El turismo de Ibiza y Formentera vive una de esas paradojas que cuesta explicar en la caja de un comercio: las estadísticas dicen que el visitante gasta más que nunca, pero buena parte del tejido empresarial describe una temporada plana. La contradicción se entiende mejor al mirar en detalle el último balance disponible —el de junio— y cruzarlo con la evolución de los precios y con el reparto del gasto por conceptos. La conclusión que asoma es incómoda: una parte importante de ese récord no responde a un turista que gaste más, sino a uno que paga más caro lo mismo y que concentra su desembolso creciente en el avión y la habitación, no en la calle.
Un récord que es, sobre todo, precio
Los números de partida no admiten discusión. Las Pitiusas recibieron 560.121 turistas, un 4,75 % menos que un año antes, y registraron 2.765.707 pernoctaciones, un 1,64 % menos. Pese a ello, el gasto turístico total creció un 5,94 % y superó los 690 millones de euros. El gasto medio diario por visitante alcanzó los 249,51 euros, un 7,7 % más y el más elevado del archipiélago.
El problema de leer ese 7,7 % como señal de un turista más próspero aparece al ponerlo junto a los precios. El Índice de Precios Hoteleros subió en Baleares un 9,2 %, la mayor subida de todas las comunidades autónomas y muy por encima del 5,6 % de media nacional. Dicho de otro modo: las tarifas hoteleras subieron más rápido que el propio gasto diario del turista. Descontado el efecto de los precios, el desembolso real por día y visitante no avanza. El turista deja más euros por noche porque cada noche —y cada servicio asociado— cuesta más, no porque consuma más.
El dinero se concentra en el avión y la habitación
El desglose por partidas —que se publica a escala autonómica, no insular— confirma esa lectura y, sobre todo, muestra que no es un fenómeno de un solo mes. En el conjunto de Baleares, el gasto en alojamiento creció un 8,28 % y el de transporte un 5,62 %, mientras que el destinado a restauración apenas subió un 2,21 %.
La foto de fondo es aún más elocuente. Tomando junio como referencia y el año prepandémico 2019 como base, el gasto turístico total en Baleares ha crecido un 39 % en términos nominales, pero de forma muy desigual: el transporte es la partida que más ha subido —un 63 %—, seguido del alojamiento (47 %), mientras que la restauración es la que menos ha crecido, un 34 %, por debajo de la media. El gasto en ocio, cultura y deporte sí ha avanzado con fuerza en el conjunto del periodo (62 %), aunque este último mes de junio se frenó casi por completo. El resultado es una redistribución lenta pero sostenida del euro turístico: la mesa pierde peso frente al billete de avión y la habitación.
El perfil del visitante ayuda a entenderlo. El turista nacional, que este junio disparó su gasto un 11,3 %, dedica un tercio de todo su desembolso al transporte y apenas un 8 % a actividades: es el patrón del viajero de escapada corta, que gasta sobre todo en llegar. Y aunque el mercado extranjero concentra el 90 % del gasto, su consumo en restauración y actividades crece a ritmos mínimos (+1,2 % y +0,3 %, respectivamente). Que la restauración crezca por debajo de la media y que el gasto diario suba menos que las tarifas hoteleras apunta en la misma dirección: es la mecánica que explica que las cifras agregadas marquen máximos mientras una parte del comercio y la restauración describen una temporada plana, con caídas especialmente visibles entre semana.
La mirada de los hoteleros
El sector del alojamiento reglado matiza el diagnóstico. La presidenta de la Federación Empresarial Hotelera de Ibiza y Formentera (FEHIF), María Costa, rechaza que el fenómeno responda a un cambio de perfil hacia un turista más joven y prefiere hablar de una evolución de los hábitos de consumo. «Las preferencias de los turistas, sus hábitos de consumo y el tipo de experiencia que buscan evolucionan con el tiempo», explica a este medio. «Esto puede generar una reordenación de la demanda y del gasto: algunos sectores y empresas mejoran su facturación, mientras otros pueden verse afectados sin que ello implique necesariamente una caída general del turismo».
Costa admite, eso sí, que algunos segmentos acusan más el ajuste: «Actividades que han crecido con mucha intensidad en los últimos años, como la restauración o el chárter náutico, pueden percibir con mayor intensidad cualquier ajuste de la demanda». Reivindica, en cambio, la salud del alojamiento: «Venimos de temporadas con registros muy elevados y la sensación en el alojamiento reglado sigue siendo buena». Y reclama prudencia antes de generalizar: «La situación de otros sectores debe analizarse caso por caso, atendiendo a las causas concretas antes de extraer conclusiones sobre el conjunto del destino». La patronal hotelera ha defendido además que las tarifas más altas responden en buena parte a la renovación de la planta y a la mejora del producto, y no solo a la inflación.
La calle, fuera del reparto
Que el grueso del desembolso adicional se lo lleven el alojamiento y el transporte —los costes fijos de venir y dormir en la isla— tiene consecuencias sobre el resto de la economía, sobre todo cuando el visitante se queda menos días. Las estancias en Ibiza y Formentera son las más cortas del turismo insular español, y en junio la media insular se situó en 4,94 noches. Un turista que viene menos días y concentra su presupuesto en el vuelo y la habitación deja, en proporción, menos dinero repartido por el destino.
Es la lectura que viene sosteniendo el presidente de la PIMEEF, Alfonso Rojo, quien ha advertido de que, aunque las cifras generales sean buenas, «no son los mismos consumos y ocupaciones», y ha situado la recuperación del turismo familiar como asignatura pendiente, frente a un visitante mayoritariamente joven, orientado al ocio y la playa, que pasa pocos días en la isla.
El malestar del pequeño comercio ya quedó retratado en este medio a través del presidente de la Cámara de Comercio de Ibiza y Formentera, Juan Guasch, que resumió la temporada como una paradoja de récords de turistas y calles vacías: un comercio que afronta el menor gasto fuera de los hoteles y el ocio, la subida de costes y la escasez de personal, atrapado en un círculo en el que subir precios para sostener el margen acaba espantando al turista. En la misma línea, la última encuesta de actividad de la PIMEEF recogía que quienes mejoraron resultados lo atribuían al aumento de la demanda y a la subida de precios, mientras que quienes empeoraron señalaban la reducción del poder adquisitivo y la pérdida del turismo familiar. La patronal dio por cerrado, en ese balance, el ciclo económico excepcional abierto tras la recuperación de 2022.
Nada de esto cuestiona que el turismo siga siendo el motor de la economía pitiusa ni que junio cerrara con buenos números en volumen de gasto. Pero introduce una advertencia que el propio tejido empresarial empieza a formular: para medir si el modelo de «más calidad» enriquece de verdad a la isla, el indicador relevante no es cuánto gasta el turista en euros corrientes, sino cuánto gasta descontada la inflación y, sobre todo, dónde acaba ese dinero.











