El comercio de proximidad es uno de esos engranajes que solo se notan cuando dejan de girar. La persiana que sube cada mañana, la luz del escaparate por la noche, el dependiente que conoce a sus clientes por el nombre: todo eso sostiene la vida de las calles de Ibiza, y todo eso está bajo presión. Así lo advierte Alfonso Rojo Serrano (Reinosa, Cantabria, 1964), presidente de la Federación Empresarial de la Pequeña y Mediana Empresa de Ibiza y Formentera (PIMEEF) desde 2015, que dirige la patronal de las pymes pitiusas en un momento en el que el pequeño negocio afronta amenazas de todo tipo.
La competencia de las compras en línea, el relevo generacional que ya no llega, unos alquileres que expulsan del centro a los comercios de toda la vida y una temporada arrancada a dos velocidades dibujan un escenario complejo. La conversación llega pocos días después de que el Consell de Ibiza y PIMEEF firmaran un convenio de colaboración dotado con 150.000 euros para dinamizar el comercio local de la isla durante 2026. El acuerdo, rubricado por el presidente del Consell, Vicent Marí, y el propio Rojo, contempla asesoramiento, formación, campañas de dinamización y nuevas tandas de bonos de compra.
Rojo valora la apuesta institucional, pero no se anda con eufemismos sobre lo que está en juego. «Si todo va a ser con un clic, llegará un momento en que el tendero que abre la persiana cada día, el día que no la abra, esa cera por la noche no se limpiará, ese escaparate no tendrá luz, será una ventana cerrada. Eso es lo que tenemos que evitar».
—¿Qué valoración hace del reciente convenio firmado con el Consell para impulsar el comercio local?
—Lo primero a destacar es la inteligencia del Consell de poner el foco en un sector tan sensible como el pequeño comercio, con tantas realidades y tantos inputs que pueden afectar negativamente a su desarrollo. Un pequeño negocio, cualquier tipo de pequeño negocio de los que dan vida a las ciudades, es dinamizador. Podemos pensar en muchas formas de dinamizar una zona y contratar a empresas que nos den ideas, pero al final, si no conseguimos que los pequeños empresarios se lo crean o que su actividad sea rentable económicamente, por muchas ideas que nos den no vamos a materializarlo. Defender lo que ya está, lo que lleva tiempo haciendo las cosas bien, es una medida muy inteligente.
—¿Cuáles son hoy las grandes amenazas para el pequeño comercio?
—Son de todo tipo. Una es que persistan los relevos generacionales. Históricamente, en cualquier pequeño comercio, lo natural era que los hijos fueran aprendiendo el oficio de los padres, incluso en vacaciones aportaban al negocio familiar, se iban formando y acababan siendo la siguiente generación. ¿Qué ha pasado? La sociedad ha cambiado, todo el mundo quiere prosperar, quiere mejorar, y muchas veces esa cultura del esfuerzo se resiente: los hijos, viendo que a sus padres autónomos les está costando tanto sacar adelante un negocio, se lo piensan y se lo repiensan. Independientemente de que a lo mejor el negocio también se queda obsoleto, porque todo cambia muy rápido.
El golpe de los alquileres
—¿Cómo impacta en la continuidad del comercio el aumento del precio de los alquileres?
—Es otra de las realidades. Si tú estás en un alquiler antiguo, en una zona que va cambiando y se convierte en muy céntrica, es posible que el dueño del local, cuando toque renovar, haya oído campanillas y le hayan ofrecido muchísimo más de lo que cobra a un negocio tradicional. Y puede decirte que no te renueva. Incluso a la inversa: que el local sea tuyo, que veas que el relevo generacional no va a llegar y que tu negocio se queda obsoleto, y te llegue una excelente oferta de alquiler. Si decides cerrar y alquilar, seguramente ganarás mucho más con el local que con la actividad que realizabas. Son muchas realidades, muchos datos que analizar. Nosotros, que somos empresarios y trabajamos para empresarios, lo detectamos hace tiempo y lo pusimos en conocimiento del Consell.
—Hace unos meses remarcaba las grandes dificultades de muchos empresarios para conseguir vivienda a los trabajadores de temporada. ¿Cómo viene eso este verano?
—Estamos en un escenario muy similar al de la temporada pasada, muy similar, aunque son apreciaciones, depende de cada caso, es difícil hacer un análisis generalizado. Pero ya se ha dado por normal que alquilar un puso para alojar a cuatro empleados cueste 2.500 euros, cuando hace cinco años el coste era de 1.600 euros.
Bonos, cartelería conjunta y calles engalanadas
—Más allá de cuidar al comerciante, también hay que atraer al cliente…
—Exacto. Hay que animar al empresario a que siga con su negocio, que sea atractivo, que se reforme, que se renueve, que se adapte a las nuevas tecnologías. Pero también tenemos que hacerlo atractivo para el público. Y el cliente, igual que el empresario, ha ido cambiando poco a poco. Hay que ir adaptándose, y no es fácil.
—¿Qué recursos concretos ofrece el Consell para esa adaptación?
—Nosotros a la administración siempre le exigimos mucha agilidad. Desde PIMEEF hemos ayudado a los empresarios y a los ayuntamientos a hacer los comercios más accesibles. Algo que podría tener una carga burocrática grande, como poner una rampa en la entrada de tu negocio, ya implica un proyecto de un arquitecto, pedir permiso, solicitar que te lo concedan o no. Ahí es donde la federación ayuda a que una mejora no sea un quebradero de cabeza. Cuando proponemos campañas de dinamización o de apoyo a la digitalización, lo que queremos es que no sea algo enfarragoso.
—¿A qué se refiere con enfarragoso?
—Tenemos clarísimo que los dineros públicos son de todos y hay que tener muchísima prudencia en cómo se utilizan, que vayan en beneficio de todos. Pero lo que no puede ser es que, para pedir una ayuda a la digitalización de, supongamos, 1.500 euros, los trámites burocráticos acaben desanimándote por esa cantidad. Ahí es donde trabajamos en este tipo de campañas.
—¿Y los bonos comerciales?
—Todo este tipo de acciones comerciales son efectivas. Las campañas del Día del Padre, del Primero de Mayo, el Black Friday, San Valentín… Animamos a las empresas a que hagan una cartelería conjunta, a que los comercios se engalanen de manera homogénea. Un comercio solo lo tendría muy difícil, pero cuando los de la zona se ponen de acuerdo, podemos poner una calle preciosa, con todas las farolas, con lazos de San Valentín y un «anímate a comprar de corazón». Eso tiene mucho calado: es lo que saca a la gente a la calle, lo que evita que se nos pierdan en las compras con un clic. Porque si todo va a ser con un clic, llegará un día en que el tendero no abra la persiana, y ese escaparate será una ventana cerrada. Junto con el Consell, lo que hacemos es darle al comerciante esa herramienta, ese cariño a los empresarios, para que aguanten y se vayan poniendo al día.
«Cuando hay olas nos agarramos; cuando hay calma, remamos»
—¿Hacen alguna lectura del perfil del turista en este arranque?
—Estamos metidos en harina, en temporada, por mucho que digamos que la alta es julio y agosto. Está todo abierto y es un arranque relativamente normal. No olvidemos que hemos tenido un arranque a dos velocidades: los que abrieron en Semana Santa, a primeros de abril, tuvieron un buen inicio, pero luego hubo dos semanas valle hasta los openings de las discotecas a final de mes. El pistoletazo de salida del cien por cien de la oferta es prácticamente el 1 de mayo. Es como si hubiéramos sufrido entre todos una doble apertura. Ha habido compañeros con la percepción de que ha estado más flojo que el año pasado, pero es que se ha abierto a dos velocidades; seguramente a final de temporada lo calibraremos como una temporada normal.
—A todo eso se suma la incertidumbre económica y el contexto geopolítico…
—Te puedo asegurar que las pymes estamos montadas en un barco en el que, cuando hay olas, nos agarramos, y cuando se queda la calma, remamos. Ya no podemos analizar nuestra operativa con lo que está pasando, no con lo que va a pasar. Las empresas medianas, con buen volumen, tienen sus departamentos de análisis de riesgo y de costes, todo al milímetro. Pero el pequeño empresario está ahí: si vienen las grandes, nos atamos el cinturón, y si hay calma, cogemos los remos. Hay que trabajar, abrir cada día, pagar las facturas. No hay más previsión que navegar con las olas que tocan.
—¿Lo nota el comercio de calle?
—Tú no le digas al del estanco de abajo o al de la librería que el barril de Brent ha subido un 14%. Te va a decir que tiene que abrir. ¿Que el recibo de la luz le costará un 8% más dentro de dos meses? Ya se enterará, pero no ha podido subir el precio de la cajetilla ni del paquete de palillos que vende, no le ha podido subir diez céntimos. Está vendiendo como el año pasado. Otra cosa son las empresas de distribución. Mi empresa propia es de distribución de alimentos y de fruta, trabajamos mucho con transporte marítimo y terrestre de la península, y ya hemos recibido aumentos de precios de nuestros proveedores, tanto en los fletes marítimos como en el transporte por carretera con la subida del gasoil. Hemos tenido que ir adaptándonos casi día a día. Pero vas dando escaloncitos, pasitos; lo que nunca haces es dar media vuelta de tuerca y subir todas tus tarifas un 15%. Eso es una barbaridad. Eso no se hace.











