Ibiza tiene poco suelo disponible y una enorme presión territorial. Para MGAG Arquitectos, esa realidad está modificando también la forma de concebir los nuevos proyectos turísticos: el futuro, sostienen, pasa cada vez menos por extender la construcción y más por transformar los hoteles que la isla ya tiene. Esa idea está detrás de Bonito Ibiza, el establecimiento de cinco estrellas abierto en Sant Antoni sobre la preexistencia del antiguo Aparthotel Recó des Sol.
El proyecto ha sido reconocido como Mejor Proyecto Hotelero en la primera edición de los Premios Suministros Ibiza de Arquitectura y Construcción. MGAG conservó y reforzó unos 4.450 metros cuadrados de la estructura original frente a los aproximadamente 5.300 que fueron demolidos y planteó el nuevo complejo como una reinterpretación de la arquitectura pitiusa: volúmenes fragmentados, materiales naturales, estructura vista y piscinas que funcionan como elemento de unión. Andrés García Castiella, cofundador del estudio, explica a La Voz de Ibiza las decisiones que hay detrás de uno de sus proyectos más recientes en la isla.
—¿Qué está cambiando en la arquitectura hotelera de Ibiza? ¿Qué pide actualmente un promotor que quizá no pedía hace diez años?
—Hace diez años se pedía sobre todo capacidad y funcionalidad. Hoy se pide identidad, experiencia y responsabilidad. El promotor quiere un hotel que no se pueda trasplantar a otro lugar, con espacios comunes que generen vida más allá de la habitación (restauración abierta a la ciudad, azoteas, bienestar) y con criterios de sostenibilidad reales, porque el cliente los valora y porque abaratan la operación. El otro gran cambio es territorial. Con poco suelo disponible y una presión enorme, el futuro pasa por transformar lo que ya existe: reposicionar la planta turística de los años setenta y ochenta en lugar de seguir extendiéndose. Bonito es un ejemplo de ello.

—¿Cuál fue el punto de partida de Bonito Ibiza y qué os pidió inicialmente la propiedad?
—El punto de partida fue una preexistencia muy concreta: el antiguo Aparthotel Recó des Sol, un edificio envejecido, castigado por el clima costero y prácticamente al borde de la ruina. La propiedad quería transformarlo en un hotel de cinco estrellas, pero el proyecto no nació solo como un hotel. Queríamos una experiencia, un lugar de referencia en la isla que diera a Sant Antoni una imagen nueva y demostrara que Ibiza puede tener una hospitalidad de primer nivel sin renunciar a su identidad. El diseño nació de una colaboración creativa entre MGAG, conmigo a la cabeza; Ana Mari, por parte de la propiedad, y Futur2 en el interiorismo. Todos aportamos ideas y Ana supo escoger las mejores, porque tiene mucha capacidad y entiende muy bien cómo hacer arquitectura de vanguardia.
Nuestra primera decisión fue no partir de cero. En lugar de derribar todo, conservamos, reforzamos y transformamos una parte importante de la estructura original: unos 4.450 metros cuadrados se mantuvieron frente a los 5.300 que se demolieron.
—¿Qué concepto arquitectónico queríais que definiera el hotel?
—El concepto parte de la tensión entre dos Ibizas: la rural y austera de antes de los años sesenta, con sus casas blancas de muros gruesos dispersas por el territorio, y la Ibiza abierta al mundo que llegó después. Bonito quiere fusionar ambas. Y lo hace desde una idea: Bonito es la esencia del «menos es más». Teníamos menos tiempo para hacerlo y menos presupuesto que el estándar, y eso nos obligó a reflexionar sobre qué elementos eran prescindibles. Esa reflexión nos llevó también a reexaminar la belleza de la arquitectura ibicenca, que siempre ha sido austera y esencial.
—¿Cómo se tradujo esto en decisiones de la obra?
—La primera es el hormigón visto, sin esconder nada: la arquitectura ibicenca tradicional muestra su estructura y nosotros quisimos alcanzar esa misma esencia austera dejando la estructura a la vista y eliminando falsos techos. La segunda decisión fue fragmentar el conjunto en módulos unidos por el agua. Once volúmenes independientes se reparten por la parcela alrededor de las piscinas, como las casas blancas dispersas por el paisaje pitiuso y siempre unidas por el Mediterráneo. El agua es el hilo conductor.
Y la tercera es una recepción que funciona como umbral y no como puerta. Lo primero que se ve al llegar es una recepción exterior, con 14 metros de vuelo, que prolonga la calle hacia el interior y la abre al puerto y al mar. Está construida con piedra ibicenca y la concebimos como un monumento a esa piedra.

—Bonito Ibiza tiene una escala considerable. ¿Cómo evitasteis que un hotel de estas dimensiones resultara impersonal?
—En un hotel de esta escala, el riesgo es crear un bloque único y repetitivo. La respuesta fue fragmentar. Buena parte del alojamiento, 99 habitaciones, está repartida en once módulos independientes de tres plantas, con solo nueve habitaciones cada uno. Es una escala casi doméstica y las habitaciones de planta baja tienen acceso directo a la piscina.
La disposición modular genera patios interiores que funcionan como espacios de transición entre lo público y lo privado, y el conjunto se adapta a la altura de los edificios vecinos en lugar de imponerse. En el edificio principal trabajamos además con una familia de tipologías, de la A a la H, que comparten una misma lógica pero varían en tamaño, vistas y relación con la luz, desde la habitación accesible hasta la suite en esquina de la sexta planta.
—¿Cómo se plantea la relación del edificio con Sant Antoni y con el paisaje de la bahía?
—El hotel está dentro del tejido urbano y quisimos que prolongara la ciudad hacia el mar en lugar de dominarla. El vestíbulo abierto conecta directamente la calle con el Mediterráneo: desde que entras ves el puerto, los veleros y el horizonte. El edificio no compite con ese paisaje, lo enmarca.
El gran condicionante fue la bahía y sus atardeceres, de los más conocidos de la isla. Por eso las plantas altas del edificio principal buscan las vistas y la quinta planta se convierte en un destino con el bar de azotea, la piscina infinita y Cielito.También fue decisivo respetar la escala de los edificios vecinos y el perfil urbano de Sant Antoni. El proyecto tenía que dialogar con lo que ya estaba allí y no comportarse como una pieza ajena a la ciudad.

Menos capas, más esencia
—La elección de materiales tiene mucho peso en el proyecto. ¿Cómo construisteis esa identidad mediterránea?
—Fue central. La arquitectura tradicional pitiusa siempre fue honesta con su territorio: muros de marés que guardan el calor y revocos blancos que reflejan la luz. Quisimos reinterpretar esa lógica mediante una paleta reducida y coherente. La piedra aparece en forma de marés y roca natural en fachadas y muros de contención. El hormigón visto y pulido toma el relevo del mortero de cal desde una lógica de austeridad, durabilidad y bajo mantenimiento. Lo primero fue dar con las formas adecuadas para ese hormigón y después eliminamos los falsos techos para que la estructura quedara a la vista. Los suelos son también de hormigón pulido, una solución más rápida y económica que colocar baldosa y que permite obtener un pavimento continuo.
Si tuviera que quedarme con un elemento sería la piedra de marés del vestíbulo. Es porosa, dorada, extraída de la propia isla y tiene juntas imperfectas que guardan la memoria de las construcciones vernáculas. No la elegimos solo por su apariencia, sino por lo que aporta al lugar.
—Las celosías cerámicas se han convertido también en un elemento reconocible del hotel. ¿Qué función cumplen?
—Son celosías de ladrillo calado que reinterpretan un recurso muy mediterráneo y cumplen varias funciones al mismo tiempo. Dentro de las habitaciones separan zonas (por ejemplo, el dormitorio y el baño) sin cerrarlas completamente, de modo que aportan intimidad pero mantienen la continuidad espacial. Tienen además una función climática: dejan pasar el aire y la luz, favorecen la ventilación y evitan crear espacios cerrados y oscuros.
Y cumplen una función estética y de identidad. Filtran la luz y dibujan sombras que cambian a lo largo del día. No se quedan únicamente en las habitaciones: también aparecen en algunos puntos del exterior, de modo que una misma pieza conecta el interior y el exterior y da cohesión al proyecto. Su tono cálido y su textura contrastan con el hormigón visto y dialogan con la piedra, la madera y las fibras naturales, reforzando el carácter artesanal y táctil que buscábamos.
—Habitaciones, piscinas, azotea, restauración, spa, gimnasio… ¿Cómo lográis que todos esos usos se perciban como un único proyecto?
—Con tres herramientas. La primera vuelve a ser el agua como hilo conductor. Las piscinas rodean los módulos y cosen todo el complejo. Se ven desde las terrazas, se cruzan de camino al desayuno y se habitan durante todo el día.
La segunda es una organización vertical muy clara. La planta baja del edificio principal funciona como un zócalo activo con restaurante, bar, chiringuito, spa, gimnasio y servicios. Las plantas intermedias se destinan al alojamiento, con una terraza polivalente en la primera para yoga, taichí y eventos, mientras que la azotea funciona como destino final.
La tercera herramienta consiste en esconder la complejidad. Aparcamiento, lavandería, cocinas de apoyo, climatización y la planta de tratamiento del agua de las piscinas se sitúan en el sótano. Eso permite dejar una planta baja limpia, abierta y permeable para el huésped. Por encima de todo hay una misma paleta de materiales. Esa continuidad hace que el spa, las habitaciones y la azotea se entiendan como partes del mismo lugar.

—¿Cuál fue la dificultad técnica o constructiva más importante durante la obra?
—Hubo dos grandes retos. El primero fue la propia rehabilitación del edificio existente: una estructura envejecida y muy expuesta al ambiente marino, que hubo que reforzar por completo, abrir con nuevos huecos en fachada y redistribuir para adaptarla al nuevo programa.
El segundo, y probablemente el más exigente, fue la piscina infinita de la quinta planta. Colocar una piscina a esa altura supone un compromiso de ingeniería de primer orden por el peso del agua, la impermeabilización y la seguridad de un borde abierto al vacío. La solución incluye un vaso de hormigón proyectado de 20 centímetros, un encofrado perdido de bloques de hormigón de siete centímetros, un vaso de compensación y una pieza especial de coronación de 58 centímetros de ancho, con bordes redondeados, colocada medio centímetro por debajo del nivel del agua y con una tira LED sumergible integrada. El huésped ve el agua fundirse con el horizonte, pero debajo hay meses de ingeniería, coordinación y artesanía. Ese trabajo invisible que hace posible la belleza resume bien todo el proyecto.
—Uno de los criterios de los premios era la innovación constructiva y la eficiencia de las instalaciones. ¿Qué soluciones destacaríais?
—La principal innovación es conceptual: demostrar que el progreso arquitectónico no requiere necesariamente demolición. Rehabilitar y construir sobre la huella existente, sin consumir suelo nuevo, es el gran gesto medioambiental del proyecto y, en una isla con la presión territorial de Ibiza, tiene mucho sentido.
A partir de ahí aplicamos la idea de «menos capas, más esencia». La estructura de hormigón visto sin falsos techos y los suelos continuos de hormigón pulido en lugar de baldosa permiten ahorrar material, plazo y coste.
Las piscinas utilizan agua salada tomada directamente del mar, filtrada y templada en una planta propia de tratamiento situada en el sótano. Además, las aguas grises se reutilizan para el riego. El proyecto incorpora paneles solares e iluminación LED, mientras que el aparcamiento y las instalaciones técnicas están enterrados para liberar la planta baja.
También se trabajó la seguridad contra incendios de forma integrada en los módulos y en el edificio principal, con detección, rociadores, alarmas ópticas y acústicas, compartimentación y vestíbulos de independencia. Y la accesibilidad se integra sin distinguir unas habitaciones de otras. Las habitaciones adaptadas cuentan con ducha a cota cero y mantienen la misma calidad y carácter arquitectónico que el resto.

—¿Qué significa para MGAG recibir el primer Premio Suministros Ibiza al Mejor Proyecto Hotelero?
Es una enorme satisfacción, tanto por ser la primera edición como por la composición del jurado, con los colegios de Arquitectos y de Aparejadores y el Consell d’Eivissa. Lo vivimos como un reconocimiento colectivo porque el diseño también fue colectivo: a la propiedad, y en especial a Ana Mari; a Futur2 en el interiorismo; a los ingenieros que resolvieron lo que parecía irresoluble; y a los trabajadores y artesanos que dieron forma a cada material. Tambien nos gustaría agradecer el súper trabajo de Antonio Coronado y Aida como projects managers de Okiva projects, a los hermanos Mota como constructora, a HO como contratista de instalaciones y a Alberto Torres Gutiérrez el propietario por habernos dado la oportunidad.
La premiación, además, valida una idea en la que creemos: la transformación de la planta hotelera existente es una de las grandes oportunidades de Ibiza y se puede hacer con calidad arquitectónica y respeto por la identidad de la isla.
—Ahora que el hotel está terminado y funcionando, ¿hay algún espacio que resuma especialmente bien la idea original?
—El vestíbulo. Desde la calle entras bajo el gran voladizo de la recepción, entre piedra de marés y vegetación, con la luz filtrada, y de repente el espacio se abre a las palmeras, al agua y al puerto al fondo. Ahí se entiende todo: la memoria vernácula, la apertura al paisaje y la piscina entendida como el salón del hotel.
Nos gusta decir que el hotel empieza antes de entrar, o que la calle nunca termina del todo. Y, al final del día, está Cielito al atardecer, abierto también a quien no se aloja en el hotel. Es otra forma de devolver el edificio a Sant Antoni.











