«Pagamos 700 euros para entrar y después la luz y el agua». Es el testimonio de Elizabeth, una de las últimas ocupantes de Casa Lola, la finca de Es Cubells que este martes 27 de octubre afronta su desalojo judicial. La mujer asegura que llegó a Ibiza desde Málaga para trabajar, pero que el elevado precio de los alquileres la obligó a trasladarse al asentamiento junto a su marido.
En declaraciones a La Voz de Ibiza, Elizabeth ha relatado cómo terminó viviendo en una caravana prestada dentro de la propiedad de Paquita Marsan, después de no poder seguir pagando una habitación por la que, según explica, le pedían entre 600 y 700 euros por persona.
«En pareja, 1.200 euros. Y una habitación, solo una habitación», ha señalado. La vivienda tenía cocina de uso compartido por turnos y baño comunitario, pero aun así el coste resultaba difícil de sostener.
La mujer, que trabaja cuidando personas mayores y realizando tareas de limpieza en villas, ha explicado que conoció la posibilidad de instalarse en Casa Lola a través de compatriotas que ya residían allí.
«Pagamos 700 euros para entrar»
Elizabeth asegura que para acceder al asentamiento tuvo que entregar 700 euros a un hombre cuya identidad ha preferido no revelar.
Según su relato, se trataba de un pago que le permitía permanecer en la finca durante un periodo prolongado, aunque también debía abonar los suministros de agua y electricidad. «Se pagaba una cosita y después ya te quedabas», ha explicado.
La mujer ha señalado que el acuerdo inicial contemplaba que pudiera permanecer en Casa Lola hasta diciembre, aunque durante la entrevista también se ha referido al pago como anual. Preguntada por la identidad de la persona que recibía el dinero, ha evitado dar nombres.
Su testimonio introduce un nuevo elemento en la controversia sobre los presuntos cobros a los ocupantes de Casa Lola, una cuestión que ya había provocado enfrentamientos entre el Ayuntamiento de Sant Josep y la propiedad.

«La dueña tenía conocimiento de todo lo que pasaba»
Una de las afirmaciones más contundentes de Elizabeth se refiere al supuesto conocimiento que tenía la propietaria sobre lo que ocurría en la finca. La mujer ha reconocido que nunca mantuvo contacto directo con Paquita Marsan, pero sostiene que el hombre al que pagó sí tenía relación con ella.
«Yo directamente no, pero sé que este hombre sí tenía contacto con ella», ha afirmado.
Elizabeth ha insistido en que, según la información que manejaba, la propietaria conocía la situación del asentamiento. «La dueña en todo momento tenía conocimiento de todo lo que pasaba aquí adentro», ha manifestado.
Estas afirmaciones corresponden exclusivamente al testimonio de la ocupante y no acreditan que Marsan autorizara la ocupación ni que recibiera dinero por ella. De hecho, el abogado de la propietaria, Juan Carlos Rodríguez Tur, ha rechazado este martes las acusaciones que vinculan a su clienta con los presuntos cobros.
El letrado ha asegurado que Marsan nunca obtuvo beneficios económicos de la ocupación y ha señalado que, según las informaciones que conoce, un antiguo trabajador de la propiedad podría haber gestionado el acceso de personas al asentamiento.
No obstante, ha reconocido que desconoce si ese hombre llegó a obtener beneficios económicos por esa actividad.
«El 90% éramos gente trabajadora»
Elizabeth también ha querido explicar cómo era la convivencia dentro de Casa Lola y cuestionar la imagen que, a su juicio, se ha trasladado del asentamiento. «El 90% de las personas que vivíamos aquí era gente trabajadora», ha asegurado.
Según su versión, la mayoría de los residentes tenía empleo, pero no disponía de ingresos suficientes para afrontar los precios del mercado inmobiliario de Ibiza. «El alquiler en Ibiza está carísimo», ha lamentado.
La mujer ha reconocido que dentro de la finca también se produjeron conflictos y episodios de violencia, aunque los atribuye a una minoría de residentes. «Obviamente hubo un 10% que también ha creado disturbios, que hubo mucha queja de Casa Lola por ese tema», ha explicado.
Elizabeth insiste en que muchos de los ocupantes trabajaban en distintos sectores de la economía insular y habían encontrado en el asentamiento una alternativa ante la imposibilidad de pagar una vivienda convencional.

De Málaga a Ibiza para trabajar
La historia de Elizabeth comenzó antes de su llegada a Casa Lola.
La mujer ha explicado que residía en Málaga, donde trabajaba cuidando a una persona mayor. Tras el fallecimiento de la mujer a la que atendía, se quedó sin empleo y decidió trasladarse a Ibiza en busca de nuevas oportunidades laborales.
Llegó junto a su marido y ambos encontraron inicialmente alojamiento en una habitación alquilada. Sin embargo, el coste de la vivienda terminó superando sus posibilidades económicas.
«Se complicó el tema del pago, entonces nos tuvimos que venir para aquí», ha relatado.
Actualmente continúa trabajando en el cuidado de personas mayores y en la limpieza de viviendas turísticas y villas.
Familias con niños y una salida precipitada
Elizabeth asegura que en Casa Lola llegaron a vivir decenas de familias, algunas con niños pequeños. Durante la entrevista ha calculado inicialmente unas 50 familias, aunque después ha rebajado la estimación a unas 30.
Según su testimonio, buena parte de los residentes comenzó a abandonar la finca tras los primeros avisos de desalojo, a finales de septiembre. «Hemos quedado 20 personas nada más», ha explicado al recordar la situación posterior a aquella primera advertencia.
La mujer asegura que actualmente ya no quedan niños en el asentamiento y que muchas familias se han marchado sin tener resuelta su situación residencial. «Algunos han tenido la suerte de conseguir un piso, una habitación. Otros se han ido a otro lado. Algunos están todavía en la calle buscando un lugar», ha relatado.
También ha denunciado que el último aviso les dejó un margen de apenas cinco días para organizar su salida.
«En cinco días uno no consigue nada. No consigue habitación, no consigue piso, menos», ha lamentado.

Algunos ocupantes se han trasladado hacia Sant Llorenç
Preguntada por el destino de las personas que han abandonado Casa Lola, Elizabeth ha señalado que algunos residentes han conseguido habitaciones o viviendas, mientras que otros han buscado terrenos donde instalar sus caravanas.
Según su testimonio, varios antiguos ocupantes se han trasladado hacia la zona de Sant Llorenç, donde estarían alquilando espacios en una propiedad privada.
La mujer ha explicado que algunos han optado por pagar una cantidad mensual para estacionar sus caravanas, aunque asegura que el lugar ya no dispone de espacio para recibir a más personas.
Respecto a las denuncias vecinales sobre el posible traslado de ocupantes a terrenos situados enfrente de Casa Lola, Elizabeth ha afirmado que no tiene conocimiento directo de esos movimientos.
El recuerdo del incendio mortal
Durante la entrevista, Elizabeth también se ha referido al incendio ocurrido a finales de septiembre, en el que falleció un hombre paraguayo de 48 años. La mujer ha explicado que no se encontraba en el asentamiento cuando se produjo el fuego porque estaba trabajando.
Sin embargo, ha reconocido que la muerte afectó profundamente a quienes convivían con la víctima. «Era una persona conocida, un vecino, un amigo», ha recordado.
Elizabeth ha señalado que los residentes todavía tienen dudas sobre las circunstancias del incendio y ha evitado especular sobre sus causas.
«Todos nos quedamos mal. Hasta ahora no sabemos. Todavía no se ha aclarado eso», ha manifestado.
El futuro incierto tras el desalojo
Con la ejecución de la orden judicial, Elizabeth y su marido deben buscar una nueva alternativa de alojamiento. La mujer ha explicado que la caravana en la que residían era prestada y que ahora necesita encontrar un lugar donde instalarla temporalmente antes de devolverla.
Su testimonio refleja una de las situaciones que deja el desalojo de Casa Lola: la de personas que, pese a tener trabajo, aseguran no poder acceder a una vivienda por los elevados precios del alquiler en Ibiza.
Mientras la propiedad prepara la recuperación de la finca y anuncia medidas para impedir nuevas ocupaciones, Elizabeth continúa buscando una solución habitacional.
«Es que todo esto fue repentino», ha resumido, al explicar las dificultades para encontrar alojamiento en una isla donde, según denuncia, incluso una habitación compartida puede resultar inaccesible para quienes trabajan durante la temporada.











