A escasos metros de la carretera que une el puerto de La Savina con Sant Francesc Xavier, la principal vía de entrada a Formentera, sobreviven los restos de lo que fue la cárcel franquista más terrible de las Islas Baleares: Es Campament. Es el único recinto de este tipo conservado en el archipiélago balear y uno de los pocos que quedan en pie en todo el Estado, que ahora podría empezar a convivir con una urbanización de lujo de residencias vacacionales orientada al mercado internacional.
Unos muros perimetrales, las soleras de los barracones, algunos pozos y una placa con un poema de Joan Coromines titulado El Cementerio de los Vivos son todo lo que queda visible de Es Campament, también conocido como Sa Colònia o Es Camp des Presos, el campo de concentración donde entre 1940 y 1942 estuvieron recluidos más de dos mil presos republicanos llegados de toda España y donde murieron al menos 58 de ellos.
Un tercio de la población de la isla, entre rejas
El campo fue construido por el propio régimen franquista a partir de 1939 y dependía de la Prisión Provincial de Palma de Mallorca. Hay una paradoja que los historiadores siempre señalan: los muros, los barracones y las instalaciones del recinto fueron levantados por los propios prisioneros que luego habitarían en él.
La razón de su emplazamiento en Formentera era estratégica: el aislamiento de la isla convertía la fuga en prácticamente imposible, y al mismo tiempo servía para descongestionar la prisión de Can Mir y la Prisión Provincial de Palma.
El 1 de enero de 1942, el Instituto Nacional de Estadística registraba 1.209 reclusos en la colonia penitenciaria. En una isla cuya población total rondaba los tres mil habitantes, eso equivalía a tener un tercio de los residentes detrás de los muros del campo.
A lo largo de los dos años que estuvo activo, según documenta el historiador Antoni Ferrer Abárzuza a partir de los datos del padrón municipal, unas dos mil personas llegaron a estar encerradas en el recinto. Entre ellos, un adolescente de 14 años llamado Manuel Díaz Sauceda, natural de Don Benito (Badajoz), cuya pista se pierde cuando el campo fue desmantelado.
La mayor parte de los presos procedían de Extremadura —especialmente de la provincia de Badajoz, donde la represión fue especialmente brutal— y de otras regiones de la Península.
Eran hombres de clase trabajadora: campesinos, jornaleros, carpinteros, albañiles, mineros. Tenían sentencia firme por condenas que oscilaban entre los doce y los treinta años por delitos como «adhesión a la rebelión» o «auxilio a la rebelión», las categorías que el régimen usaba para perseguir a quienes habían apoyado a la República.

Hambre, chinches y corrupción sin límites
Las condiciones de vida en el campo fueron descritas por los supervivientes con un detalle que resulta difícil de sostener. Juan Ferrer Marí, conocido como Joan de sa Punta, pasó dos años encerrado en Es Campament y fue entrevistado décadas después por el escritor José Miguel L. Romero.
Su testimonio recoge la figura de Ángel Llorente Ruiz, director del campo, quien —según Ferrer Marí— desviaba sistemáticamente los alimentos destinados a los presos para alimentar a los animales de su pequeña granja particular.
«Los alimentos que debían llegar a los presos se los daba a los animales que cuidaba en su pequeña granja. Tenía gallinas, cerdos… Animales que luego vendía, pero que jamás pudimos comer nosotros. Durante ese tiempo nunca probamos carne», relató.
La alimentación consistía básicamente en caldos de verduras hervidos hasta no quedar nada sólido. «En ocasiones caían en el plato dos o tres garbanzos», recordó Ferrer Marí.
El hambre llegó al extremo de que algunos rebuscaban entre las letrinas para recuperar y comerse lo que el cuerpo no había podido asimilar. «Si veías a uno que mordisqueaba una piel de naranja, sabías que ese no duraría mucho, que moriría pronto», describió el superviviente.
Los carceleros, según los testimonios, llegaron a divertirse observando cómo los prisioneros competían con los cerdos por los restos de comida en el corral. «Cuidaba mejor a sus puercos que a nosotros. Un día recuerdo que había catorce animales peleándose por unas pieles de calabaza. Digo ‘animales’, pero en ese grupo se confundían los cerdos con hombres que, muertos de hambre, no tuvieron más remedio que llegar a ese extremo», relató Ferrer Marí. Cuando llegaba un vigilante, arremetía a porrazos con los presos para que no molestaran a la piara.
El barracón de los enfermos más graves fue bautizado por los propios presos como «el cementerio de los vivos». A las condiciones de desnutrición extrema se añadían las plagas de chinches. «Si volvías a encender la luz observabas cómo una mancha negra huía por las paredes. La luz las espantaba. Por eso algunos dormían con una vela encendida», explicó Ferrer Marí.
La propaganda del régimen presentaba Es Campament como un modelo para Europa. El periodista y escritor José Miguel L. Romero, que dedicó años al estudio del campo, resumió esa distancia entre la versión oficial y la realidad: «Posiblemente poco tenía que envidiar a los campos de concentración de los nazis en algunos aspectos».
58 muertos
En el campo de concentración de Formentera murieron 58 presos republicanos entre marzo de 1941 y el cierre del campo, según el Registro de Defunciones de Formentera. Casi cuatro fallecidos al mes de media.
Morían de hambre —el eufemismo médico que usaba el régimen era caquexia, sinónimo de extrema desnutrición—, de tuberculosis, de colapsos cardíacos, de enteritis aguda, de avitaminosis, de infecciones intestinales.
Casi todos los que fallecieron lo hicieron por varias afecciones simultáneas, resultado de meses de inanición y condiciones higiénicas deplorables.
La proporción de muertos entre los presos de la península era muy superior a la de los isleños. La razón, según los historiadores, es que los presos de Mallorca, Menorca o las Pitiusas tenían más probabilidades de recibir paquetes de comida de sus familias.
Los extremeños y peninsulares, en cambio, estaban a menudo incomunicados con los suyos o sus familias no sabían dónde estaban. El PCE en la clandestinidad había organizado una red de solidaridad para repartir alimentos entre quienes no recibían nada de fuera, pero su alcance era limitado.
Uno de los fallecidos más documentados es Antonio Godoy Delgado, de Hornachos (Badajoz), último alcalde republicano de su localidad. En sus memorias, recogidas por Romero, Godoy describió la rutina diaria del campo: el recuento matutino de reclusos, el canto obligatorio del Cara al Sol, el desayuno de dos higos o una sardina arenque compartiendo una barra de pan entre cinco, el caldo de mediodía con dos o tres trocitos de patata.
«El que no recibía nada de su familia se podía decir que estaba condenado a muerte, en este caso de hambre», escribió.
Una parte de los 58 fallecidos ha podido ser exhumada en el Cementerio Nuevo de Sant Francesc, gracias al trabajo impulsado en gran medida por el Fòrum per a la Memòria d’Eivissa i Formentera desde los años noventa.
El cierre: miedo a los aliados
Es Campament fue desmantelado en el otoño de 1942 por orden llegada de Madrid. La razón más probable, según los historiadores, fue el desembarco aliado en Túnez el 8 de noviembre de ese año —la Operación Torch—, que generó en el régimen franquista el temor a que los aliados utilizaran Formentera como plataforma de operaciones en el Mediterráneo.
Decenas de guardias civiles y lanchas a motor, junto a un barco de carga, condujeron a los presos a Valencia vía Ibiza y Palma. Uno de los responsables del campo en su última etapa, Vicente Bueno, trabajó durante las décadas siguientes como guía turístico en la misma isla que había vigilado.
La larga batalla por la protección
Durante décadas, Es Campament fue poco más que un solar en las afueras de La Savina. En 2002 fue clasificado como lugar histórico y en 2010 incorporado al Catálogo del Patrimonio Cultural de Formentera.
Pero la declaración como Bien de Interés Cultural —el máximo nivel de protección del patrimonio balear— no llegó hasta 2014, cuando el Pleno del Consell Insular acordó incoar el expediente.
Los propietarios de los terrenos sobre los que se asienta el recinto recurrieron la declaración. El Tribunal Superior de Justicia de las Islas Baleares desestimó el recurso en 2018 y confirmó la protección. La condición de BIC tuvo que ser blindada judicialmente frente a la oposición de los dueños del suelo.

El Consell ha construido desde entonces una política activa en torno al espacio. En 2022 concedió una beca de investigación al historiador Manel Suárez Salvà para documentar exhaustivamente la historia del penal; el resultado fue un estudio de más de 850 páginas que incluye un apéndice con los nombres y datos de los 2.133 hombres que en algún momento pasaron por el campo. El Consell tiene previsto publicarlo en formato de libro.
Paralelamente, ha encargado un proyecto de conservación y restauración de la Casa de las Redes —uno de los edificios del recinto histórico—, un Plan de Actuación Arqueológica para regular cualquier intervención en el subsuelo, y tiene previsto crear un centro de interpretación.
En noviembre de 2025, cuando el Govern balear amenazó con derogar la Ley de Memoria Democrática, el Consell presentó alegaciones subrayando que Es Campament es «el único testigo inmueble de un antiguo campo penitenciario en Formentera y uno de los pocos recintos de este tipo que se conservan en todo el Estado».
Ese mismo recinto, cuya declaración de BIC tuvo que defenderse en los tribunales, linda directamente con la unidad de actuación UA LSV-01, donde un promotor privado ha obtenido recientemente la aprobación inicial del estudio de detalle que habilita la construcción de hasta 89 viviendas de lujo para el mercado internacional vacacional, a metros de sus muros.
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