Investigadores han publicado en la revista PNAS los resultados de las últimas inspecciones realizadas al K-278 Komsomolets, un submarino de la antigua Unión Soviética que descansa en el lecho marino desde abril de 1989. El informe ratifica que, aunque el casco de titanio permanece en su lugar, el compartimento del reactor presenta fugas activas de material radiactivo provocadas por la corrosión del combustible nuclear con el paso del tiempo.
Este sumergible fue un diseño único en su clase, fabricado con una aleación especial que le permitía alcanzar profundidades extremas. Sin embargo, un incendio incontrolable hace más de tres décadas provocó su hundimiento, dejando en el fondo del océano un reactor averiado y dos cabezas nucleares.
Hallazgos de las filtraciones de radiación
La monitorización del pecio ha pasado por distintas fases. Durante los años 90, expediciones rusas utilizaron sumergibles tripulados para sellar zonas críticas. Actualmente, la Autoridad de Seguridad Radiológica y Nuclear de Noruega y el Instituto de Investigación Marina lideran las tareas de vigilancia mediante vehículos por control remoto (ROV).
Los puntos clave de la investigación actual son:
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Fuga visualizada: Las cámaras submarinas captaron emisiones de material saliendo de una tubería de ventilación, coincidiendo con los puntos donde misiones rusas previas ya habían reportado escapes.
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Análisis isotópico: Al comparar las muestras de agua con la «firma» radiactiva de la flota soviética, los científicos confirmaron que los elementos detectados provienen directamente del reactor del Komsomolets.
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Integridad de las armas: Los análisis no hallaron rastros de plutonio proveniente de los torpedos, lo que indica que las protecciones de titanio instaladas hace décadas para aislar el armamento siguen cumpliendo su función.
Impacto ambiental limitado
A pesar de la fuga confirmada, el equipo científico, liderado por expertos como Justin Gwynn, sostiene que la situación no representa una alarma inmediata para la fauna marina. La profundidad a la que se encuentra el pecio (1.680 metros) y la dinámica de las corrientes facilitan una disolución rápida de los radionúclidos, evitando concentraciones peligrosas en los organismos de la zona.
El estudio destaca la importancia de las medidas de contención aplicadas por las autoridades soviéticas y rusas tras el accidente, calificándolas de fundamentales para evitar una catástrofe ambiental mayor.
No obstante, los investigadores consideran necesario programar nuevas expediciones para determinar por qué el flujo de la fuga es variable y entender mejor los mecanismos de corrosión interna que afectan al combustible nuclear en este entorno de alta presión.












