GIACOMO GARZIANO / ARQUITECTO / MUSICO

El arquitecto que huye del ángulo recto: «El tiempo será la moneda del futuro»

Tres toneladas de mármol, una frecuencia de 167 hercios y una persona cantando en su interior. Parece el argumento de una película de ciencia ficción, pero es el resultado de años de investigación de este arquitecto y músico italiano que ha creado en Ibiza un peculiar portal diseñado para explorar la relación entre el poder de la voz, el espacio, la energía y la percepción del tiempo; un viaje de introspección para conectar con uno mismo y con lo sagrado. Aquí la vida y obra de un arquitecto y músico italiano muy singular.

Por un lado tenemos a un músico profesional que estudió en su Italia natal. Un violonchelista y pianista que también toca la flauta y la percusión, pero que nunca ha publicado nada porque nunca fue su intención.

Luego tenemos a un arquitecto, de esos modernos que entienden que los edificios y las casas del futuro han de mimetizarse con la naturaleza, formar parte del ecosistema y colaborar para que no haya diferencia entre lo inorgánico y lo orgánico.

Y, por último, tenemos a un explorador, a un curioso, que entendió que el sonido, las frecuencias y la vibración son un poder; uno tan poderoso que sirve para conectar con lo invisible e incluso para sanar. Pero, no contento con saberlo, ha construido un huevo de mármol tallado de 3.000 kilos en el que uno puede meterse como si volviera al útero materno y donde se experimenta la unión de la frecuencia humana con las líneas energéticas de la tierra. Todas estas facetas pertenecen a la misma persona: Giacomo Garziano, residente en Países Bajos, que viene a nuestra isla a conectar con su lado más espiritual.

—¿Cómo fue tu deseo y tu camino con la música?

—Tendría unos ocho años. Ya jugaba mucho al fútbol en la calle, pero mis padres querían ofrecerme la oportunidad de hacer algo más que eso y teníamos un profesor de música en la familia, un profesor excelente. Era también un intérprete excelente. Así que empecé a recibir clases suyas y luego terminé yendo al conservatorio.

—¿Por qué el violonchelo? ¿Lo elegiste tú o te eligió él?

—Esa es una muy buena pregunta. En este caso resultó así porque tuve esa conexión: ese familiar era además violonchelista.

Luego, cuando fui al conservatorio, tuve que cantar también y tocar el piano. A partir de ahí empecé a estudiar distintos instrumentos: bajo, guitarra, algo de flauta, violonchelo y batería.

—¿Sigues tocando hoy en día?

—Ahora toco principalmente el piano.

—¿Publicas lo que creas o tocas solo para ti?

—Para mí. Nunca fue mi intención publicar nada. Pero cuando deje la arquitectura y el Portal, me dedicaré exclusivamente a la música.

—Hay mucha estructura y mucha matemática en la música. ¿Cuánto pones de la parte científica o del orden, y cuánto del error y la improvisación? ¿Cómo equilibras las dos?

—Creo que en el momento en que entiendes todas las dinámicas que hay detrás de las estructuras es cuando puedes permitir que suceda el accidente, para crear algo nuevo. Esa es la belleza de todo esto, creo.

—¿Tú lo permites?

—Sí, totalmente.

—A veces es difícil equilibrarlas, ¿no?

—A lo largo de toda mi investigación sobre música terminé siendo un gran aficionado al rock progresivo de los años setenta, donde hay mucha matemática y un espectro abierto de exploración. Y eso es con lo que más conecto, en realidad.

—¿Qué opinión tienes de Suno, la IA que convierte texto en música?

—Uso IA a diario para mi trabajo, pero no en la música. Sigo siendo anticuado para eso.

—¿Pero crees que está bien?

—Creo que es genial.

—La realidad es que, más que un creador del estilo clásico, del artesano, se trata de ser simplemente un prompter

—Creo que, para lo que hacemos, la usamos como una herramienta. Para optimizar el proceso creativo, pero la idea siempre está ahí. No dejamos que la herramienta decida por nosotros. Es una interfaz muy eficiente. Y puede liberar lo que tienes en la mente a través de un boceto y luego de la implementación. Nunca dejaremos que una instrucción decida por nosotros. Para mí es una herramienta.

—¿Y qué crees que pasará en el futuro, cuando la IA de Spotify invente ella sola autores y canciones?

—Lo que tendremos será justo lo contrario de lo que ocurre ahora: la música compuesta solo por humanos tendrá mucho más valor. Por citar a Frank Zappa, que solía decir: «El progreso solo es posible a partir de la desviación de la norma».

Giacomo Garziano, embajador de la Mente Libre. Foto: Sander Troelstra

—Entremos en la arquitectura. ¿Cuándo y cómo te atrajo? ¿Cómo te enamoraste de ella?

—Cuando tenía seis años les dije a mis padres que estudiaría Arquitectura en Florencia. Así que, al cumplir los 18, hice las maletas y me fui.

Cuando vi todos aquellos edificios majestuosos me di cuenta de que mi intuición para la música era la misma que para la arquitectura, y viceversa. Vi la música manifestada en los edificios. Recuerdo que al principio, sobre todo cuando caminaba por las ciudades, oía música al mirar los edificios. Y pensé que me estaba volviendo loco. Luego entendí que era un fenómeno de sinestesia.

Después estudié esos edificios y resultó que estaban compuestos siguiendo proporciones musicales, así que pensé: «Ah, entonces tiene sentido. De hecho, se puede hacer esto». Y luego, por supuesto, el nexo es la matemática y, en medio, la geometría.

A partir de ahí pasé a la microescala: de la arquitectura al espacio y de la música al sonido. Llegado a ese punto me adentré en la microescala de todo, sumé la biología y también la física cuántica.

Al final, todo tiene que ver con cómo percibes tu realidad. Esa es la búsqueda principal. Y también con cómo puedes manifestar tu realidad. Y ahí es donde entra en juego la voz. La voz y la intención.

Tu pensamiento y tu voz pueden manifestar realmente lo que tú quieras: es una cuestión de resonancia y de coherencia.

—¿Dirías que los humanos nos estamos abriendo a nuevos conocimientos, como el sonido, para un despertar de conciencia que nos explique mejor qué somos?

—Va hacia dentro, a la microescala, pero también hacia fuera. Todo esto empezó cuando empezamos a explorar el espacio y con toda la revelación de ovnis que está ocurriendo en Estados Unidos. Así que va en ambos sentidos. Creo que la búsqueda es lo que impulsa al hombre: para destacar, para superarse y para competir también.

Pero la búsqueda es infinita y por eso nunca habrá un final del descubrimiento. Porque el universo también es infinito…

Mitosis, diseño conceptual del estudio GG-loop.

—¿Cómo describirías tu marca, GG-loop?

—Es un estudio que opera sobre todo en el campo de la arquitectura, pero desde la microescala: desde el diseño de muebles hasta la planificación de ciudades. Así que es muy amplio, muy extenso. Lo empecé en 2014 porque quería explorar exactamente estos temas y no había ninguna firma en el mundo que me diera esa oportunidad.

Primero empecé a explorar y a colaborar con la naturaleza en mis diseños. La naturaleza es una parte fundamental del proceso de diseño. Utilizo un enfoque de biomímesis: cómo la naturaleza resuelve los problemas. A través de esas reglas y de esas estructuras llegamos a soluciones que sirven para el diseño de un mueble, de una ciudad o de una casa.

¿Y por qué la naturaleza? Porque la naturaleza lo es todo. Es tan viva y tan perfecta…

Eurytides: cuando la construcción colabora con la naturaleza y viceversa.

—Debemos conectar con la naturaleza para ser más humanos que nunca en el mundo de las máquinas que viene, ¿no?

—Sí, pero vayamos a lo descabellado: yo preveo en el futuro la tecnología directamente implementada en nuestro ADN. Y es ahí cuando se vuelve muy interesante y muy peligroso, pero fascinante a la vez. Creo que ese es probablemente nuestro próximo paso en la evolución. Cuando la máquina está realmente integrada, ya no es solo una máquina.

—Sí, los replicantes, como en Blade Runner (ciborgs casi indiferenciables de los humanos).

—Sí, nos dirigimos hacia eso. Quiero decir, ya llevamos el teléfono en la mano todo el rato. ¿No sería más eficiente tenerlo simplemente incrustado?

—¿Tú lo harías? Yo no [sentencio en tono radical].

—Será inevitable.

—Yo no, ¡yo seré miembro de la resistencia! [risas].

—Volvamos a la arquitectura y a GG-loop. ¿Cómo describirías tus proyectos? ¿Cómo son Freebooter, Mitosis y The Seed of Time? ¿Cuál es la diferencia entre ellos?

—Integramos la naturaleza no solo físicamente, con plantas y agua o con los elementos naturales, sino que es toda una forma de diseñar. Como decía antes, pasa por observar la naturaleza, ver cómo resuelve los problemas y luego aplicarlo a cualquier encargo que recibamos, sea una torre, un paisajismo o lo que sea. Lo que tienen en común Freebooter y Mitosis es que son conocidos por este enfoque biofílico.

The Seed of Time fue el primer proyecto de mi propio estudio, y tiene mucha música.

The Seed of Time, en Altamura. Foto: Michael Seieber

De hecho, «The Seed of Time» es parte de la letra de una canción de In the Court of the Crimson King, de King Crimson. Así que ese edificio, para mí, fue una gran exploración, porque puse todo lo que estaba estudiando en ese momento: cosas como la geometría sagrada o Carl Gustav Jung. Música, percepción, colores… Seed of Time es muy rojo, como la portada del disco. Pero es un rojo que puede verse en ambos lados del espectro cromático, porque, dependiendo de dónde estés en relación con el edificio, refleja el cielo y se vuelve azul. Cuando el sol brilla sobre él, se vuelve más amarillo. Así que es muy caleidoscópico.

Es como un espejo. Es una locura lo que pasó cuando lo terminamos, porque la gente de un pueblo pequeño de Italia se pasaba el día discutiendo: «¡¿Qué es esto?!». Toda esa zona era rural y el edificio está en la parcela que construyó mi bisabuelo, que era contratista. En los años setenta empezaron a levantar todos esos edificios horribles de hormigón sin calidad, meros proyectos especulativos, y de pronto un edificio tan diferente dio mucho de que hablar. ¡Durante años! Fue un proceso fascinante y un muy buen comienzo para el estudio, como carta de presentación.

—Hay una necesidad de replantearlo todo: desde sistemas generales como el propio calendario, inventado por un obispo para recaudar impuestos en lugar de usar el lunar, hasta el capitalismo, pero también la arquitectura. Las escuelas de hoy, las mismas de siempre, también lo necesitan. Japón ya se ha dado cuenta de que no se puede tener a los niños entre seis y ocho horas sentados y está creando nuevos diseños donde el movimiento, el exterior y la naturaleza son los protagonistas. ¿Qué otros espacios crees que deberían repensarse?

—Tuvimos un avance revolucionario con las enseñanzas de Montessori y Rudolf Steiner, pero es cierto que el espacio necesita replantearse. Yo vivo en Países Bajos desde hace 18 años y veo cómo las escuelas se han vuelto muy compartimentadas.

Un espacio que hay que replantear es la plaza. La gente solía juntarse a todas horas a compartir momentos, algo que sigue ocurriendo en España e Italia, pero en ningún otro sitio.

La interacción pública ha cambiado: hay demasiada gente sumergida en el teléfono. Así que tenemos que adaptarnos a nuestro desarrollo. No digo evolución, porque creo que no estamos evolucionando necesariamente como especie. Las máquinas sí evolucionan; nosotros, ahora mismo, no.

También hablamos mucho de ir al siguiente nivel, de la densidad de conciencia y de todas esas palabras bonitas mientras seguimos lidiando con los mismos sistemas rígidos de los que hablabas. Como el sistema financiero, que colapsará en algún momento. El dinero, tal y como lo entendemos ahora, será totalmente distinto dentro de diez años. Quiero decir: el tiempo será la moneda del futuro. Al final, la vida es tiempo. No nos damos cuenta de que, cuando le pedimos a alguien que nos preste un servicio, lo que estamos haciendo en realidad es comprar su tiempo.

—Y le pagas con tu dinero, que en realidad es el tiempo que te costó generarlo.

—Exacto. Todo tiene que ver con el tiempo.

—¿Crees que los espacios en los que solíamos ser tan pragmáticos en el diseño, enfocados a la venta y a las modas, deberían tratar más de cómo los usamos o de qué papel juegan como parte del todo y de uno mismo?

—Ya sabes la respuesta. Sí. Nunca hemos empezado un proyecto con un ángulo de 90 grados.

—¡Exacto, el ángulo de 90 grados debe morir! [carcajadas].

—En el estudio siempre empezamos por la naturaleza. Mira este árbol: no hay 90 grados. Salen de la tierra con movimiento, y así es como veo yo los edificios. No los veo superpuestos y funcionales.

Por supuesto, llega el cliente y quiere los metros cuadrados. Quiere una torre alta. Quiere algo bonito y eficiente que pueda vender rápido y caro, y tenemos que dárselo. Pero al mismo tiempo les digo a nuestros clientes que «no sois solo vosotros». También está la naturaleza, y no debemos excluirla.

Siempre calculamos los datos de consumo energético o la huella del edificio y cuántos recursos del planeta consume. ¿Puedes compensarlo? Sí: plantando árboles o pensando qué más se puede hacer para ser positivos. No puede ser todo intención especulativa. Tiene que haber un equilibrio.

—Llevará tiempo que eso ocurra, porque la avaricia es lo que es y tiene mucho poder, ¿no? El Gobierno debería decir: «Escuchen, a partir de tal año no se puede construir ningún edificio si no es sostenible y autosuficiente», ¿no?

—Eso es lo que hacemos: arquitectura regenerativa. Lo que mencionas ya ocurrió: un acuerdo internacional en París para 2030. Es una idea preciosa, pero el hecho es que resulta imposible. No puedes tener un edificio bonito, funcional y que además reúna todas esas cualidades. Así que hay que eliminar una, y normalmente es la belleza, porque tiene un precio que se considera innecesario. Por eso ahora tenemos todos esos bloques estándar que quizá son eficientes energéticamente, pero siguen siendo tremendamente feos.

¿Y cómo se compensa eso? Con arquitectura biofílica. Ese es el enfoque. Y no digo sostenible, porque ese concepto ya es pura propaganda; yo hablo de regenerativo. Si construyo algo aquí, mejor que si no hubiera nada. Eso es lo que significa de verdad: si regeneras la tierra y las actividades sociales de alrededor, pones en marcha un mecanismo que hace que el proceso sea positivo para el medio ambiente, para el planeta, para la gente… y para los pájaros.

Recuerdo que, cuando hicimos Freebooter, nos contactó una revista dedicada a las aves y nos dijo: «¿Sabéis que este es el edificio más amigable para los pájaros de la historia?». «¿Por qué?». «Por las celosías de madera de toda la fachada». Nosotros las pusimos por sombra y privacidad, pero también evitan que los pájaros choquen contra las ventanas, porque es un edificio completamente acristalado. Además, su estructura facilita que aniden.

Freebooter, en Ámsterdam. Foto: Francisco Nogueira

—Hablando de edificios altos, están los más altos del mundo: el Merdeka 118 de Kuala Lumpur, la Shanghai Tower, el Burj Khalifa y ahora Arabia Saudí, que construye un edificio de un kilómetro de altura. ¿Crees que lo hacen por el desafío de la ingeniería o de la arquitectura, como atracción turística, o son solo niños mayores midiéndose entre sí?

—Por todo eso [risas]. Se hace por la experiencia de hacer algo que nunca se ha hecho, por aprender y por alcanzar nuevas soluciones para nuevos desafíos que incluso podrían aplicarse en otras áreas, al ser innovaciones. Lo importante es el propósito y la historia que se cuenta con esa creación. Estas ideas son necesarias para avanzar en varios campos, a partir de una idea que al principio puede parecer una locura.

—Tienes un lenguaje visual reconocible como arquitecto. ¿En qué punto eso es un estilo y cómo evitas que se convierta en una fórmula?

—El feedback que recibí hace poco de un grupo de clientes a los que conocí en Albania fue que no se puede reconocer que un edificio es nuestro por un patrón recurrente, pero sí se percibe la lógica que hay detrás. Siempre hay un bucle de retroalimentación. De hecho, la empresa se llama GG-loop precisamente por eso. Como un circuito: el resultado de este proceso es una respuesta coherente, respuestas únicas a muchas preguntas distintas. Y esa pregunta incluye lo que quiere el cliente, obviamente —la cantidad de apartamentos, el número de habitaciones, si es un hotel o aulas para una escuela, lo que sea—, pero también lo que la naturaleza quiere de ese lugar. Se trata de integrar la naturaleza y la fauna local, pensando también en cómo lo usarán las aves. Tenemos un proyecto precioso que nos han encargado hace poco y ahora mismo estamos bajo el escrutinio del parque donde estará el edificio, porque queremos asegurarnos de que las aves sobrevivan allí e incluso de poder adaptarlo para que participen.

—Ya toca. ¿Hablamos del elefante en la habitación? [risas]. El Portal Universalis. ¿Qué es exactamente este huevo imponente, ubicado en una villa en ES Cavallets— ¿ cómo surgió la idea…?

—Viniendo de la música y la arquitectura, y habiendo asociado ya las dos disciplinas como un binomio, luego me metí con la física cuántica y después con la acústica y la resonancia. Empecé a estudiar la acústica en lugares sagrados: en las pirámides de Egipto, en templos, en cuevas… He viajado por el mundo para descubrir que hay un patrón recurrente en estos lugares, señalados con cámaras acústicas y, por tanto, llenos de fenómenos acústicos o de resonancia que tienen una función específica. Y esos lugares son sagrados.

Todas las iniciaciones y todo el camino espiritual pasaban por estas cámaras, porque el sonido era el ingrediente principal. Así, una voz masculina en la mayoría de los casos, o tambores para las mujeres, porque normalmente la frecuencia en la que oscilan está entre 90 y 110 o 120 hercios, lo que corresponde a una voz bastante grave. Este concepto me cautivó y sentí que debía hacer algo al respecto, porque me llevó a descubrir el poder que tiene a nivel celular, pero también a nivel de conciencia. Entonces llegó el huevo cósmico.

Giacomo Garziano, en plena ceremonia. Foto: Álvaro Rodríguez

—Parece el útero de una mujer…

—Eso es lo que percibe la gente, sí. Cuanto más investigaba, más me daba cuenta de que lo que estamos usando es la misma tecnología de hace miles de años. Básicamente consiste en una cámara de mármol con propiedades acústicas, porque está hecha de un material pesado, de masa bastante densa, como la piedra, y así puede retener el sonido. Y luego están situadas sobre líneas de energía o corrientes telúricas y acuíferos. Las iglesias, las cuevas, las pirámides: todas tienen la misma firma. Esos son los ingredientes. Y lo que yo me preguntaba era: ¿por qué esa frecuencia específica o ese rango concreto?, ¿por qué la Tierra misma no puede darnos ese tono? Así que lo que hacemos ahora, a diferencia de antes, en lugar de llegar con un edificio prediseñado y colocarlo en un lugar que tenga esa característica, es identificar un nudo de líneas de energía. Marcamos la frecuencia real de ese punto y luego sintonizamos el portal en esa frecuencia. Así hay automáticamente una conexión entre la manufactura, la Tierra misma y el terreno.

Esa es también la novedad de este proyecto, junto al hecho de que, debido a una forma que nunca se había usado antes, este elipsoide multiplica el sonido de una manera que parece que estés en un espacio mucho más grande. Y el tiempo pasa de otro modo: cuando sales, crees que has estado mucho menos tiempo del que ha sido en realidad.

Este está sintonizado específicamente a 167 hercios, que es la frecuencia de este lugar. Y probablemente sea por eso que este árbol, que está justo encima, ha crecido el doble en solo año y medio.

El portal o Omne Vivum en su totalidad

—¿Y qué haces cuando estás dentro?

—Utilizar la herramienta más poderosa que tienes: tu voz. Lo que haces es cantar imitando la frecuencia del lugar, o lo que te salga de dentro, pero si sintonizas con esa frecuencia y la mantienes, sentirás el espacio, que ya no tiene límite. Y con ello empiezas a perder la percepción del tiempo.

—¿Qué dice la gente al salir?

—Sienten como si salieran de un renacimiento. Porque usas tu propia voz y porque estás contenido en tu propia voz. Cuando lo imaginé lo vi como un útero. Bueno, de hecho es un huevo, y por eso a este lo llamo Omne Vivum, que viene de la idea del huevo cósmico o huevo vivo.

—Pero cuando lo llamas portal… un portal es una puerta, básicamente. ¿A dónde?

—Es hacia el interior de la persona y, desde el interior, conectando con el cruce de líneas, hacia el exterior. El portal está, al final, dentro de ti. Entras como una persona y sales como una persona diferente; al menos eso es lo que nos dicen quienes lo experimentan.

—¿Cuántas personas han pasado ya por el portal?

—Unas 1.100 personas en año y medio.

—¿Cuántos portales queréis instalar y dónde?

99 por todo el mundo, cada uno sintonizado con su frecuencia propia. Pero no los haré yo: serán personas locales, a las que llamo Guardianes, quienes se ocuparán de cada portal. Ese proyecto global tiene que ser comunitario, no puede pertenecerme solo a mí.

—¿Cuáles son los puntos energéticos de Ibiza?

—La cueva de Tanit y Es Vedrà. Pero luego están las líneas de energía que atraviesan la isla: las iglesias están sobre ellas, y la de San Miguel es quizá la más potente.

—¿Cuándo será el próximo evento en el que la gente pueda participar?

—Este martes 22, que es el equinoccio, haremos una ceremonia por la noche en Es Cavallet, a la que la gente se puede apuntar aquí.

Portal Universalis. Foto: Álvaro Rodríguez

 

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