La crisis de acceso a la vivienda ha devuelto la rehabilitación y la recuperación del parque existente al centro del debate en Ibiza. El Ayuntamiento acaba de movilizar 4,7 millones de euros para comprar viviendas e intervenir en Sa Penya, donde prevé crear cinco nuevos pisos protegidos. En una isla donde construir más no es la única respuesta posible, recuperar lo que ya existe se ha convertido en una de las vías sobre la mesa.
En ese contexto cobra una actualidad especial el trabajo desarrollado por Estudio Kismet en nueve viviendas de Sa Penya, aunque se trate de una iniciativa privada y ajena a esos programas públicos. Promovida por Giancarlo Canavesio, la intervención comenzó en 2017 y ha obligado a lidiar con edificios históricos, patrimonio, arqueología, estructuras deterioradas, accesos casi imposibles y siete licencias urbanísticas. El resultado acaba de recibir el premio al Mejor Proyecto Residencial en los primeros Premios Suministros Ibiza de Arquitectura y Construcción. Su arquitecta, Noemí Rodríguez Gómez, explica a La Voz de Ibiza qué supone realmente devolver la vida a viviendas que llevaban años degradadas.
La transformación del barrio está siendo formidable, fruto principalmente de tres vectores. El Ayuntamiento de Ibiza como tractor inicial y hace dos décadas en solitario. Fue comprando y rehabilitando viviendas, muchas de ellas puestas a disposición de agentes de la Policía Nacional en una operación exitosa que resolvió dos pájaros de un tiro. Mejoró la seguridad del barrio y dio una respuesta a funcionarios públicos destinados a la Comisaría de la ciudad. Después han llegado viviendas puestas en alquiler para civiles.
El segundo fue Bernardus van Maaren, promotor holandés que ha comprado una 30 de propiedades en el barrio con el objetivo de rehabilitarlas y ponerlas en el mercado de alquiler. Y el tercero el promotor detrás de las viviendas premiadas.

—En Ibiza existe un intenso debate sobre la vivienda y la dificultad de acceso. Desde vuestra experiencia, ¿qué obstáculos hacen especialmente difícil recuperar vivienda existente y devolverla al uso residencial?
—Rehabilitar vivienda existente es mucho más complejo de lo que puede parecer desde fuera. Primero tienes que saber exactamente qué edificio tienes, cuál es su situación urbanística, qué está protegido y qué posibilidades reales de intervención existen. Después aparecen la estructura, las instalaciones, la habitabilidad, la eficiencia energética y, en ámbitos históricos, la arqueología y el patrimonio. A todo eso se suma una incertidumbre inevitable: hasta que empiezas a reformar un edificio antiguo nunca sabes completamente qué vas a encontrar. Eso afecta a los tiempos, a los costes y a la propia toma de decisiones durante la obra. En Ibiza ya existe un parque de vivienda construida muy importante; quizá el problema no sea tanto seguir construyendo como gestionar lo que ya tenemos. Rehabilitar permite aprovechar lo que ya existe y evitar seguir consumiendo territorio.
—¿En qué situación encontrasteis las nueve viviendas de Sa Penya cuando comenzó el proyecto?
—Nos encontramos con viviendas en un estado de degradación muy importante. En muchos casos había muchísima basura acumulada, humedades, filtraciones y años de falta de mantenimiento. El barrio arrastraba además una situación compleja, con problemas de infravivienda, ocupación y tráfico de drogas. Lo primero fue poder entrar en cada inmueble, ya que algunas de las nueve viviendas estaban okupadas, medirlas y entender realmente qué teníamos delante. A partir de ahí vimos que no existía una solución única: cada vivienda requería una combinación distinta de reforma, rehabilitación, reestructuración y, en algunos casos, ampliación.

—¿Quién promovió la actuación y qué objetivo os plantearon inicialmente?
—El proyecto está promovido por Giancarlo Canavesio, que fue adquiriendo diferentes propiedades en Sa Penya como parte de un proyecto personal muy vinculado a Ibiza y al propio barrio. Desde el principio, su intención iba mucho más allá de rehabilitar unos edificios degradados. Para él, la reconstrucción de estas casas era también un símbolo de renacimiento. Esa idea tiene mucho que ver con su proyecto de vida en Ibiza, vinculado a la transformación personal: recuperar unas casas que llevaban años deterioradas y devolverles vida mientras se construía un lugar pensado precisamente para acompañar a las personas en sus propios procesos de transformación y renacimiento. Para nosotros como arquitectos, el trabajo se ha materializado en nueve viviendas, pero nunca las hemos entendido como nueve proyectos aislados.
—¿Cuándo empezó el proyecto?
—Empezamos a trabajar allí en 2017. Solo entrar en las viviendas, medirlas y realizar los levantamientos ya fue complicado por las condiciones en las que se encontraba entonces el barrio de Sa Penya. Después tuvimos que tramitar con el Ayuntamiento de Ibiza y Patrimonio siete licencias urbanísticas. Estamos dentro del ámbito del PEPRI y cada intervención requiere la aprobación de la Comisión de Patrimonio del Ayuntamiento. Esa fase ocupó varios años y, a partir de 2021, comenzaron las obras, que se desarrollaron hasta 2025.

—¿Cuál fue la parte más compleja?
—Probablemente todas. Primero hay que hacer viable y financiar una operación de este tipo; después, tramitar licencias complejas; luego, rehabilitar edificios históricos donde nunca sabes exactamente qué vas a encontrar; y, finalmente, ejecutar las obras en un lugar con unos accesos dificilísimos. No ha habido una fase sencilla: todas han sido complicadísimas.
—¿Qué tiene de diferente rehabilitar nueve viviendas en Sa Penya frente a intervenir en un edificio residencial convencional?
—Prácticamente todo. Aquí trabajas sobre una arquitectura histórica, con muros de piedra que en algunos casos superan los 300 años, estructuras existentes que hay que conservar y aljibes que aparecen durante las obras y obligan a trabajar conjuntamente con arqueólogos. Cada decisión afecta a fachadas, cubiertas, medianeras, estructura, paisaje urbano y a la relación del edificio con un conjunto histórico protegido. Sa Penya tiene muchas capas: arquitectónicas, constructivas, arqueológicas, urbanas y también sociales. Eso lo hace mucho más difícil que una obra convencional, pero también muchísimo más interesante. Para nosotros ha sido una oportunidad enorme y un reto apasionante.

—¿Qué elementos considerasteis imprescindibles conservar?
—Lo primero era conservar la estructura del parcelario y la configuración propia de cada edificio. Cada casa tiene un fondo, una fachada, unas alturas y una relación diferente con la calle. Algunas podían ampliarse y otras no; algunas debían mantener cubierta inclinada de teja y otras podían conservar cubierta plana. Las cubiertas son especialmente importantes porque forman parte de la imagen de Sa Penya cuando se contempla desde Dalt Vila y las murallas. Y, por supuesto, estaban los muros originales, los aljibes, los huecos y todos aquellos elementos que forman parte de la identidad de cada edificio. Al retirar revestimientos muy deteriorados aparecieron muros de piedra de entre 60 y 70 centímetros de espesor, algunos extraordinariamente bien construidos.
—¿Y qué hacen en situaciones como esas?
—En determinados casos decidimos dejarlos vistos: no solo por su belleza, sino porque así respetamos mejor el comportamiento de la piedra y su capacidad de transpirar. Esa decisión ha dado además una calidez y una autenticidad increíbles a los interiores de las casas.
Rehabilitar sin borrar identidad de Sa Penya
—En una rehabilitación suelen aparecer problemas que no figuran en ningún plano. ¿Qué sorpresas os encontrasteis?
—Una de las principales fue el estado real de las estructuras de madera. Nuestra intención inicial era conservarlas siempre que fuera posible, porque la madera antigua suele ser de una calidad extraordinaria, pero los años de abandono, las filtraciones, la falta de impermeabilización y los xilófagos habían causado muchísimo daño. Por ello tuvimos que retirar los forjados y reconstruirlos nuevamente en madera, utilizando vigas de madera laminada, vigas de madera natural y entrevigado de tablero tricapa. Nos vimos obligados a sustituir la estructura, pero decidimos hacerlo manteniendo la lógica material y la presencia de la madera que tenía la construcción original. Allí donde ha sido necesario se ha combinado además con estructura de acero y refuerzos de hormigón. También aparecieron aljibes que no esperábamos, que hubo que documentar y estudiar con los arqueólogos siguiendo el procedimiento correspondiente.
—¿Cuál fue el problema técnico más difícil de resolver?
—Hubo muchísimos, pero hay una solución que resume bien la manera de trabajar en Sa Penya. En varias viviendas necesitábamos acceder a las cubiertas planas, pero la normativa del PGOU y del PEPRI no permitía generar nuevos volúmenes sobre ellas. Cuando existían antiguos casetones de acceso a cubierta podíamos conservarlos, pero en algunas casas no teníamos ningún acceso. La solución fue diseñar grandes lucernarios practicables, de aproximadamente dos metros cuadrados y con apertura eléctrica. Desde el interior, mediante una escalera metálica, permiten acceder a la cubierta y al mismo tiempo dan luz natural y cenital a la vivienda. Desde fuera prácticamente desaparecen dentro del plano de la cubierta y no alteran la imagen del barrio.
—¿Qué papel desempeñan los materiales en esa convivencia entre lo antiguo y lo nuevo
—Un papel fundamental, porque aquí los materiales no son solo una decisión estética: tienen que ser compatibles con la manera en que estos edificios han funcionado durante siglos. La madera aparece en carpinterías, forjados y mobiliario; utilizamos morteros a la cal y pinturas minerales para permitir que los muros respiren; y en los acabados aparecen piedra natural, pavimentos cerámicos y pétreos, madera y otros materiales y texturas naturales vinculados a esta arquitectura. Respetar la construcción tradicional no significa hacer una copia de lo antiguo, sino conseguir que lo nuevo conviva con ella con naturalidad.

—¿Las nueve viviendas siguen una solución común o cada una exigió prácticamente un proyecto diferente?
—Las dos cosas. Son todas distintas, pero a la vez tienen mucho en común. Comparten una misma familia de decisiones: fachadas blancas, carpinterías de madera, barandillas, escaleras y elementos metálicos pintados de negro, forjados de madera, materiales naturales, cerámica y piedra, muros de piedra vista y morteros a la cal en tonos naturales. También existe una línea común en el interiorismo, trabajado con Anna Buckhart, que ayuda a dar continuidad al conjunto. Pero espacialmente no tienen nada que ver unas con otras. Algunas tienen una planta, otras dos o tres; unas tienen cubierta plana y otras inclinada; algunas se entrelazan con otras construcciones y cada parcela tiene una geometría diferente.
—¿Hasta qué punto las calles y los accesos de Sa Penya condicionaron la construcción?
—Muchísimo. Han llegado a condicionar incluso el sistema estructural. Hay zonas donde prácticamente solo puedes entrar con un pequeño volquete y muchísimos trabajos tienen que hacerse a mano. No puedes plantear la obra como en una parcela convencional, con grandes camiones, maquinaria y medios auxiliares. Eso condiciona cómo transportas una viga, cómo retiras un escombro e incluso qué sistema constructivo eliges. La intervención ha recuperado así, en muchos momentos, un carácter casi artesanal.
—¿Qué creéis que vio el jurado para conceder al proyecto el premio a Mejor Proyecto Residencial?
—Sa Penya es un proyecto muy especial. Intervenir durante tantos años en un barrio que sufría una situación de degradación requiere un cliente comprometido, un equipo muy implicado y muchísima constancia. Ha sido posible gracias a la apuesta de Giancarlo Canavesio y a un equipo que se ha mantenido unido durante todo el proceso: Rufino Martín y yo como arquitectos, Roberto Marín como aparejador, Anna Buckhart como interiorista y Vasile Micleusanu, de Sircom, al frente de la construcción, además de arqueólogos, el gestor del proyecto y todos los profesionales que han participado en las distintas fases.
Quizá el jurado haya visto ese trabajo colectivo y paciente: nueve viviendas que recuperan una arquitectura que ya tenía un enorme valor y la actualizan a la vida contemporánea. Sa Penya es un lugar extraordinariamente bello y valioso, parte esencial del patrimonio de Ibiza. Conseguir que estas viviendas vuelvan a estar habitadas, mejorar la imagen arquitectónica del barrio y recuperar una vida cotidiana más vinculada a su identidad es el mayor reconocimiento que podemos conseguir después de años de trabajo y dedicación a este proyecto de regeneración urbana.











