ENTREVISTA AL DIRECTOR DE CAN RICH

Viticultura en Ibiza: «Los vinos de Can Rich ya están cerca del 9 sobre 10»

Álvaro Pérez Navazo, director técnico de Bodegas Can Rich, encara su tercera añada al frente del proyecto familiar de Sant Antoni tras la muerte del fundador, Joan Riera, con los deberes hechos y cada vez más cerca del objetivo: "hacer un vino de 95 puntos todos los años"
Álvaro Pérez Navazo, director de las bodegas Can Rich, pisando uva, a la vieja usanza.
Álvaro Pérez Navazo, director de las bodegas Can Rich, pisando uva, a la vieja usanza.

Álvaro Pérez Navazo (Madrid, 1970) se pasó 27 años preparándose en la exigente Ribera del Duero, en la afamada Abadía Retuerta —adquirida por los laboratorios farmacéuticos Novartis en 1998—, antes de cruzar media España para instalarse en Ibiza.

Hoy dirige técnicamente Bodegas Can Rich, empresa familiar de vinos ecológicos de Sant Antoni, y afronta su tercera añada al frente del proyecto. Transmite la tranquilidad de quien se sabe conocedor de que lo tiene todo bajo control.

Su vínculo con la isla, además, es viejo y personal: se casó en Es Cubells en 2002 y sus dos hijos son ibicencos. Llegó a la bodega por ese lazo familiar —su mujer, Patricia, es hermana de Stella González, propietaria— y por una petición directa del fundador, Joan Riera, fallecido a finales de 2025. «Yo he estado 27 años aprendiendo mucho en la Ribera del Duero, y ahora he venido aquí a desarrollar todo lo que he aprendido», resume.

Nos recibe en la finca, entre viñas y olivos, con una sonrisa permanente de quien disfruta haciendo lo que hace, en plena antesala de una vendimia que apunta alto.

Es su segunda conversación con La Voz de Ibiza: hace un año situó el vino de Can Rich en un 7,5 sobre 10 y prometió llegar al 9 pronto. Ahora dice estar «cerca del 9».

Pérez Navazo defiende un modelo lento, ecológico y de identidad para unos vinos que aspiran a todo. Salvo a pegar un pelotazo: «Esto no es para hacerse rico», repite en varias ocasiones a lo largo de una hora larga de conversación agradable y didáctica.

Con el Mundial de fútbol en marcha, el símil le sale solo. Dice haber hecho «una pretemporada de 27 años» en la Ribera del Duero y sitúa hoy a Can Rich «en Segunda, a punto de ascender» y «ganando partidos con facilidad en el mundo profesional». «Solo se ganan partidos si tienes un buen equipo, y nosotros lo tenemos en Can Rich; cada uno hace bien su trabajo, y eso trae resultados», añade. Es su manera de resumir un balance que hace sin estridencias —«estoy muy contento», repite—: trabajar sin un jefe por encima, con total libertad, desde la agricultura hasta la comercialización. Sonríe ampliamente y asiente cuando le decimos que «parece un niño con zapatos nuevos».

De la Ribera del Duero, en cambio, solo echa de menos dos cosas: el frío seco de las heladas —«me gustan mucho», confiesa— y el reconocimiento «innato» que allí tiene el vino, el mismo que Ibiza todavía pelea por ganarse.

EL CAMPO Y LA AÑADA

— ¿Cómo afectarán los rigores de este verano a la cosecha?

— Lo que más me tranquiliza es que la viña viene sana, y eso lo podemos asegurar porque lo estamos gestionando muy bien. Los dos frentes de siempre, el oidio y las palomas torcaces, los tenemos resueltos: el hongo, con tratamiento de azufre, que además es ecológico; y las palomas, con las redes. Así la uva llega intacta.

— ¿Cuál es, pues, la previsión?

— Este año, con algo más de uva por las lluvias, tendremos más cantidad. Y eso tiene su cara B: cuanta más carga lleva la viña, más tiene que trabajar para acumular azúcares y madurar. Pero mi obsesión es esa, la madurez. Si maduras bien, tienes aroma, equilibrio y un vino «guau». La gran ventaja de Ibiza es que aquí no hay déficit de temperaturas: voy a madurar seguro y hasta puedo elegir la fecha de vendimia. Solo hay que vigilar que la viña no se bloquee por las altas temperaturas de este año. Ya hemos empezado los controles; cogemos muestras, pesamos cien uvas para saber el tamaño de la baya, que en tintos es clave, y vamos siguiendo cómo sube el azúcar, cómo baja la acidez, el pH… Cuando todo está en su punto, entramos a vendimiar.

— Ibiza vive pendiente del agua. ¿Cómo encaja producir vino en una isla con ese debate?

— Con tranquilidad, porque la viña es un cultivo rústico, de secano. Nosotros tenemos pozo propio y gastamos poquísimo: todo es riego por goteo, la gota cae justo donde están las raíces. Le doy un dato: gastamos menos agua que una villa de lujo en regar su jardín. Y hay una frase que repito mucho, porque resume nuestra filosofía: no regamos para producir más, regamos para sobrevivir. Lo tenemos todo monitorizado, con sensores de humedad y una estación meteorológica; vigilamos el punto de marchitez y, cuando la viña de verdad lo pide, le damos un pequeño riego de supervivencia para que no se pare. Este año, de hecho, empezamos a regar unas tres semanas más tarde que el pasado, porque el invierno nos dejó algo de agua en el suelo.

— No le quita el sueño, por lo que veo…

— No, porque estamos muy encima. Hacemos viticultura de precisión: aprovechar los recursos que hay y todo el conocimiento actual del vino, y aplicarlo con cabeza. Muchas bodegas no lo hacen; nosotros, en eso, somos punteros.

— ¿Qué supone Ibiza, en su sentido más amplio, para el vino?

— Es un terroir distinto. El terroir son los factores naturales que rodean a la viña: el clima, los suelos y la variedad, que tiene que acompasarse con los dos primeros. Pero la cuarta pata, y para mí la decisiva, es el factor humano: cómo el elaborador entiende todo eso y le saca partido para aportar identidad, singularidad y también venta, porque al final esto es un negocio. Aquí es todo diferente a Valladolid; simplemente hay que adaptarse a la naturaleza y sacar un producto que interese donde vendes.

Álvaro Pérez Navazo durante una presentación en las bodegas Can Rich.
Álvaro Pérez Navazo durante una presentación en las bodegas Can Rich.

EL NEGOCIO

— Hablemos del negocio, pues. ¿Cuánto factura Can Rich?

— Este año estaremos cerca del millón de euros.

— ¿Y cuál es el techo razonable, esto es, sin que venga el crítico Parker y le dé cien puntos a algún vino?

— El techo orgánico quizá esté en el millón y medio, no mucho más. Pero, sinceramente, aún no estamos en esa película. El orden para mí es muy claro: primero, el producto, que ya lo tenemos; segundo, construir la marca, en lo que estamos; y tercero, vender la producción, en lo que también estamos. Recogemos entre 90.000 y 110.000 kilos de uva y hacemos unas 90.000 botellas de media. Mi objetivo es venderlas todas cada año, incluso quedarme algunas semanas sin vino para ir justo con la demanda. Y hay otra palanca que nos permitirá crecer: ir moviendo poco a poco el mix de ventas hacia los vinos de más precio y más margen.

— ¿Qué aporta Álvaro Pérez a Can Rich?

— Consistencia y confianza. Antes, y todavía pasa en muchas bodegas, salía el vino que salía, de forma muy artesanal: un año con trece grados, otro con quince, al siguiente con once. Yo lo que quiero es llegar a un noventa y cinco todos los años, en añadas buenas y malas. Tener un estilo propio y reconocible, que cuando abras una etiqueta de Can Rich sepas lo que vas a encontrar. Cuando llegué, me encontré un proyecto con treinta años de vida que con mucho trabajo, esfuerzo e ilusión había liderado Joan Riera. Yo le decía que esto solo necesitaba reorientar un poco las velas para ponernos los primeros en la regata. Hemos querido mantener al equipo original, hemos implementado muchos cambios, todos entienden por qué, y las mejoras son evidentes: la suma de pequeños detalles supone grandes avances.

— ¿Se oirá hablar de Bodegas Can Rich en los próximos años, dentro y fuera de España?

— No tengo prisa, pero creo que todo llegará. Ya tenemos algunas menciones en prensa especializada y algún premio, aunque hoy no es mi prioridad. Vendrá solo. Ya estamos haciendo ruido positivo, y lo que al principio costaba mucho, ahora cuesta un poco menos.

— ¿Están cómodos con esas 90.000 botellas de producción anual?

— Lo estaremos cuando tengamos la certeza de venderlas todas al año siguiente en once meses, y quedarnos un mes sin vino. Ahora que tengo el de 2025 casi vendido, ya empiezo a planteármelo.

— ¿Cuál sería el tope manteniendo las señas de identidad: viña en propiedad y viticultura ecológica?

— 120.000 botellas al año.

— ¿Más superficie de viña, pues?

— La viña es la que tenemos; nosotros somos cuidadores de viñas. Pueden vivir más de cien años, pero a partir de los quince o veinte también pueden morir. Donde tengo más de un 40 o 50% de faltas, prefiero arrancar y replantar, aunque eso signifique tres años sin producir. A largo plazo produciré más y haré más vino; hay que planificarlo todo. El vino es calma. No es algo que me quite el sueño.

Álvaro Pérez Navazo, director de las bodegas Can Rich.
Álvaro Pérez Navazo, director de las bodegas Can Rich.

LA GAMA DE VINOS

— ¿Qué vino vaticina que va a destacar?

— Nuestras especialidades son los blancos y los rosados, y le confieso una debilidad: el Blanc d’Àmfora de Can Rich. Tiene matices, estructura, capacidad de envejecer, y es diferente a cualquier blanco que encuentres por ahí. La crianza en ánfora le da una personalidad enorme.

— ¿Y las novedades?

El Ancestral está encantando, porque es un espumoso espontáneo, divertido, sápido, muy sabroso. Hicimos poquitas botellas y volaron; iremos haciendo pequeños test cada año. También hemos renovado la gama Can Rich por dentro y por fuera, con etiqueta e imagen nuevas, y ha encajado increíblemente. Esa es la gama de diario —blanco, rosado y un tinto para beber frío—; y luego está la gama Àmfora —blanco, rosado y tinto—, que recupera ese sabor ancestral de los vinos de Ibiza, con un punto muy de aquí, y que es nuestro caballo de batalla para las cartas y la exportación. A su lado, unas pequeñas producciones limitadas, más tradicionales: un blanco fermentado en barrica, Ereso, y un tinto con doce meses de barrica, Lausos. De momento la producción está enfocada en los vinos jóvenes y en los de Àmfora, que es por la que quiero que se nos conozca. Del blanco estoy enamorado, lo confieso. Y a 18 euros de PVP en tienda es un precio muy competitivo para la calidad que tiene.

— También le he oído hablar maravillas de un tinto muy apropiado para el verano de Ibiza.

— Es un chilled red, como lo llaman los ingleses, que son muy de este tipo de tinto que se bebe frío; y los holandeses igual, que para Ibiza y para nosotros son un mercado importantísimo. Es un vino con más fruta, más fluido, pensado para el verano: no un «tinto de verano», sino un tinto para la playa o una barbacoa, refrescante. A Patricia, mi mujer, le encanta el tinto fresco. En el mercado anglosajón es una nueva categoría al alza. En España cuesta más, porque a la gente todavía le chirría eso de enfriar un tinto.

MARCA IBIZA, MERCADO Y EXPORTACIÓN

— ¿Qué porcentaje de la producción exportan en estos momentos?

— En Ibiza vendemos el 60-70%, cuando antes era el 100%. Fuera estamos en Reino Unido, Suiza, Alemania, Holanda y Bélgica, y hemos arrancado con los nórdicos. Hemos conseguido un permanent listing —una referencia fija en catálogo— en Sainsbury’s, una cadena de supermercados muy potente donde es complicadísimo entrar y cumplir sus estándares de calidad. Incluso vendemos algo en Italia y Francia, que no es nada fácil con la tradición y la calidad que tienen esos países.

— Supongo que verían la vida de otra manera si el turista pudiera llevarse la botella en la mano…

— Es una pena: la gente viene a la bodega, se enamora de la marca y de los vinos, y luego no puede llevárselos por las restricciones de líquidos en el avión. Yo se lo mando a casa, pero no es lo mismo que vender en caliente. En la Península pones una caja en el maletero y el cliente se lleva tres; aquí no tengo eso, así que le damos toda la información de dónde comprarlo online y en qué restaurantes encontrarlo. Estamos estudiando unas maletas preparadas para facturar botellas, algo que ya hacíamos en Abadía Retuerta; la diferencia es que allí teníamos vinos de doscientos o trescientos euros y compensaba, así que aquí vamos con prudencia. El cambio de normativa a raíz del 11-S nos fastidió a todos. Aun así, trabajamos mucho con el duty free del aeropuerto, donde vamos a crecer con un nuevo punto de venta: ahí la gente sí se lo lleva en la mano.

— ¿Están pensando en una tienda propia?

— No sería descabellado, en el centro de Ibiza, o incluso un wine truck. Lo estamos valorando.

— ¿Y el enoturismo, qué papel juega en todo esto?

— Es una pata que me apasiona. La visita cuesta sesenta euros e incluye un aperitivo de producto local, con nuestro aceite y pan payés, y tres o cuatro vinos de Ibiza; si quieren más, se lo abrimos encantados. Somos una bodega familiar: aquí recibimos en casa, y para mí los visitantes son mis invitados. Cuando alguien vive esa experiencia, se enamora de la marca para siempre, luego nos busca en las cartas y nos recomienda. Es una experiencia para toda la vida. Estamos hasta con la idea de poner wifi, que ahora no tenemos, para que la gente lo comparta y lo viralice.

— Me sorprende que crezcan más fuera de España que en la Península.

— Es que en la Península no se asocia Ibiza con el vino. Vendemos en Madrid, Barcelona, San Sebastián, Alicante, Valladolid y Salamanca, pero poco, de momento es residual. El mercado que nos crece es el internacional, porque ahí Ibiza es la gran marca en la que nos apoyamos. La isla tiene un recorrido enorme en el vino, por su historia y por su producto; y nosotros, encima, con algo orgánico, ecológico y de calidad… El otro día hicimos sold out en una cata en Madrid; la tienda estaba alucinada. Poco a poco iremos creciendo fuera, y creo que en pocos años acabaremos en un 50-50. Hay que aprovechar nuestra singularidad en este mundo tan global, donde todas las ciudades se parecen y en todas están las mismas tiendas. La gente busca esa pequeña antiglobalización, y ahí tenemos una oportunidad.

— Si dentro de diez años solo pudiera cumplir uno de sus objetivos, ¿cuál elegiría?

— Reconocimiento y prestigio. No vender muy caro ni ganar mucho dinero, sino que la gente diga que hacemos buenos vinos de campo. Esta era la aspiración de Joan Riera y nos hemos comprometido todos a conseguirlo. En eso estamos.

LOS RESTAURANTES

— Pensaba que me diría que aspiran a estar recomendados en todos los restaurantes de Ibiza…

— Cuesta entender que los restaurantes de Ibiza no tengan vino de Ibiza. Es un mercado durísimo, porque llegan vinos de todo el mundo; es donde más Champagne se vende del planeta. Por eso lo tengo clarísimo: primero hay que hacer un vino al nivel del mejor del mundo, y luego aprovechar que somos de Ibiza; nunca al revés. La gente no es tonta, y no queremos que nos consuman solo por ser de aquí, sino por la calidad y por la peculiaridad. Y aquí hay varias batallas a la vez, porque de poco sirve estar en la carta si no te recomiendan, y para un camarero es facilísimo tirar de un albariño o un verdejo.

— Hay que trabajar la formación, entonces…

— Conseguir que digan «tenemos un vino de Ibiza, una malvasía ibicenca» ya sería un gran paso, pero cuesta. Aunque también es verdad que nosotros no le habíamos dado al mercado la garantía que ahora sí le damos. Como decía, vamos en la buena dirección, y todo llegará de forma orgánica.

— Supongo que no ayudan los precios de los restaurantes…

— El hostelero necesita un coste del 30-35% para que le salgan los números; es decir, multiplicar por tres la materia prima. El vino por tres está bien, pero no por cuatro o por cinco, y aquí te lo encuentras por seis en algunas zonas. Es duro para el bodeguero ver que multiplican por seis tu vino cuando no somos tan caros. En Nueva York hay una regla no escrita: si vendes un vino al restaurante a once euros, la copa cuesta once euros; con la primera copa ya recuperan la botella y el resto es todo margen. Aquí el metro cuadrado también es caro, pero no es Nueva York, y a veces lo superan. Y hay una batalla más, la de la conservación: he visto almacenes al sol llenos de cajas de vino. El vino es como los yogures, hay que tenerlo en la nevera.

EL VINO DE IBIZA

— En la entrevista anterior situó el vino de Can Rich en un 7,5. ¿Dónde está ahora?

— Cerca del 9, con la añada del 25. Lo que me gusta del 25 es que me recuerda al 24, pero con un pequeño plus: estamos logrando esa consistencia. Cuando ves una etiqueta de Can Rich, ya sabes lo que hay detrás.

— ¿Piensa recuperar también estilos tradicionales de la isla?

— Me atrae mucho lo que históricamente ha funcionado en Ibiza. Estaban, por ejemplo, los llamados vinos «soleados»: se dejaba la uva al sol para que se deshidratara y salía un vino más dulce. Quiero recuperar esa forma tradicional, ver qué nos aporta, pero sin perder el norte de lo que tenemos que hacer.

— Tienen en marcha un experimento con las variedades autóctonas Grec, Morsecà y Monastrell Moll. ¿Cómo va?

— Despacio, eso ya lo sabíamos, pero muy bien. Entre los olivos hemos plantado una viña experimental, en colaboración con el Consell de Ibiza, para ver su potencial en vinificación. Son variedades que han estado siempre en la isla, cuyo ADN ni siquiera está registrado: no existen oficialmente y hay que darlas de alta. Además, no pueden salir de aquí. Nos darán vinos interesantísimos, varietales solo de Ibiza, y eso le da todavía más sentido al vino de la isla. Y es bueno no solo para Can Rich, sino para todas las bodegas de la IGP Vino de la Tierra de Ibiza.

ADMINISTRACIÓN Y DENOMINACIÓN DE ORIGEN

— ¿Hay materia prima para plantear una Denominación de Origen (DO) Vino de Ibiza?

— Sí. Can Rich está haciendo las cosas bien, aunque suene presuntuoso; Ibizkus, también; y Javier Escandell, que hace lo suyo en Can Maymó, es una figura muy potente. Somos amigos y competidores. Y todo eso hace que el vino de Ibiza gane: luego cada uno tiene su pequeña identidad, que te la tienes que ganar, pero el conjunto va para arriba y con fuerza. A partir de ahora tendremos más músculo para conseguir la DO, y sería muy positivo: es un reconocimiento, y mucha gente necesita ese empujón para quedarse tranquila cuando compra o toma un vino.

— ¿Se sienten apoyados por la administración?

— Diría que más que en Castilla y León. Tenemos línea directa y un punto de escucha, que ya es mucho. Está bien que se exija a los hoteles comprar un porcentaje de producto local. Y sería fantástico que hubiera más promoción para los negocios que invertimos en agricultura ecológica y conservamos dos fincas de veinte hectáreas de paisaje y de tradiciones históricas de Ibiza, con sus olivos y sus viñas.

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