativa.
— ¿No saldríamos ganando con un cuerpo único?
— Creo que no. Ahora mismo tenemos un buen modelo; lo que hay que llevar es una buena dirección, porque los modelos los hacemos buenos o malos las personas. Se han intentado introducir modificaciones en la ley orgánica varias veces, con trabajos en la Comisión de Justicia e Interior del Congreso. Hace unos 25 años se creó una comisión para estudiar el modelo, tanto para centralizar más como para descentralizar, y se concluyó dejarlo como estaba, porque venimos de donde venimos: tenemos una historia, unas leyes y una costumbre social de ver a un tipo de policía en un sitio y a otro en otro. Y otra cosa, las policías autonómicas son muy antiguas, anteriores a esta Constitución; no son un invento de 1979.











